El empleo del adjetivo populista para devaluar determinadas ideas o actitudes políticas denota un cierto desprecio hacia el pueblo, al que se considera una masa informe, ignorante  y manipulable a la que se puede azuzar con mensajes simples, demagogos y oportunistas con el fin de alcanzar o mantener el poder.

Últimamente, el término populismo aplicado a la política se ha convertido en habitual. Se utiliza indiscriminadamente y en muchas ocasiones sin rigor para atacar a los contrincantes a los que se combate sin cuartel y a veces sin decencia. Ocurre que, en puridad, el populismo está definido como una tendencia política que dice defender los intereses y aspiraciones del pueblo. Y es de suponer que todas las ideologías políticas tienen o han de tener como objetivo primordial defender los intereses del pueblo, que no es otra cosa que la sociedad, es decir, los ciudadanos. Por tanto, ser populista debería ser considerado como algo positivo puesto que es lo contrario al elitismo, a lo exclusivo, a los privilegios.

El empleo del adjetivo populista para devaluar determinadas ideas o actitudes políticas denota un cierto desprecio hacia el pueblo, al que se considera una masa informe, ignorante  y manipulable a la que se puede azuzar con mensajes simples, demagogos y oportunistas con el fin de alcanzar o mantener el poder. Sin embargo, esos comportamientos políticos engañosos –que existen y son muy graves-, se deben denunciar de una forma mucho más rigurosa a como se está haciendo. Acusar de populista a diestra y a siniestra, con trazo grueso, sin determinar cuales son las características concretas que justifican tal apelativo, se puede considerar también una utilización interesada para denostar al rival sin argumentos consistentes. Hoy en día, unos pocos se erigen como jueces omnímodos, deciden en quién posan su dedo acusador, lo tachan de populista y lanzan sobre él el peor de los oprobios.

Hemos llegado a un punto en el que no se profundiza. Se simplifica y banaliza la realidad. Se emiten mensajes superficiales, sin contenido, sin explicación, cuya única finalidad es descalificar al oponente con el concepto paralizante y sentenciador: populista. Y actuando de ese modo, se cae en la contradicción de actuar del modo que se pretende condenar.

En política, para rebatir al contrario, lo necesario, lo imprescindible, son los argumentos, contraponer a cada idea o propuesta, la propia; ser capaz de explicar los planteamientos con precisión y exactitud, con coherencia y compromiso; ser fiable y auténtico; actuar con honestidad, defender la libertad individual y respetar a ese “pueblo” por el que se dice trabajar. Y respetar al pueblo significa confiar en su capacidad de discerner y de disentir, considerarlo como lo que es, un conjunto de ciudadanos libres a los que se debe garantizar el espacio en el que puedan elegir a sus representantes con pleno conocimiento de causa, sin manipulaciones ni intoxicaciones. Y debe ser el pueblo quien determine si se le defrauda o no. Así ha sido durante toda nuestra reciente democracia en la que los partidos han ganado y perdido millones de votos en función de la confianza que han generado en la sociedad.

A quien se debe señalar y combatir es a quienes desde el Gobierno de España están trabajando para destruir la monarquía constitucional, para tratar de imponer un pensamiento único y una memoria obligatoria, a los que están dispuestos a seguir debilitando la soberanía nacional y a no aplicar la justicia con independencia y equidad. Llamémosles por su nombre. Unos son antisistema revolucionarios y radicales; otros son independentistas fanáticos y sediciosos o justifican el terror como arma política, y otros -los peores-son traidores que están pagando a plazos el precio del poder. Ojalá fueran solo populistas.

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