La barbarie conceptual que alimentan los principales responsables del partido morado (quienes, además, suelen jactarse de su formación politológica) los ha llevado a invisibilizar lo que el historiador estadounidense Michael Seidmann bautizó como “antifascismo contrarrevolucionario”.

En 1995 el semiólogo y escritor italiano, Umberto Eco, fue invitado a la Universidad de Columbia a pronunciar una conferencia que llevó por título “Il fascismo eterno”. En ella, el profesor de la Universidad de Bolonia ofrecía un pequeño recetario de 14 claves mediante las cuales se podría detectar la pervivencia del fascismo bajo la forma que denominó “ur-fascismo”.

Dicho libro, carente de cualquier utilidad analítica y profundamente ignorado en los estudios académicos sobre el fascismo, ha proporcionado, sin embargo, una amplia cobertura a un sinfín de movimientos políticos de extrema izquierda que a través de su movilización y de la bandera del antifascismo han pretendido presentarse como verdaderamente “democráticos”.

El fascismo, tal y como ha sostenido en diferentes ocasiones el profesor Pedro Carlos González Cuevas, se ha convertido en un concepto demonológico en manos de la izquierda. Lejos quedan los estudios de Renzo de Felice, A. James Gregor, Emilio Gentile, Roger Griffin o, en el caso español, Stanley G. Payne que vinieron a poner un poco de sensatez conceptual ante tanta confusión.

El asalto al capitolio en los Estados Unidos y una entrevista que Santiago Abascal, presidente de VOX, concedía al periódico El Mundo, han agitado a los principales cerebros y políticos de Podemos. Iglesias, Monedero y Echenique (entre otros muchos) han resucitado la bandera del supuesto “antifascismo eterno” que profesa (eso sí) única y exclusivamente la izquierda española para señalar la falta de compromiso democrático de sus adversarios.

La barbarie conceptual que alimentan los principales responsables del partido morado (quienes, además, suelen jactarse de su formación politológica) los ha llevado a invisibilizar lo que el historiador estadounidense Michael Seidmann bautizó como “antifascismo contrarrevolucionario”.

Para ellos el fascismo es un fantasma mediante el cual pueden exorcizar su pasado de profesores activistas de las revoluciones latinoamericanas y altermundialistas y que les permite introducir, en la esfera pública española, un discurso que, de facto, legitima las posiciones de los comunistas en nuestra democracia.

Iglesias, Monedero e incluso Alberto Garzón creen firmemente que la izquierda española es incapaz de vivir sin lo que el profesor Jorge del Palacio bautizó como la sombra de un “franquismo eterno”. Éste se proyectaría más allá de los años de existencia del propio régimen y habría convertido a las instituciones de la democracia en rehenes de una dictadura sin dictador. De ahí que su ofensiva actual se haya centrado en dos focos: la Monarquía Constitucional y el Poder Judicial.

De su existencia dependería la de su correlato en forma de “antifascismo eterno” que les permitiría presentarse como defensores de un régimen político al que su tradición política (ya sea en su forma marxista-leninista o en el populismo de inspiración laclauiana) ha visto como el principal enemigo al que combatir: la democracia liberal-burguesa.

En resumen, desde Podemos se agita la bandera del antifascismo como una forma de movilización de todo un corpus simbólico y sentimental que ha instrumentalizado la extrema izquierda y que les permitiría, bajo el pretexto de la “falsa democraticidad” de toda propuesta antifascista, blanquear una tradición política que, en Occidente, no ha traído sino la muerte, la desolación y el hambre como resultado.

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