El liderazgo que hoy requiere Venezuela no es un liderazgo electoralista, sino estadista, que convenza y alinee al mundo en la urgencia de actuar

Esta reflexión no pretende simplificar la tragedia venezolana ni mucho menos partir de la arrogancia para analizar lo que ocurre en este país. Nadie podría explicar la situación de Venezuela en una lección -al menos no si tuviéramos que hablar del país en disolución que hoy es-, pero sí se podría apelar al entendimiento de la situación si se da por descontado todo lo hecho por los venezolanos para liberarse.

Venezuela es varias cosas al mismo tiempo. Es el arrase que provocan el socialismo y el comunismo en su máxima expresión, es el saqueo despiadado de una nación, es la entrega de un país y su territorio al crimen internacional, a las guerrillas y al terrorismo islámico. Mientras estas líneas son escritas, son cientos los venezolanos que huyen por la frontera, llevándose lo poco que dejaron la primera vez que se fueron. ¿Qué los animó a volver? La misma fuerza y valentía de tantos venezolanos que han resistido y enfrentado la violencia extrema por parte de un régimen que asumió, desde el primer día, la aniquilación de todos como política de Estado.

Los venezolanos han pagado el más alto precio por mantenerse firmes y por querer libertad: muerte, miseria, dolor, humillación, cárcel, tortura, exilio y mucho más. Algunos, desde afuera y desde adentro, aun sabiendo esto y conociendo que el régimen criminal que usurpa el poder tiene vínculos con las fuerzas internacionales antioccidentales más oscuras, insisten en que la solución debe provenir de los venezolanos, que debe ser pacífica, constitucional y democrática. Lo dicen entre informes, diagnósticos y análisis que ya la realidad se ha encargado de confirmar dolorosamente.

¿Cómo es que se les pide a los venezolanos que enfrenten solos a un conglomerado criminal de la magnitud del régimen que los oprime? ¿Cómo es que se desconocen los años de lucha de una sociedad que lo ha dado todo para enfrentarlo hasta la muerte? Quienes lo hacen parten de una falsa premisa: «Una salida no electoral generaría violencia».

Por dos décadas, los venezolanos han vivido, en carne propia, la violencia por parte del régimen. Han vivido la furia del ataque a su vida, su propiedad y su libertad, de manera sistemática y despiadada. Más de 330.000 asesinados violentamente en 20 años confirman que no es violencia lo que se generará, sino que es violencia lo que existe.

El desmantelamiento institucional, la entrega de la soberanía y la naturaleza del régimen hacen incompatible cualquier salida política convencional de éste, porque simplemente Venezuela no lidia con políticos, sino con criminales. Los venezolanos han intentado absolutamente todo lo democrático y humanamente posible: protestas, marchas, elecciones y hasta diálogos, estos dos últimos convertidos en farsas que sólo dan tiempo y oxígeno al régimen. No es suficiente.

Todos esos intentos y sus resultados, algunos muy cercanos a lograr una liberación gracias a gestas ciudadanas, se vieron entorpecidos por la errática -y hasta cómplice- actuación de una buena parte de la dirigencia opositora y por el desgaste, en sí mismos, de mecanismos democráticos que se fueron convirtiendo en inmunidad para un régimen que ya ni siquiera los necesita para mantenerse en pie, porque sus pilares son otros: miedo/represión, financiamiento criminal y propaganda.

Esto es difícil asumirlo para quienes ven la democracia como el modelo en el que aspiran vivir y como los valores y convicciones bajo los que han sido formados. Sin embargo, mientras más tarde se asuma, más altos serán los costos y más graves las consecuencias. Mientras la comunidad internacional siga haciendo planteamientos democráticos para derrotar a un régimen criminal que amenaza la estabilidad y la seguridad de todo el hemisferio, los venezolanos seguirán muriendo y seguirán huyendo. Incluso podrían desaparecer quienes se mantienen de pie luchando.

Los venezolanos no pueden solos y no porque no lo hayan dado todo. No pueden porque quienes tienen ocupado el territorio y el poder en el país, han hecho todo para dejarlos sin posibilidad de enfrentarlos, aún con la fuerza de la calle y aún con la persistencia y la resistencia de no rendirse. La comunidad internacional que insiste en condiciones y procesos electorales incluso con régimen, se olvida que ni siquiera los venezolanos cuentan hoy con soberanía territorial. Aun así, esa comunidad internacional insiste en que se puede ejercer la soberanía popular, cuando ni la vida en las condiciones mínimas de supervivencia está garantizada.

Es hora de dejar de lado las falsas premisas con las que esa comunidad internacional pretende obviar la única opción posible que queda: el uso de más presión y de la fuerza. Es hora de dejar de utilizar la premisa de que actuar significa riesgo de violencia, porque mientras no se actúe es precisamente la violencia la que nos matará. También es momento de dejar de lado la premisa de que actuar es muy costoso, cuando precisamente lo costoso está siendo no actuar en un país que se desangra.

La fuerza jamás podrá ser violencia si se asume que la violencia la genera el régimen al que hay que derrotar. Es la fuerza lo único que permitiría la construcción de una amenaza creíble que haga ceder al régimen e incluso derrotarlo. Las soluciones políticas, como las negociaciones reales, sólo tendrán lugar cuando el régimen criminal, acorralado y rendido, esté dispuesto a hablar de las condiciones de su salida, pero nunca mientras utilice la política como fachada para permanecer en el poder.

Mientras la política dentro y fuera de Venezuela insista en utilizar las herramientas democráticas para evadir la naturaleza del régimen y desafiarlo, la sociedad venezolana seguirá sometida a distracciones que inhiben su liberación. El liderazgo que hoy requiere Venezuela no es un liderazgo electoralista, sino estadista, que convenza y alinee al mundo en la urgencia de actuar y, sobre todo, de hacer que la comunidad internacional no cometa su recurrente error: llegar muy tarde.

En Venezuela ya es tarde y lo será aún más si no se asume lo que hay que hacer.

Eso es, hoy, Venezuela en una lección.