Iglesias ha decidido enarbolar la bandera de un discurso que vincula democracia con República y que, por tanto, ha abandonado la teoría de la monarquía constitucional como un poder neutro

Hace unos días se cumplía el tercer aniversario del discurso que Felipe VI dirigió a todos los españoles con motivo del desafío separatista en Cataluña.

De manera paralela, también hemos podido observar cómo desde algunos de los principales partidos de la izquierda radical en nuestro país se ha lanzado una campaña de desprestigio de la institución consistente en deformar y magnificar las palabras que, en aquellos casi 7 minutos de discurso, el jefe del Estado dedicó a todos los españoles.

Podemos ha sido la fuerza política que ha cargado con más entusiasmo contra la jefatura del Estado. Y lo ha hecho tanto de la mano de un Pablo Iglesias que sintetizó sus veleidades republicanas en una tribuna del diario El País titulada “¿Para qué sirve hoy la monarquía?”, como de un Rubén Martínez Dalmau que, para quien no lo recuerde, ha sido uno de los padres de la Constitución Bolivariana de Venezuela y que, en la actualidad, ocupa el cargo de vicepresidente de la Comunidad Valenciana.

Iglesias y Martínez Dalmau, ambos profesores universitarios, han visto el momento propicio para, mediante el uso de la falacia genética y de la asociación entre república y democracia, tratar de dinamitar uno de los pocos pilares que quedaban intactos de nuestro sistema constitucional.

Los dos responsables de Podemos, además de contar con una trayectoria compartida vinculada a la fundación CEPS (de la cual Martínez Dalmau fue fundador), se han socializado en la tradición más genuina de la izquierda radical española: aquella que considera que, solamente a través de la alianza con los diferentes separatismos, podrá España deshacerse de un sistema “posfranquista” como el régimen del 78.

En su más que cuestionable relato de los hechos el monarca habría sellado su destino (tal y como lo hizo muchos años antes Alfonso XIII al apoyar la dictadura de Primo de Rivera) al defender, en un discurso y frente a la inacción del gobierno del Partido Popular liderado por Mariano Rajoy, la unidad de España. Un discurso que, como bien relata el periodista Juan Pablo Cardenal en un reciente libro, sirvió como valladar frente a la vulneración de derechos que se inició en el parlamento autonómico catalán con los acontecimientos del 6 y 7 de septiembre.

De una manera más reciente, el portavoz de la CUP en el Parlament de Cataluña, Carles Riera, se atrevió a afirmar que el jefe del Estado pronunció ese día un “discurso golpista y de excepcionalidad democrática”. Signifique lo que signifique semejante expresión, es claramente indicativo del hilo que une las apetencias republicanas de un Podemos que siempre afirmó que su objetivo último era dinamitar “el régimen del 78” con una formación abiertamente antisistema y que reivindica como propias cabezas tan siniestras como las de Lenin o, en el caso español, Buenaventura Durruti.

En ella, el monarca constitucional ejerce como un moderador que es capaz de equilibrar y corregir los choques entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. En un Estado administrativa y competencialmente tan complejo como el Estado de las Autonomías, ¿de verdad es razonable pensar que esos 6:53 minutos de discurso del rey Felipe supusieron el final del orden constitucional como pretenden determinados sectores de la izquierda?

Si Iglesias, que tanto se vanagloria de haber sido el número uno de su promoción, hubiera tomado alguna clase de teoría política desvinculada de la secta marxista comprendería que Felipe VI en ningún momento asumió ninguna prerrogativa o poder que perteneciera al ejecutivo. Al contrario, ante la incomparecencia de éste, desempolvó los viejos Principios de Política escritos por Constant hace ya más de dos siglos para demostrar que, más allá de los índices y las mediciones en las que cae la politología con pretensiones científicas, en España hace tiempo que se dio paso a un régimen democrático y de libertades del que nuestro rey es el principal sostén.

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