Nadie en su sano juicio les dice a sus padres que, como siente gratitud ante ellos, le pasen la factura de todos los gastos que acarreó su crianza.

Imagine el lector que a un adolescente le interrogaran sobre qué es lo que mejor representa para él la relación con su padre. Y que el mozalbete contestara aludiendo a ese momento de la semana en que su progenitor le satisface la paga. O póngase, estimada lectora, en que le preguntasen a su mejor amiga qué es lo que más le gusta de esa bonita relación que entrambas atesoran. Y entonces su amiga recordara que, en caso de dificultades económicas sobrevenidas, le tranquiliza pensar que usted siempre la podría socorrer.

A nadie se le ocurriría desmerecer la importancia de que unos padres subvengan a las necesidades pecuniarias de sus hijos; raro sería, asimismo, quien despreciara el consuelo que nos supone una aliada fiel y dadivosa en tiempos de tribulación. Mas, con todo y con eso, cualquier persona bien formada detectaría algo extraño en las respuestas que hemos sugerido. Los seres humanos necesitamos a menudo los bienes de los demás. Pero los seres humanos no entablamos vínculos pensando solo en los bienes de los demás.

Todo esto vine a cuento del debate que se está suscitado en España a propósito de un tema de honda raigambre en filosofía moral y política: ¿hasta qué punto es legítimo que un poderoso nos imponga impuestos, y cuántos sería justo pagarle?

La polémica nace viciada, bien es cierto, pues se enmarca en un suceso que, en principio, podría dar mucho juego a los partidarios de recaudar: el caso de youtubers, de ingresos elevados y juventud insultante, que deciden trasladar su residencia a Andorra; país que, aun lejos de resultar un paraíso fiscal, exhibe un afán impositivo menos voraz que el de nuestro Estado. Pero que no deja de beneficiarse por estos avatares y es extranjero. Si el marco del debate hubieran sido los 807 millones de sobresueldos con que el Gobierno regó a sus afines en el pandémico año de 2020 (hacen falta miles de youtubers tremendamente exitosos para sufragar eso), la discusión se habría presentado seguramente más inclinada a limitar el dinero disponible por el fisco. O también si hablásemos de los 4,6 millones y sueldo de 78.973 euros que nos gastamos en un flamante director general de Derechos Animales con cero proyectos en su haber (el sueldo, por cierto, incluye un plus por productividad).

Pero en España los contextos de un debate rara vez los selecciona otro que no sea la izquierda.

Aun así, las cosas esta vez no le están saliendo del todo bien. Sí, la actual polémica nace en un terreno en principio fértil para el vicio de la envidia (hacia jóvenes exitosos). Y sí, ahí ha proliferado el también vicio de la ira (se ha amenazado, insultado, acosado y calumniado a esos comunicadores hasta extremos denigrantes, y a semejante cacería se ha unido todo un vicepresidente del Gobierno). Pero no, no todo parece estar yendo como algunos habrían previsto.

Muchas personas, a menudo miembros de la joven audiencia de esos neoandorranos, se han planteado la misma pregunta sencilla que lleva siglos ocupando a los filósofos: ¿de veras los gobernantes tienen derecho a quitarme todo el dinero que decidan? Y la respuesta, como es natural, tiende a negar que ese derecho impositivo sea absoluto, ya se justifique en nombre de Dios, de la democracia o de la Justicia Universal (todos los poderosos siempre cuentan con hermosas justificaciones para su poder).

Quizá por esta razón está recurriendo a otro argumento la panoplia de abogados que le ha salido a nuestro sistema impositivo (de exbaloncestistas insultadores a inspectores de Hacienda; de directores de cine a periodistas de grandes medios; abigarrado grupo que, en suma, parece heteróclito hasta que caemos en la cuenta de cuánto dependen todos sus miembros de las arcas estatales que denodados defienden). El nuevo argumento al que nos estamos refiriendo es en principio de agradecer porque, al menos, no recurre, como los predominantes, al dicterio o la amenaza. Es un argumento que denominaré “patriotismo tributario”.

El director de cine David Trueba lo ha sintetizado bien: “el patriotismo es meramente una liquidación honesta del IRPF”. También el periodista televisivo Javier Ruiz: “la declaración de patriotismo es la declaración de la renta”. Ya en mayo del año pasado, el vicepresidente Pablo Iglesias avanzó lo mismo: “El patriotismo no es sólo sacar una bandera, sino pagar los impuestos”. Una reciente carta al director de El País reincidía: “la declaración de la renta es el mejor acto de patriotismo que todos los años hacemos por obligación legal las ciudadanas y ciudadanos, sin excepciones” (sí que hay excepciones, en realidad, pero disculpemos esta imprecisión jurídica al autor de la breve carta, demasiado atareado desdoblando el género gramatical en toda ella como para ser riguroso en lo demás).

