Los conservadores debemos prepararnos a razonar sabiendo que ahora todo es posible y que las viejas reglas han saltado por los aires.

A pesar de que el asalto al Capitolio fue, más que un delito, un error -como diría Fouché- Trump sigue siendo el inventor de una nueva tradición. De hecho, se puede decir que es el inventor de una nueva derecha. Es evidente que este nuevo conservadurismo tendrá que actualizarse y adaptarse, pero no puede, aunque lo desee, remontarse a la época anterior a la aparición del político estadounidense en la escena política. Los nostálgicos del teo-conservadurismo de tiempos de Bush, del reaganismo de los 80, o incluso de una derecha “cortés y elegante”, tan parecida a la izquierda que no ha existido jamás, han pasado a mejor vida.

A pesar de los numerosos errores, sobre todo durante la campaña e inmediatamente después de las elecciones, Trump es uno de esos líderes que la ciencia política denomina transformadores, porque cambian profundamente la cultura política de su tendencia ideológica y, simultáneamente, la de los demás y la del conjunto del país. Trump ha logrado la mutación del conservadurismo en tres puntos clave, como mínimo. El primero es el sociológico. Incluso de Trump, y en particular con el primer Reagan, hubo un voto popular y trabajador que respaldó a la derecha. Sin embargo, en Estados Unidos, especialmente en los años de Bush hijo, el conservadurismo se había convertido en el partido de los ricos e incluso, si se me permite el término, de los imbéciles. Ese conservadurismo estalló en mil pedazos al enfrentarse a Obama y, a partir de un Partido Republicano dividido por los movimientos en torno al Tea Party (sin los cuales Trump no existiría) surgió un líder que revolucionó la sociología electoral. Ahora, y no solo en Estados Unidos, la derecha es sobre todo el partido de los trabajadores, de los empleados con ingresos bajos, de la clase media empobrecida. Es evidente que los conservadores se oponen a la lucha de clases. Por eso buscan también buscan el voto de los ricos. Y sin embargo, a día de hoy, el core business de la derecha recae sobre todo el pueblo. Y eso no va a cambiar por mucho que Trump salga de escena.

El segundo factor revolucionario es el de la polarización. En una época, la anterior a 2016, en la que parecía que izquierda y derecha eran “tanto monta monta tanto” -es decir, lo mismo porque hablaban de la misma manera-, Trump llegó para anular los cánones de lo políticamente correcto y se atrevió a decir lo que piensa el norteamericano medio, el forgotten man de la crisis económica que Obama fue incapaz de resolver en ocho años. Sobre todo, recupera la esencia de la política: la contraposición amigo/enemigo, que es una forma de devolver dignidad y autonomía a la política frente a la tecnocracia, la burocracia y la aplastante sanitocracia actual, que aspiran a mandar careciendo de legitimación. Trump está convencido de la validez de la encarnación del poder en la figura de un líder ungido por sufragio universal, es decir por los votos. El último punto que queda por subrayar es ideológico, aunque el Presidente no es un ideólogo como en ciertos aspectos lo fueron Reagan y Thatcher. Trump ha sustituido esa derecha globalista e internacionalista, que no se distingue en nada de la izquierda, por una nueva derecha que recupera el valor de la nación y la patria. Antes de Trump, el nacionalismo era una palabra fea incluso para los conservadores. Ahora se ha convertido en un término viable. Y es que la nación es todo lo que posee una comunidad política. Con Trump, los conservadores pasan a ser identitarios. La lucha política de Trump ha sido una afirmación de la identidad norteamericana, que es la occidental, en la que la religión cristiana desempeña un papel fundamental. Si los teo-con de Bush, a menudo ex-ateos marxistas, vieron en el cristianismo una mera arma que empuñar contra el Islam y siguieron siendo relativistas en el resto de las cosas, para Trump la religión cristiana es portadora de la verdad. Y precisamente por eso puede ser una guía para la tarea del político (sin clericalismo de por medio). Ahora bien, después de Trump no llega el diluvio universal. Al contrario: la historia del nuevo conservadurismo acaba de empezar.

Como ya hemos dicho, está claro que el asalto al Capitolio fue un grave error que también pesa sobre los conservadores europeos. Irrumpir en el Parlamento, como si estuviéramos en 1848, es como intentar ganar una carrera de Fórmula 1 con un scooter. Desde el debate alemán sobre la crisis del parlamentarismo de los años veinte del siglo pasado, sabemos que los Parlamentos son cajas vacías. Y se han diluido más desde entonces. Por otro lado, con hechos como el asalto al Capitolio se brinda a los progresistas y a la izquierda la oportunidad de ejercer la represión. Como estrategia militar, no resulta muy inteligente.

Al mismo tiempo, hay una vieja derecha que, a raíz de los errores de Trump, parece querer levantar la cabeza. Habrá que recordarle que los conservadores no siempre están a favor del orden, y España lo sabe mejor que muchas otras naciones. La derecha debe impugnar las leyes si van en contra de la nación, y el orden si asfixia al país. Por si fuera poco, hablar de la “sacralidad violada del Parlamento” está fuera de lugar. Vivimos un momento en la que la amenaza proviene del avance chino, que sólo respetará -nominalmente, como de hecho está haciendo- a esos parlamentos en los países que “absorbe”… siempre y cuando hagan lo que Pekín quiere: todos corremos el riesgo de convertirnos en Hong Kong. Que los progresistas agiten el espantajo del fascismo y del antiparlamentarismo (aunque los fascistas nunca hubieran atacado el Parlamento, a diferencia de los bolcheviques) tiene sentido, pero que los conservadores piensen que basta con ganar las elecciones -algo nada sencillo hoy en día- para realizar un programa de gobierno, es pura ingenuidad o demuestra mala fe, o tal vez ambas cosas.

Esta crisis de las instituciones y de la democracia liberal no la resolverán ni los progresistas ni los “viejos” conservadores. Y además resulta incomprensible si no la situamos en el contexto de la pandemia y el confinamiento. En general, después de las pandemias se desencadena algo más grave, las revoluciones, como ocurrió después de la denominada “gripe española”, hace más de un siglo. Si no queremos que nos cojan desprevenidos y tal vez alineados culturalmente con la izquierda, los conservadores debemos prepararnos a razonar sabiendo que ahora todo es posible y que las viejas reglas han saltado por los aires.

Artículo original en italiano.

20210118-Marco-Gervasoni-I-consevatori-europei-dopo-Trump-ok