¿Por qué estamos convencidos de que el museo se utilizaría para ese fin? En realidad basta con escuchar a uno de sus mayores defensores, el senador Bob Menendez.

Parecía que los conservadores no habían aprendido la lección y que eso les había proporcionado el éxito en una parte del electorado. Pero para abrirles los ojos a la realidad, ha sido necesario oír la voz de la razón, la del senador Mike Lee exigiendo que se bloqueara el plan de construir un museo dedicado a los estadounidenses que el gobierno considera “hispanos” o “latinos”.

“Entiendo lo que mis colegas están tratando de hacer y por qué lo hacen. Respeto lo que intentan hacer. De hecho, yo también comparto su interés y su deseo de que se conozcan esas historias. Pero lo último que necesitamos en este momento es dividir aún más a una nación ya dividida creando una serie de museos segregados -separados pero iguales- por grupos de identidad diferentes”, afirmó Lee en una declaración en el pleno del Senado acerca del Smithsonian. Hasta ese momento, al haber obtenido el apoyo de ambos partidos, el plan parecía un hecho consumado.

“En este momento de la historia de una nación tan diversa como la nuestra, necesitamos que nuestro Gobierno federal y el propio Smithsonian nos unan y no que nos separen aún más”, continuó diciendo el senador Republicano de Utah. La Institución del Smithsonian, una entidad financiada por los contribuyentes, “no debería tener un museo dedicado en exclusiva a la historia latina estadounidense o un museo de historia de las mujeres y otro de los hombres norteamericanos, o de la historia mormona o de la historia asiático-estadounidense o de la historia católica. La historia norteamericana es una historia de inclusión y debería unirnos a todos”.

El procedimiento parlamentario utilizado por el senador Lee no permite la aprobación por unanimidad. Esto significa que obligará a una votación de viva voz por lo que los senadores dejarán constancia de su voto en el acta. Por eso no sabemos todavía lo que ocurrirá.

Aun así, es difícil imaginar una declaración más lúcida ni más llena de sentido común. Lo último que Estados Unidos necesita es esa idea de “separados pero iguales” que Lee criticó con razón.

Por desgracia, ese sentido común es poco habitual. En cualquiera de las dos zonas de la Cámara.

En Indiana, el gobernador Eric Holcomb, Republicano, anunció recientemente el nombramiento de un “director de equidad, inclusión y oportunidades” (el “primero de la historia”, como era de suponer). En la Cámara de Representantes, el líder de la minoría Kevin McCarthy se dedicó a tuitear que el “Partido Republicano es más fuerte gracias a nuestra diversidad”, meses después de apoyar con entusiasmo un departamento de “diversidad e inclusión”.

Y, por supuesto, algunos senadores republicanos -de ordinario más clarividentes- habrían aprobado el mencionado “Museo Latino”. Lo hicieron incluso conservadores del ala más seria, como el Senador Ted Cruz de Texas, en este caso no muy bien aconsejado por sus asesores.

Todas estas cosas suenan bien a primera vista. Al fin y al cabo, ¿quién podría estar en contra de la “diversidad y la inclusión”, como -en este caso- un museo dedicado a 57 millones de estadounidenses y sus padres y sus abuelos?

Es bien sencillo. Cualquier estadounidense que comprenda que todos esos conceptos y todos esos proyectos forman parte del proyecto izquierdista, ese proyecto que aspira a reinventar Estados Unidos y convertirlo en una confederación de categorías —a menudo creada por el propio gobierno a instancias de los activistas de la izquierda— cuyos miembros rezuman resentimiento. Por lo tanto, esas quejas, bien alimentadas y cultivadas, serán el combustible que acabe transformando Estados Unidos. Porque el objetivo final siempre es el mismo.

Como escribimos recientemente mi colega Jonathan Butcher y yo en un material de referencia de la Heritage Foundation sobre Teoría Crítica de la Raza, la “equidad” -en boca de sus defensores- viene a ser lo opuesto a la igualdad porque “significa desigualdad de trato”. De hecho, la diversidad significa “diversidad impuesta mediante el uso de cuotas -obligatorias o recomendadas-”, algo que siempre produce resultados muy por debajo de la excelencia. McCarthy, líder de la minoría en la Cámara Baja, se equivoca: los partidos son más fuertes cuando unen a los estadounidenses sin distinción de colores y les impulsan a perseguir objetivos comunes mediante una filosofía de gobierno coherente

El museo al que hemos hecho referencia más arriba es el mejor ejemplo de cómo un proyecto que parece inocuo está al servicio de la máquina de producir agravios característica de la izquierda. A primera vista, no presenta el menor asomo de peligro. Los museos son lugares para aprender, sitios que ayudan a sus visitantes a reflexionar o a disfrutar de la belleza de una gran obra.

Pero los museos hacen algo más: conservan y catalogan. En este caso, lo que conservarían y catalogarían es, sin lugar a duda, los agravios.

Tal y como explico en mi libro, The Plot to Change America: How Identity Politics is Dividing the Land of the Free, vivimos en la “cultura del victimismo”, término acuñado por los sociólogos Jason Manning y Bradley Campbell. Según esta formulación, “el victimismo, no la capacidad, se convierte en la nueva forma de adquirir un estatus moral”.

La clave de este proceso es catalogar y exhibir el resentimiento. “Todas las quejas, incluso las más pequeñas e inadvertidas (las llamadas microagresiones) deben catalogarse y publicitarse cuidadosamente como argumento que prueba la opresión estructural”, escribo en mi libro.

¿Por qué estamos convencidos de que el museo se utilizaría para ese fin? En realidad basta con escuchar a uno de sus mayores defensores, el senador Bob Menendez.

“Hemos sido excluidos sistémicamente. Nosotros, que fundamos la ciudad más antigua de América antes de que existiera Estados Unidos de América. Nosotros, que acabamos siendo utilizados y discriminados como trabajadores agrícolas en el Programa Bracero (conjunto de leyes y acuerdos diplomáticos firmados con México en 1942 para garantizar, supuestamente, unas condiciones laborales dignas para la mano de obra mexicana). Nosotros, que fuimos discriminados de nuevo cuando nos incorporamos voluntariamente a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para defender la nación”, proclama Menéndez.

Es evidente que ese museo iba a utilizarse para apuntalar la idea de que todos los estadounidenses con antepasados de América Latina o de la Península Ibérica forman una categoría étnica (es probable que pronto constituyan una raza, si los progresistas logran sus objetivos en la Oficina del Censo). Y lo que es mucho más importante, como ya hemos visto, que los miembros de dicha categoría son víctimas, víctimas indiscutibles, de la sociedad. Ahora bien, esa ficción irá en contra de los intereses conservadores.

Avalar esa idea significa además interpretar erróneamente el apoyo que los estadounidenses de origen cubano, venezolano y colombiano de Florida, así como los de ascendencia mexicana del sur de Texas prestaron al presidente Trump en las elecciones de noviembre. De hecho, ese apoyo no tiene nada que ver con el victimismo. Muy al contrario, su finalidad es preservar la nación estadounidense y su sistema.

Resulta lamentable que hayan sido necesarios el coraje y la lucidez de un solitario senador de Utah para detener el proyecto del museo.

20201218-Mike-Gonzalez-On-Lee-and-Latino-museum