Parece evidente, pues, que esta noción del “patriotismo tributario” se ha propagado exitosa en ciertos ambientes. Ambientes, por cierto, en los que nunca ha abundado el elogio de lo patriótico, bien al contrario: ni nuestro cine, ni los grandes medios de comunicación, ni nuestra ultraizquierda política se han distinguido en sus encomios a tal virtud. Por tanto, una primera impresión que cabe entresacar de todo esto es positiva: por fin nuestras élites mediático-políticas (nuestras élites progres, perdón por la redundancia) han dejado de considerar el patriotismo como una mancha, que a lo sumo se le consentía exhibir a la plebe en ocasiones señaladas, como los Mundiales o la Eurocopa (y siempre que España ganara). Hoy ya ellas hablan de lo patriótico también.

Bien es verdad, con todo, que este renacido interés por el patriotismo, en su forma de patriotismo tributario, adolece de dos defectos graves. El primero es que esas mismas personas que consideran gravísimo que un youtuber deje de tributar en España no suelen tener excesivos problemas con que siete millones de personas (la población de Cataluña) tuviera la opción, referendo mediante, de dejar de compartir tributos con los demás españoles. Parece que no contribuir a la Hacienda común es gravísimo si eres un individuo, pero un derecho perfectamente admisible si lo hacen varios millones a la vez. Parafraseando a Stalin, lo primero sería un crimen, lo segundo una mera estadística (del 19 % del PIB español, para ser exactos).

Foto: Jürgen Habermas | Wikimedia Commons

El segundo defecto de este “patriotismo tributario” lo comparte otra modalidad de “patriotismo” que hace unos años cosechó cierta fortuna entre nosotros (se diría que los españoles andamos experimentando continuamente con cualquier adjetivo posible que ponerle a lo patriótico, con tal de no aceptarlo sin más). Me refiero al “patriotismo constitucional”. Esta expresión, popularizada desde los años 80 por los alemanes Dolf Sternberger y Jürgen Habermas, aludía a la idea de que fueran los deberes y derechos plasmados en una Constitución lo que de veras uniera a todos los habitantes de un país, más allá de una historia, unos vínculos o una cultura común. En España trató de importarlo, con resultado irregular, José María Aznar. Si bien en su caso el patriotismo constitucional consistía más bien en un modo legalista de oponerse a los nacionalismos (“la ley no permite un referendo de secesión”), algo que no coincidía exactamente con el espíritu de Habermas.

¿Cuál fue el problema de ese “patriotismo constitucional”, como también lo es del hoy tan cacareado “patriotismo tributario”? Dicho coloquialmente, su defecto es que igual sirven para un roto que para un descosido. Es decir, el patriotismo constitucional de Habermas nos invita a respetar la Constitución española, sí, pero también la de una república catalana independiente o la de un valle de Arán desmembrado si estas secesiones acabaran sucediendo. No hay nada en el patriotismo constitucional que obligue a serlo de esta España ni de esta Constitución. Cualquier otra que respete los derechos humanos básicos es igual de apreciable según este modo de ver las cosas (de hecho, es lo que persigue este modo de ver las cosas: olvidar los vínculos concretos con compatriotas concretos, primero; y, segundo, sumirnos a todos en una nueva relación legal, derechohumanista, cosmopolita y convenientemente templada, lejos una vez más de los excesos de la plebe, que se emociona y se alegra del vínculo con sus compatriotas por cosas tan tontas como que venza su selección de fútbol).

Este mismo defecto que comentamos se constata de modo aún más patente en lo que hemos llamado “patriotismo tributario”. Si tu único vínculo con tus compatriotas es pagar impuestos, ¿por qué habría de ser más loable pagarlos en España que en cualquier otro país? Si lo único que me une a los demás españoles es la iguala que pago a esa empresa de servicios llamada “España S.A.”, y que a cambio me abastece de sanidad, educación, etc. gratuitas, ¿por qué estaría mal que cambiara de contrato y me fuera a otra compañía? ¿Por qué debo pagar cosas para todos los españoles y no para todos los portugueses (que, de hecho, andan en una situación menos boyante) o cualquier otro país? Si mi vínculo con un español es idéntico al de un andorrano, salvo en lo de los impuestos, bastará que empiece a pagarlos en Andorra para que entonces ya esté más vinculado al andorrano que a mi antiguo compatriota hispánico. No tiene sentido ver ahí problema alguno, como no lo hay cuando cambio de domiciliación el recibo de la luz. (Aunque, lógicamente, la empresa a la que dejo de pagar mi cuota lo lamente).

