El presidente francés torna su discurso hacia postulados contrarios a la campaña electoral que le llevó al Elíseo en mayo de 2017.

“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

“¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado”.

“… una de esas batallas que se libran para que todo siga como está”.

El Gatopardo (Giuseppe Tomasi di Lampedusa, 1957).

La tradición literaria llama “lampedusiano” al dirigente que inicia una transformación política revolucionaria pero que, en la práctica, sólo modifica la parte superficial de las estructuras de poder, conservando de forma intencionada el elemento esencial de todas esas estructuras. A Emmanuel Macron, al que no se le ha visto el pelo aún por Sicilia, se le está poniendo cara de Tancredi, el personaje de la novela de Tomasi.

Solo así se entienden su giro político de los últimos meses y su ataque frontal a parte de los postulados socialdemócratas con los que se impuso a Marine Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de mayo de 2017. Corre un vídeo por las redes sociales en el que Macron critica algunos de los grandes dogmas de nuestro tiempo: la globalización y el cambio climático.

Más allá de las palabras del dirigente francés, que se limita a admitir la obviedad de algunos absurdos -la cruzada política y mediática contra los vehículos diésel, entre otros-, la realidad que se esconde tras sus afirmaciones es bien diferente. No obstante, es Macron y no otros, no desde luego los ciudadanos franceses víctimas de sus imposiciones, el responsable de la crisis económica y social que sufre Francia.

El demérito no es únicamente suyo. Francia, como la mayor parte de los países de su entorno, sufre desde hace décadas las consecuencias de un modelo que impulsa a unos pocos privilegiados, debilita a las clases medias y destruye su forma de vida. Un modelo globalista impuesto por las élites comunitarias cuyos principios vectores son las mismas políticas identitarias repetidas al unísono por los mandatarios de Londres a Berlín, pasando por Roma, Madrid o, en este caso, París.

La familia francesa de la que habla Macron, y con la que acierta al señalar todos sus problemas, es la misma que padece las consecuencias del modelo globalista del que siempre ha sido un entusiasta defensor. Esa familia, francesa o española, sobrevive ahogada por las deudas mientras sus salarios se reducen y los precios no dejan de crecer; se ve obligada a abandonar su localidad de origen ante el empobrecimiento de las pequeñas y medianas ciudades; sufre en su barrio las consecuencias de la imposición de una sociedad multicultural y la llegada de miles de inmigrantes ilegales cada año; y tiene que endeudarse para comprar un nuevo automóvil que le permita sortear las restricciones medioambientales.

Los perdedores de un modelo, el globalista, que son permanentemente criminalizados por los mismos medios que hoy aplauden al líder francés como ejemplo de altura política. La encrucijada para Macron es evidente: o rompe con sus socios de Bruselas, o traiciona su diagnóstico y, por tanto, a los franceses.

La conclusión es igual de evidente. Porque mientras denuncia la situación de los vehículos diésel, Macron anuncia un referéndum para incluir la defensa del clima en la Constitución. Esto es, validar en la Carta Magna francesa una de las principales imposiciones ideológicas de nuestro tiempo. Un dogma detrás de parte de aquellos problemas que apunta en su aplaudida intervención.

Como el multiculturalismo y su cara más visible, el islamismo. Un islamismo que en Francia no solo es violento, sino también subversivo y aspira a convertir en realidad los califatos islámicos impuestos en parte del país.

Cambiar para que nada cambie. O lo que es lo mismo: una controlada batalla mediática cuya aspiración no es cambiar la situación actual, no es revertir la situación de las familias francesas, sino afianzar el modelo globalista frente a los movimientos políticos que se contraponen a él.