La defensa de la libertad requiere actitud, pero, sobre todo, requiere voluntad. No es la cobardía ni el silencio quienes harán triunfar a la libertad, como tampoco la harán triunfar quienes hasta hace nada eran tibios y pusilánimes y ahora se la dan de valientes

Desde Caracas, el canciller de Irán decreta el final de la hegemonía de Occidente. Sí, desde Occidente se atreve a retarnos sin disimulo alguno. Lo hace, además, valiéndose de la lucha que da Estados Unidos por salvaguardar sus instituciones y su propia existencia como república, porque sabe que los vientos que soplan pueden ser favorables a sus planes en nuestro hemisferio.

Eso que hace el canciller iraní desde Caracas no es distinto al ataque en Viena o al degollamiento en París. Son todas expresiones del extremismo islámico que nada tiene que ver con la libertad religiosa. Todo lo contrario, desecha todo aquello que la libertad permite, para poder retarla, debilitarla y amenazarnos, en nuestras narices, de acabar con nosotros. En el interín, recién se celebraron los 31 años de la caída del Muro de Berlín, un hito para la libertad y un símbolo de excesivo optimismo que se olvidó de que a la libertad había que cuidarla a diario, siendo el tesoro más valioso que tiene nuestra civilización.

Ciertamente Occidente no depende de un solo hombre, pero sí requiere de la voluntad de muchos que estén dispuestos a proteger a nuestra civilización y a luchar por ella, como lo hizo Ronald Reagan en su lucha sin descanso por derrotar al comunismo, hasta que lo logró.  

Para hablar de Occidente primero debemos entender qué representa. Nuestra civilización no se puede entender, por ejemplo, sin la existencia de instituciones fundamentales que hacen prevalecer el Estado de Derecho y que, además, limitan el poder efectivamente a través de sus pesos y contrapesos. Eso que conocemos como democracia liberal es uno de los pilares de la civilización occidental, donde el acceso a la justicia es esencial. Occidente también está estrechamente relacionado con la libertad en todos sus sentidos: la individual que permite el progreso humano a partir de lo que cada quien decide como proyecto de vida, sin ir contra el proyecto de los otros, y la libertad alrededor de todo lo que supone la autonomía de la gente y el cuestionamiento al poder y lo que significa la vida en sociedad.

Esa idea de progreso va indiscutiblemente ligada a la libertad económica y a la creación de riqueza, como de la propiedad privada, producto de los mercados libres y de la economías abiertas y competitivas que, a través de la innovación, cada vez brindan más oportunidades para que la gente despliegue su talento y su creatividad y pueda vivir de su esfuerzo y del mérito. Todo eso es precisamente el resultado del mercado, una manifestación formidable de intercambio a partir de gustos, preferencias, deseos, decisiones y todo aquello que les permita a los individuos interactuar libremente, mientras bienes y servicios surgen por doquier. Todo eso favorece las relaciones estables y duraderas dentro de la sociedad y entre sociedades, privilegiando la paz por encima del conflicto. El comercio, el libre intercambio y la libertad son clave para ello.

De ahí que la eliminación de las barreras y la existencia de fronteras abiertas sean fundamentales para ese flujo de talento, creatividad y aportes que los individuos, cada uno con sus propias aspiraciones, pueden dar para que las sociedades sean más libres y prósperas. Eso, claro está, de la mano del compromiso de Occidente por tener regiones estables y seguras, con reglas claras que, lejos de atentar contra la vida, la libertad y la propiedad -o la búsqueda de la felicidad-, nos permitan a todos disfrutar de esos derechos esenciales que todo liberal defiende bajo el imperio de la ley y la igualdad que esa ley supone para todos. Esas son garantías para la paz y para la seguridad de las naciones que forman parte de Occidente y, de ahí, su concepción de libertad, porque si algo es Occidente, es el resultado del triunfo de la libertad.

Sin embargo, pareciera que las democracias liberales, herederas de aquello que ha permitido al mundo ser más libre y próspero, han decidido ceder terreno frente a sus enemigos; la misma libertad que tanto ha costado a lo largo de la historia de la humanidad y que ha terminado ganando gracias a la lucha, la valentía y la voluntad de quienes decidieron hacerla victoriosa. A pesar de ello, mientras los enemigos de la libertad ensordecen con su ofensiva, muchos en Occidente han decidido callar y bajar la voz con el pretexto de que todo debe ser tolerado, cuando no es así.

La defensa de la libertad requiere actitud, pero, sobre todo, requiere voluntad. No es la cobardía ni el silencio quienes harán triunfar a la libertad, como tampoco la harán triunfar quienes hasta hace nada eran tibios y pusilánimes y ahora se la dan de valientes por unos cuantos mensajes para quedar bien, pero que a la hora de la verdad se esconden o evaden su responsabilidad. No es tiempo de que los que siempre han sido políticamente correctos ahora pretendan darnos lecciones de incorrección, porque eso es oportunismo. Es tiempo de los verdaderamente convencidos, no de los acomodaticios.

Los enemigos de Occidente, desde Occidente, se atreven a decretar nuestro final. Lo hacen desde un enclave geopolítico fundamental de las Américas, a pocos kilómetros del bastión de la libertad en el mundo. Ocurre en el mismo lugar en el que, desde hace semanas, ondea la bandera de Irán, como si nada. Frente a eso, no se requieren palabras fuertes, sino acciones contundentes de todos aquellos que creemos en la libertad y la defendemos a diario. Son las acciones, y no las palabras rimbombantes o el histrionismo, las que hablarán y elevarán el tono de quienes, pareciera, optaron por el silencio.

No cabe duda de que Venezuela se ha convertido en el epicentro de la defensa de Occidente. Lo es porque desde ella pretende irradiarse hacia todo el hemisferio el afán destructivo de quienes no soportan ver a nuestras sociedades libres. Ya hemos visto de lo que son capaces y no escatiman a la hora de aliarse con las peores fuerzas, incluyendo al terrorismo y al narcotráfico, para tomar control absoluto de las instituciones y desmantelarlas, mientras van desestabilizando y generando caos del que se valen para justificar sus atentados permanentes contra la democracia en Iberoamérica.

Nuestra tragedia no es contenible dentro de Venezuela porque ya hemos visto que sus tentáculos están por doquier y no descansan. Es hora, pues, de dejar de acobardarse y asumir la defensa de la libertad, que es la defensa de Occidente, sin excusas y sin complejos. Es una batalla porque es existencial y porque se trata de nuestro futuro en libertad. Los buenos deben actuar antes de que los malos ganen definitivamente.

Como decía una querida amiga en estos días, la libertad gana cuando da la batalla. Es hora de ganar; es hora de escuchar a Occidente a viva voz.