China lleva décadas atropellando los Derechos Humanos más fundamentales y reprimiendo sin escrúpulos a los disidentes.

El pasado 2020 permanecerá en la memoria colectiva como un año funesto y trágico. La crisis sanitaria y económica que ha seguido a la pandemia del COVID 19, no ha dejado indiferente a nadie. Todos los países han sentido en mayor o menor medida sus efectos. Unido a esto, el hecho de sufrir la presencia de gobiernos incapaces ha complicado mucho las cosas. El caso de España es paradigmático. La pandemia, unida a la insolvencia de un Gobierno para afrontar y gestionar de manera eficaz los problemas que afectan al país, ha generado una situación dramática, con más de 80.000 muertos. Pero incluso en aquellas naciones que han enfrentado la pandemia de manera eficaz, el 2020 será recordado como un año de impasse económico y de crisis sanitaria y social.

Las naciones occidentales, salvo raras excepciones como Nueva Zelanda o Uruguay, han sufrido mucho resultado de la situación provocada por el Coronavirus. Basta mirar lo que se está viviendo en los Estados Unidos, en el Reino Unido o en países como Alemania o Suecia. En mayor o menor medida, todos han quedado tocados. En Oriente, las cosas son diferentes. La experiencia del SARS a inicios del siglo XXI preparó a países como Corea del Sur o Taiwán para este tipo de situaciones.

Existe un país que no parece haber sufrido las mismas dificultades que el resto de naciones. Un país, que paradójicamente ha sido el responsable de expandir la pandemia a nivel global fruto de su irresponsabilidad a la hora de comunicar los efectos de la enfermedad. Ese país es la República Popular de China (RPC). China ha salido fortalecida al finalizar el año. Tanto en términos políticos, como en términos económicos, la nueva potencia ha enseñado sus garras al resto del mundo.

En el ámbito económico, la recuperación de China en “V” parece evidente. El PIB caía 10 puntos en el primer trimestre del año. Sin embargo, dicha cifra se recuperaba en el segundo trimestre con un crecimiento del 11% por ciento, estabilizándose en el tercer trimestre con un crecimiento del 2.7%. La situación es sin duda positiva para la RPC, esperando un año 2021 de crecimiento pleno.

En el campo político, la potencia comunista se ha consolidado como un actor internacional de primer orden. Tanto a través de medidas de poder blando, como de poder duro. China aumenta su protagonismo “ayudando” a determinados países a superar la crisis que ha provocado. También, desarrollando créditos con objeto de proyectar su vacuna en naciones de África y de Iberoamérica. A inicios del pasado año 2020, todo el mundo calificaba de exagerados los comunicados de alarma que el Gobierno de Taiwán enviaba el resto del planeta con ánimo de alertar sobre los peligros que implicaba el nuevo virus que estaba cocinándose en China. La Organización Mundial de la Salud, claramente al servicio de la dictadura comunista, señaló que la situación no era tan dramática como la pequeña república de Taiwán indicaba. Incluso llegó a negar que la misma hubiese avisado sobre posibles consecuencias.

La ventana de oportunidad generada por la crisis del COVID 19 fue aprovechada por el gigante asiático para posicionarse a nivel mundial y concentrar y centralizar poder a nivel nacional. El año 2020 le ha servido a la RPC para controlar el único reducto de libertad que existía en su territorio: Hong Kong. La pandemia ha logrado acallar a los demócratas que se encontraban en dicha ciudad, condenando a la cárcel o al exilio a muchos de ellos. En este momento, la máxima un país, dos sistemas ha dejado de existir.

A inicios del año 2021, parece que el objetivo está puesto sobre Taiwán. El tono de Beijing frente a Taipei ha cambiado. En diciembre de 2020, The Diplomat afirmaba que, probablemente, China intentará anular a su incómodo vecino a través de tácticas de desgaste. Una de ellas, podría ser el bloqueo de dicho país, rodeando la isla con la armada comunista. Nuevamente y al igual que en el caso de Hong Kong, nadie dice nada.

Occidente calla mientras que la dictadura más exitosa del planeta no deja de ganar poder y relevancia tanto a nivel interior como en el gran tablero mundial. ¿Qué haremos al respecto? ¿Dejaremos que un sistema totalitario, tecnocrático y dictatorial se convierta en la gran potencia global? ¿Cederemos nuestras libertades ante su agenda, como desafortunadamente ha sucedido en Hong Kong? ¿Qué nos espera para el 2021?

Nadie niega que, resultado de su irresponsabilidad, China ha pagado un alto coste en vidas humanas fruto del COVID 19. Obviamente, las cifras oficiales de fallecidos que el Gobierno reconoce en la actualidad parecen falsas. Hablamos de 4634 fallecidos a día de hoy. Una cifra ridícula. En abril del pasado año, la prensa mundial se hacía eco de la desaparición de 20 millones de líneas de telefonía móvil. De todas formas, hayan sido muchas o pocas las víctimas existentes en la RPC, no parecen importarle demasiado al Ejecutivo comunista. En realidad y como ya sabemos, la dictadura totalitaria nunca ha valorado la vida humana. China lleva décadas atropellando los Derechos Humanos más fundamentales y reprimiendo sin escrúpulos a los disidentes. Es imperativo que Occidente desarrolle un nuevo sistema de relaciones con el gigante de Oriente. Hemos sido demasiado tolerantes con un régimen liberticida, antidemocrático e iliberal. Desafortunadamente, la tiranía más sofisticada del planeta ha sido la gran vencedora del año 2020.  

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