En suma, parece que en cuestiones de patriotismo, como en tantas otras, optar por sucedáneos (“patriotismo tributario”, “patriotismo constitucional”…) nos arroja a más dificultades de las que nos salva. ¿Por qué no probamos a dejar de ponerle guirnaldas al patriotismo y nos quedamos con su versión original?


Sé que esta propuesta suena escandalosa en muchos círculos: nos han enseñado que el patriotismo es causa de miles de muertes y guerras, de enemistades internacionales sin cuento, de estupideces innúmeras. Pero ¿no le ocurre acaso lo mismo a todo lo bello y bueno de la vida? ¿No ha causado, verbigracia, el amor romántico también enfrentamientos incontables, muertes absurdas, poemas de pésimo gusto y comportamientos ridículos (quizá alguno incluso por parte del amigo lector)? ¿Debemos despreciar por ello todo amor? Y lo mismo cabría decir (para los creyentes) de la fe en Dios o (para los filántropos) de las buenas intenciones. Todas las cosas que más queremos son también las que más daño hacen. Pero nadie destruye una torre porque un asesino aprovechase para defenestrar a su víctima desde allí.

Foto: Estatua de Samuel Johnson | Wikimedia Commons

Hay gente que considera el patriotismo un claro ejemplo de error ético: preocuparte más por tus connacionales, solo porque compartas con ellos un DNI, o porque dé la casualidad de que habéis nacido dentro de las mismas fronteras, sería un claro ejemplo de discriminación arbitraria. Esta gente a menudo recuerda la cita de Samuel Johnson, “el patriotismo es el último refugio de los canallas”. Pero, para desgracia de ellos, hay que empezar aclarando que es una frase que se suele interpretar mal: Johnson no está diciendo que todos los patriotas sean canallas, sino, de hecho, que como el patriotismo es algo en principio bueno, los más aviesos canallas sienten la tentación de esconderse tras él, como un refugio, para disimular sus canalladas. Nadie oculta su suciedad tras un vestido aún más sucio. Ya indicó La Rochefoucauld que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud; de forma que incluso los canallas que se ocultan tras el patriotismo saben, en el fondo, de su valor.

Y no solo lo saben ellos. Hay una enorme cantidad de filosofía política (por desgracia poco conocida en España) dedicada a explicar por qué el patriotismo es una virtud. No deja de ser cómico que uno de esos textos, El Patriota, lo escribiera ese mismo Johnson al que se le adjudica la citada frase peyorativa. Según estas reflexiones, el patriotismo es aquello que te anima a preocuparte por tu prójimo, por tus próximos, a devolver a tu país una pizca de todo aquello que ha hecho por ti. Cuando yo nací ya tenía una patria con hospitales, carreteras, una democracia en ciernes, un nivel económico de los más altos en el mundo; nada de eso me lo he tenido que trabajar, así que al menos intentaré agradecérselo a quien me lo regaló: mi nación.

¿Agradecerlo cómo? Nadie en su sano juicio les dice a sus padres que, como siente gratitud ante ellos, le pasen la factura de todos los gastos que acarreó su crianza. El adolescente que imaginábamos al inicio de este artículo, y que reducía lo filial a la paga que le otorgaba su padre, nos resulta un tanto descorazonador. De igual modo, reducir mi agradecimiento a España, mi patriotismo, a la factura del IVA me rebaja un tanto. Se agradecen las cosas ayudando en sus gastos al que lo necesita, sí, pero también haciendo otras cosas. Entre ellas, advirtiendo al padre, al amigo o a la patria de cuando sus gastos son excesivos, o incluso negándonos a sufragar sus vicios. Aparte de otras mil y una formas que sería inútil intentar aquí detallar. No necesitamos hacerlo, empero: todas las reflexiones que nuestra civilización lleva ya más de dos mil años haciendo sobre la virtud del patriotismo nos iluminarán.

Ojalá sea este patriotismo de Cicerón, de Burke, de Maquiavelo (no en El príncipe, sino en sus Discursos), de Maurizio Viroli, el que se explique a nuestros jóvenes, youtubers o no, para que entiendan por qué es loable compartir dichas y penas con sus compatriotas, aunque a veces estos se equivoquen. (Y aunque, a veces, quizá abandonar a esos compatriotas de momento también pueda ser un toque de atención loable, si así les muestras cuán insensato es el sistema impositivo en que se empeñan). Ojalá se intente convencer a quienes se van de España de que merece la pena que vuelvan, y no se apele para ello a amenazas ni maledicencias, sino al orgullo de compartir un proyecto secular, que tanto les ha dado, entre todos. Ojalá, en suma, los tímidos acercamientos de nuestra izquierda al patriotismo permitan que este se recupere; pero no en su versión pedestre y monetaria de “solo pagar impuestos”, sino en todo lo alto, inspirador y bello que el patriotismo ha sabido suscitar.