Creer que detrás de los ataques terroristas de Charlie Hebdo o del asesinato de Samuel Paty se encuentra una disputa por la libertad (o no) de expresión es reducir a cuestión menor un problema crucial para el futuro de Francia.

Hoy amanecemos con la portada de Charlie Hebdo en las principales cabeceras españolas y en los perfiles más influyentes dentro del establishment mediático en redes sociales. Al tiempo que se alaba la valentía de la revista satírica francesa, víctima de un ataque islamista en enero de 2015, periodistas e intelectuales celebran que Francia esté librando una batalla por la libertad de expresión y de información.

Cuando el 7 de enero de 2015 dos terroristas irrumpieron en el distrito XI de París armados con fusiles de asalto al grito de ‘Al·lahu-àkbar’ y mataron a doce personas, no lo hicieron para negar a estos satíricos su derecho a informar o, en este caso, a publicar caricaturas de Mahoma. 

No estaban, ni lo están ahora, en contra de la libertad de expresión. Ni siquiera de la libertad como tal. Están en contra de Francia, de sus instituciones, de su identidad, de sus raíces y de su forma de vida. Están en contra de la publicación de caricaturas del profeta, sí, y también lo están de las parejas que comen carne de cerdo o los cristianos que acuden los domingos a misa.

Jacques Hamel, el sacerdote degollado frente al altar de una iglesia normanda en el mes de julio de 2016, no había publicado ninguna caricatura contra Mahoma o los musulmanes. Llevaba décadas trabajando para ayudar a familias de inmigrantes a integrarse en el país y era muy apreciado por todos sus vecinos, cristianos o no, por su desinteresada labor en favor de la comunidad. Murió como vivió: salvando a los demás.

El atentado de Charlie Hebdo, el ataque contra la iglesia en Normandía o el reciente asesinato de Samuel Paty no representan un ataque a la libertad de expresión o culto de los franceses, comprometida ya en muchas regiones y barrios del país. Son un ataque a Francia.

Samuel Paty no fue asesinado por Abdoullakh Anzorov. Fue asesinado por una comunidad islámica al completo. Desde los alumnos que corrieron a denunciar las lecciones del profesor hasta los padres que alentaron el acoso en redes sociales, los jóvenes que participaron en su persecución y, en último caso, las cuchilladas de su verdugo.

Tras décadas de inacción y connivencia de las autoridades, ciertas comunidades musulmanas creen estar legitimadas y en disposición de controlar las instituciones, desde la Justicia hasta la Educación, para imponer su visión del mundo y crear, dentro del corazón de Francia, pequeños califatos islámicos donde los ‘infieles’ no tienen más derecho que agachar la cabeza, asumir la nueva realidad y marcharse a otro lugar.

En un reciente artículo ya abordamos la problemática del islamismo subversivo y cómo ese proceso, el del separatismo islámico, había provocado la ruptura de la convivencia y podría desembocar, si no hay cambios urgentes, en una Guerra Civil entre una parte y otra de Francia.

La batalla diplomática entre Turquía y Francia está cayendo del lado turco. Mientras Emmanuel Macron pone el foco sobre la libertad de expresión, defiende las caricaturas de Mahoma y celebra portadas como las de Charlie Hebdo, Tayyip Erdogan lanza a sus ministros contra el líder francés a la vez que celebra, con media sonrisa, que Francia ignore que, en este momento, lo que está realmente en juego es su continuidad histórica.

Porque, por mucho que se empeñen políticos, periodistas o intelectuales, no habrá libertad de expresión, no habrá libertad de información y no habrá libertad de culto si, como en Constantinopla, los encargados de cerrar la puerta a los dinamiteros de Francia la mantienen abierta de par en par.