Evitar la crisis creada por la demografía, la inmigración, el multiculturalismo y la islamización significa preservar las mejores cualidades del continente europeo.

¿Quedan conservadores en Europa? Quiero decir, personas que creen en la responsabilidad individual, la independencia nacional, el libre mercado, una ley para todos, la familia tradicional y una máxima libertad de expresión y religión. 

La verdad es que se diría que no. Los políticos llamados conservadores, como Angela Merkel en Alemania, Jacques Chirac en Francia y Fredrik Reinfeldt en Suecia, han solido ser izquierdistas moderados, lo mismo que sus partidos. Se podría concluir que el conservadurismo ha desaparecido de esos países.  

Pero tal vez eso no sea cierto. Existe un movimiento conservador sólido, y está creciendo en Europa. A simple vista, parece fundirse en el paisaje, como si los conservadores intentaran pasar desapercibidos para no ser tachados de populistas, nacionalistas, de extrema derecha o incluso neonazis. Yo tengo otra denominación para este grupo: civilizacionistas, personas que reconocen (1) su intención de preservar la civilización occidental y (2) que defienden ciertas políticas claramente no conservadoras (como el aumento de las prestaciones sociales y las pensiones). En España, VOX encaja en este perfil.   

La principal prioridad de los civilizacionistas no es luchar contra el cambio climático, construir la Unión Europea, ni combatir la agresión rusa o china. Se centran más bien en preservar la civilización histórica europea de los dos últimos milenios. Les preocupa que Europa se convierta en una prolongación de Oriente Medio o de África. De hecho, los europeos autóctonos se quejan ya de sentirse extraños en sus ciudades de origen. Hay jubilados demasiado asustados para salir de casa y estudiantes cristianos y judíos apaleados por inmigrantes matones. Resulta fácil de imaginar lo que va a ocurrir a medida que cambien las proporciones. 

La ansiedad de los civilizacionistas tiene su origen en cuatro elementos: demografía, inmigración, multiculturalismo e islamización (o DIMI, que recuerda la palabra árabe dhimmi, el estatus de judíos y cristianos que se someten al gobierno de los musulmanes). 

El cuarteto que forma el DIMI está estrechamente relacionado: el desplome demográfico lleva a la necesidad de la inmigración y ésta da lugar a un multiculturalismo que se caracteriza de forma destacada por la islamización. 

Empecemos por la demografía. Cada año, debido a la baja tasa de natalidad de -aproximadamente- 1,5 hijos por mujer, la población autóctona de Europa se reduce en más de un millón de personas, un número que no deja de aumentar con el tiempo. Mantener la población exige una inmigración anual superior a ese número (pocos inmigrantes llegan a Europa como recién nacidos). 

El grupo potencial de inmigrantes supera con creces ese número. Basta con citar dos cifras. Un ex-ministro iraní de agricultura predice que, debido a la escasez de agua, hasta el 70% de la población del país, es decir 57 millones de iraníes, emigrará. Se espera que la población de África se triplique para el año 2100; esto obligará a cientos de millones de personas a buscar un hogar en Europa. Dentro de 30 años, una cuarta parte de la población de la Unión Europea será de origen africano, de acuerdo con Stephen Smith

La inmigración no occidental trae consigo una serie de dificultades prácticas: nuevas enfermedades, barreras lingüísticas, ausencia de las competencias laborales necesarias y un elevado desempleo. 

El multiculturalismo es el resultado de la combinación de asertividad por parte de los inmigrantes y sentimiento de culpa e inseguridad por la de los europeos. El multiculturalismo asume que las culturas son moralmente equivalentes y no ve ninguna razón para otorgar preferencia alguna a la civilización europea sobre cualquier otra. Los burkas son tan apropiados como los vestidos de fiesta, los burkinis como los bikinis. 

Por último, la islamización trae consigo una serie de acciones hostiles y actitudes de superioridad incompatibles con los estilos de vida occidentales existentes: pañuelos obligatorios, prohibición de acceso a ciertas zonas, taharrush (acoso sexual), förnedringsrån (robos con humillación), manadas de violadores, esclavitud, matrimonios entre primos hermanos, poligamia, asesinatos por honor, mutilación genital femenina, las Reglas de Rushdie, violencia yihadista, imposición de la ley islámica para todos y un nihilismo radical. 

