La negativa de la comunidad educativa de homenajear a Samuel Paty, el profesor asesinado por un islamista a finales de año, muestra un trasfondo político y social de calado en la sociedad francesa.

14 de julio de 2016 en Niza. Fiesta nacional. El Paseo de los Ingleses atestado de ciudadanos celebrando la efeméride y disfrutando de la noche mediterránea cuando un camión irrumpe llevándose todo a su paso. A bordo del vehículo un yihadista, el tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel, que no se detiene hasta acabar con la vida de 87 personas. Silencio.

Un silencio que dura días, semanas. Silencio en las calles de la ciudad y en los hogares de millones de franceses. Silencio en el Palacio del Elíseo. Silencio en el funeral de Estado en honor a las víctimas. El silencio como respuesta frente a la barbarie. Después, las consignas buenistas de unos y otros conscientes de que, tarde o temprano, volverá a ocurrir.

23 de marzo de 2018 en Trèbes. Redouane Lakdim asesina a cuatro personas tras atrincherarse en un supermercado de la localidad, entre ellos Arnaud Beltrame, un oficial de policía que se intercambió por los rehenes y terminó desangrado en el suelo por las puñaladas asestadas por su verdugo. Silencio.

16 de octubre de 2020 en Conflans-Sainte-Honorine. El profesor Samuel Paty es decapitado por un islamista tras más de diez días de acoso y persecución por parte de una comunidad musulmana. Padres y estudiantes participaron de la fatal cacería para vengar el uso de caricaturas de Mahoma durante una clase. Fin del silencio.

El asesinato de Samuel Paty marcó un antes y un después. Por primera vez, un presidente francés denunció la realidad del Islam en Francia y reivindicó el derecho de la República de defenderse ante el islamismo subversivo que amenaza la continuidad histórica de la Nación.

Y aunque los esfuerzos de Emmanuel Macron por poner coto a esta anomalía son loables, por más que se pasara años defendiendo lo contrario, lo cierto es que la muerte de Paty deja una lectura diferente, preocupante e ilustrativa de cómo la sociedad francesa convive con el islamismo.

Conocíamos a través de La Gaceta de la Iberosfera la negativa del colegio donde impartía clase el profesor asesinado de poner su nombre al centro. Un homenaje mínimo e insuficiente al martirio de Paty, pero que por su carácter simbólico tenía mucho de civilizatorio.

El 100% de los maestros, el 89% de los padres y el 69% de los alumnos se opusieron al homenaje. Una asombrosa mayoría que justificaron bajo el pretexto del miedo a un nuevo ataque: “Nos convierte en objetivo. Es tomar un riesgo que puede ser evitado”, se justificaban.

La negativa de la comunidad educativa de homenajear a Samuel Paty, el profesor asesinado por un islamista a finales de año, muestra un trasfondo político y social de calado en la sociedad francesa.

El tiempo del silencio ha terminado, sí. Pero no para denunciar las consecuencias del multiculturalismo, la ausencia de control policial en muchos barrios, la desaparición del Estado en otros tantos o la imparable islamización de la sociedad francesa.

El tiempo del silencio ha terminado, sí. Pero no para alertar sobre la presencia de más de 100.000 yihadistas en el país, la desconexión entre los jóvenes musulmanes y las leyes de la República o las injerencias extranjeras en la formación de imanes radicales desde Oriente Medio.

El tiempo del silencio ha terminado para impedir el homenaje a los asesinados por el islamismo. Para ocultar al mundo la situación que vive Francia y para aceptar, sentados en el sillón de sus casas , su derrota. Una rotunda derrota social y, más pronto que tarde, también política.

Cuando hubo que elegir, en esos momentos trascendentales que nos regala la historia, muchos optaron por agachar la cabeza, por ceder ante las imposiciones islamistas para evitar ser señalados por el dedo acusador de lo políticamente correcto.  Y hoy Francia, paralizada y acomplejada, sufre las consecuencias.

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