Por lo tanto, la división entre conservadores y populares es una oportunidad, para los primeros, de ganarse a los votantes de los segundos.

La escisión entre el PP y Vox, la negativa de Casado a votar la moción de censura al gobierno de Sánchez, que a los italianos nos parece un gobierno social-comunista, no muy diferente al de Conte, no nos han sorprendido mucho. En esos mismos días, no se sabe si por casualidad o no, en Italia, las regiones lideradas por presidentes de la Liga del Norte presionaron al gobierno de Conte para que decretara un confinamiento, que una parte del ejecutivo, comenzando por el primer ministro, se mostraba reacio a promulgar. Lo cierto es que me parece muy probable que exista una orden supranacional, por encima de España e Italia. Resulta fácil identificarla con la Comisión Europea y con Alemania, su único referente. También lo es que esta orden quiere que todos los países de la UE adopten las mismas medidas, aunque es muy probable que, tal y como explicaron los científicos de la Declaración de Barrington, el confinamiento resulte poco eficaz para combatir la pandemia.

Además, el confinamiento, el estado de alerta, los cierres, los toques de queda han pasado a convertirse en una herramienta del gobierno que puede utilizarse en el futuro en otras crisis, aunque no se trate de pandemias. Resulta evidente que para que este plan tenga éxito, el espacio de la oposición ha de verse reducido en todos los países. Por un lado, es necesario cooptar a esa parte de la oposición “razonable”, representada, en el caso de España e Italia, por los partidos encuadrados en el Partido Popular Europeo. En el caso italiano, Forza Italia de Berlusconi, que, a pesar de sus malos resultados en las encuestas, sigue sumando un buen número de parlamentarios. Pero por encima de todo, la bestia que hay que domar, por decirlo de algún modo, es la Liga Norte. No es casualidad que en este momento el partido esté dividido en dos tendencias, una identitaria, crítica con la UE y el confinamiento, representada por su secretario Matteo Salvini, y otra europeísta y partidaria de los cierres. Es este último componente el que presiona para la formación de un gobierno de “concentración nacional” o de “salud pública”, al que hoy sólo se oponen explícitamente los Hermanos de Italia de Giorgia Meloni.

Con este confinamiento se confirma el acierto de la tesis de Giorgio Agamben, un filósofo que solía gozar del favor de la extrema izquierda, pero que ahora va camino de caer en desgracia por ser coherente consigo mismo y honrado en lo intelectual. En una serie de artículos escritos durante el primer confinamiento y recopilados en el volumen A che punto siamo. L’epidemia como politica, (En qué punto estamos. La epidemia como política), Agamben explica que la pandemia se ha convertido en una oportunidad para experimentar una nueva forma de “gubernamentalidad” (un concepto desarrollado por Michel Foucault) que se aplicará en el futuro, en fases menos graves de la enfermedad pero también en otras. El nuevo paradigma se basa en el concepto de seguridad absoluta que se confía al gobierno, un gobierno que ya no responde a los intereses de la economía y la sociedad, que han sido aniquiladas, sino a los de una clase de técnicos y burócratas que puede definirse como la sanitocracia. Se podría decir que el régimen chino, mucho antes de lo ocurrido en Wuhan, se funda en el paradigma gubernamental de seguridad absoluta.

Hasta aquí Agamben. Como todo régimen con vocación totalitaria, el sanitocrático se basa, en nuestra opinión, en una ideología, en este caso la de lo pandémicamente correcto, que tiene la misma estructura y los mismos valores que lo que antes conocíamos como “políticamente correcto” aunque ahora también abarca el asunto sanitario. De esta forma y a modo de ejemplo, el buen antifascista es el que lleva mascarilla, como ocurre con la buena feminista… Así en todo. La fuerza de las ideologías no debe subestimarse ni siquiera en nuestro tiempo: sólo la ideología justifica ciertos comportamientos irracionales de ciudadanos asustados y aterrorizados. Desde el punto de vista del gobierno, el confinamiento permite un control sobre los ciudadanos con el que ningún gobierno democrático podría soñar en tiempos de paz. Pero ¿no destruirá la economía? Sin duda, pero ¿cuántos regímenes a lo largo de la historia, comenzando por los comunistas, han infligido, en nombre de la ideología y de una clase dominante dentro del régimen, un daño inconmensurable en la riqueza, sin que eso les plantee demasiados, por no decir algún problema?

Para el gobierno, el objetivo del confinamiento es, a corto plazo, conservar el poder y, a largo, formar parte de un experimento social, una especie de Covid Show, al estilo del Show de Truman, en el que el personaje comprenderá hasta dónde puede llegar, incluido en el futuro.

Al mismo tiempo, debemos asumir que es muy posible que debamos convivir con el virus hasta 2022, lo que significa que los efectos sociales y políticos llegarán mucho más lejos. Si no todo, una buena parte no volverá ya a ser como antes. La pandemia está demostrando que las lecturas sobre la sociedad individualista eran apresuradas. La mayoría de los ciudadanos de los países afectados por el virus parecen dispuestos y casi felices a cambiar libertad por seguridad. Y los intelectuales, y sobre todo los políticos, deben considerar este hecho antropológico. Mientras la izquierda mundial se identifica con el partido del confinamiento, suerte de consumación ideológica de una trayectoria secular, los moderados y la derecha no pueden limitarse a adoptar una posición meramente liberal y libertaria, y limitarse a poner en cuestión los experimentos autoritarios que se están llevando a cabo. La derecha debe dar respuesta a la cuestión de la seguridad y la protección, y para ello creemos que debe inspirarse en la tradición conservadora. El conservador también es liberal por naturaleza, pero su objetivo principal no es la protección del individuo, sino el de la comunidad de personas. Además, ser conservador no es lo mismo que estar anclado en el pasado o ser una persona tibia. De hecho, uno puede ser -hasta cierto punto- revolucionario, pero conservador revolucionario, sensible a la protección de las raíces y las tradiciones y, al mismo tiempo, dispuesto a aceptar el desafío de un cambio que la pandemia ha acelerado. En definitiva, se abre un camino para redefinir qué es la derecha en los sistemas políticos europeos. Por lo tanto, la división entre conservadores y populares es una oportunidad, para los primeros, de ganarse a los votantes de los segundos.

Artículo original en italiano.

20201029-Pademia-e-regime-sanitocratico