El establishment, o lo que yo denomino las “Seis P” (policías, políticos, prensa, predicadores, profesores y fiscales) suele responder con aires de suficiencia al cuarteto DIMI. La élite se empeña en destacar los aspectos negativos de la historia de Europa, especialmente el imperialismo, el fascismo y el racismo. También exterioriza una culpa generalizada y suele aceptar, o incluso alentar, una transformación de Europa que la aleje de su cultura histórica. 

Los civilizacionistas responden a esta tendencia con una actitud abiertamente conservadora y trabajan para resistir esa transformación. No se sienten culpables. Muy al contrario, aman las tradiciones de sus países y consideran que la idea de que Europa se convierta en una prolongación de Oriente Medio o África equivale a la destrucción de sus valores y representa una amenaza cultural existencial. 

El establishment los desprecia y los considera perdedores pasados de moda, débiles, ancianos e ignorantes. Incluso los analistas que simpatizan con los civilizacionistas, como escritores tan distinguidos como Bat Ye’or, Oriana Fallaci o Mark Steyn han dado por perdida la causa y ven “Londonistán” y la República Islámica de Francia como algo inevitable.

Pero no lo es. Los civilizacionistas ya conforman una fuerza potente que ha pasado de ocupar una posición marginal hace veinte años a detentar un papel protagonista en muchos países. Han sido o son la principal fuerza de oposición en los parlamentos de Finlandia, Alemania, Países Bajos, España y Suecia. Han sido o son parte del gobierno en Austria, Estonia, Italia, Noruega y Suiza. Gobiernan en coalición en Polonia y solos en Hungría. Su fracaso está lejos de ser inevitable.

En este sentido, enumeremos algunas predicciones: 

En primer lugar, el número de civilizacionistas seguirá creciendo porque nadie dice cosas como que “solía preocuparme lo que significa DIMI, pero ya no lo hago”. En quince o como máximo veinte años, es probable que dominen la política europea, con la posible gran excepción del Reino Unido, donde están estancados. Después de una lucha larga y difícil, este contra-movimiento para restaurar los estilos de vida tradicionales acabará prevaleciendo. 

En segundo lugar, los civilizacionistas tienen tres caminos para acceder al poder: control del gobierno, como en Hungría y Polonia; unirse a los conservadores nominales, como en Austria; o unirse a la izquierda, como en Italia. Además, la propia izquierda -con sus limitaciones- puede poner en práctica ciertas ideas conservadoras, como en Dinamarca. Y es posible que aparezcan nuevos caminos.

En tercer lugar, los países del antiguo Pacto de Varsovia liderarán el camino hacia ese futuro. Conocen los errores de la OTAN en Europa y están decididos a no repetirlos. Esto incluye a los Cuatro de Visegrado (Polonia, Eslovaquia, Chequia, Hungría), así como el este de Alemania, Rumanía y Bulgaria. Durante un milenio, la parte oriental de Europa ha estado atrasada con respecto a la parte occidental. Estamos ante un cambio de enormes proporciones. 

En cuarto lugar, los civilizacionistas no tienen fama de ser intelectuales doctrinarios, por lo que visualizarlos como conservadores resulta una sorpresa para muchos. Ahora bien, se están moviendo en esa dirección, aunque sea sin consignas y sin ninguna autoridad al mando. Lo que arranca con el instinto, el populismo descarnado y la afirmación de la ley de la mayoría está evolucionando hacia algo más refinado, a medida que los civilizacionistas se mueven hacia el centro político para ganar apoyos. La experiencia sirve para modular la autocomplacencia. Están surgiendo intelectuales como Douglas Murray (Reino Unido), Alejandro Macarrón (España), Renaud Camus (Francia), Bat Ye’or (Suiza), Thilo Sarrazin (Alemania), Christian Zeitz (Austria), Viktor Orbán (Hungría) o Lars Hedegaard (Dinamarca). 

Evitar la crisis creada por la demografía, la inmigración, el multiculturalismo y la islamización significa preservar las mejores cualidades del continente europeo. Los civilizacionistas representan la esperanza del conservadurismo y del futuro de Europa.

Artículo original en inglés.

Daniel-Pipes-

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