La izquierda avanza. Lo hace porque, en gran medida, no pareciera haber mucho que la frene. Se organiza y sabe hacerlo. Así actúa el mal que ellos representan.

Lo grave no es que avancen, sino que se les subestime, pretendiendo restarles importancia, alcance o realidad. La subestimación nos ha hecho mucho daño porque nos ha hecho confiarnos de que la verdadera amenaza que representa la izquierda organizada en espacios como el Foro de Sao Paulo o el Grupo de Puebla no es tal y que no es otra cosa sino una “teoría conspirativa”.

Quienes subestiman al mal organizado que representa la izquierda, terminan por concederles campo de acción. Nadie cree que sean capaces de tanto como se les denuncia, pero cuando los hechos demuestran que hacen desde lo evidente hasta lo impensable, cuando la realidad es contundente y cuando entonces se entiende el peligro que son, ya resulta muy tarde actuar.

Cualquier esfuerzo que busque finalmente contrarrestar a la izquierda debe pasar por entender su naturaleza y, sobre todo, su alcance real. Seguir creyendo que es sólo una ideología trasnochada y no que están aglutinados alrededor de un proyecto de alcance global, nos hará seguir equivocándonos y conduciéndonos a derrotas estrepitosas. Derrotas estrepitosas que fueron advertidas, pero desechadas ante la ingenuidad de que sólo con la democracia basta para frenar a quienes han usado la democracia para destruirla.

Para estos grupos, la ideología es tanto plan de acción como excusa, porque sustenta todo lo que hacen, pero también la utilizan de fachada para ocultar sus verdaderas intenciones y el alcance de sus operaciones. Sus tentáculos no tienen fronteras como tampoco tienen áreas concretas. En todo y cuanto puedan avanzar, lo harán. Su naturaleza es expansionista y no sólo desde el poder, sino desde las múltiples maneras de encubrirse para siempre obtener más, nunca menos.

Son expertos en disfrazarse de “movimientos sociales” y buscar “justicia social”, pero eso es sólo el pretexto para incendiar calles, desestabilizar gobiernos y fomentar cambios institucionales desde la violencia y el chantaje para facilitarse la llegada al poder. Simultáneamente son capaces de derribar edificios y de vender una campaña electoral con tono “progresista”, intentando venderse como algo distinto cuando, en realidad, son lo mismo operando.

Ese modus operandi es muy peligroso, no sólo porque deslegitima y le resta credibilidad a la genuina protesta ciudadana, sino porque al final acusa a los gobiernos a los que busca desestabilizar de las medidas que tuvieron que ser tomadas como consecuencia de las políticas de la izquierda cuando gobernó. Es decir, no sólo están conscientes de la importancia de preservar el poder, sino que cuando no lo tienen, también saben como ser oposición y cómo tambalear las democracias que ya dejan destruidas cuando gobiernan.

Frente a todo esto, la respuesta es tibia. En realidad, cobarde. Esa cobardía viene dada por la corrección política que obliga a hacer cosas aceptadas por todos, pero que, en realidad, son útiles para unos pocos que tienen claras intenciones y que son auspiciadas por grandes grupos de opinión y medios que quieren cambiar la verdad, la historia y todo a su paso, incluso haciendo que un presidente tenga que retractarse de decir que estaban en guerra, mientras su país era incendiado en todas partes. Esa cobardía también es producto de la subestimación excesiva, de creer que estas dinámicas son normales de las democracias y que hay que atenderlas con espíritu cívico y bondadoso, apenas condenando la violencia. Es la subestimación desde quien no quiere ver la realidad que está frente a sus ojos y prefiere ver más adelante, en un tono apaciguador incompatible con la naturaleza de la izquierda criminal sin escrúpulos.

Más grave aún, a la derecha, a los conservadores, a los liberales, a los libertarios y todo lo que asume la libertad como un valor faro, les falta capacidad de articulación porque prefieren desvelarse acusándose de sus diferencias mutuamente, antes que intentar siquiera comprender la magnitud del enemigo que atenta contra todos, sin distinción. Antes que verse como aliados, prefieren verse como enemigos, mientras los verdaderos enemigos avanzan porque no tienen freno alguno.

Desde luego, esto no significa que quienes adversamos a la izquierda debamos recurrir a sus prácticas criminales y a sus dinámicas destructivas, pero sí significa que debemos organizarnos alrededor del riesgo que permanentemente representa. Debemos entender que sólo con fuerza, energía y voluntad, pero, sobre todo, claridad de objetivos, será posible derrotar a los enemigos de la libertad.

El primer paso es dar el paso y eso requiere de alineación y de la construcción de un gran espacio de encuentro, contra el socialismo y el comunismo, pero también contra el crimen internacional y sus socios, asumiendo que sólo así, podremos ser una opción viable de poder, una plataforma exitosa de lucha contra la izquierda y, sobre todo, una luz que guíe nuestros pasos hacia lo que realmente funciona: la libertad.

No los sigamos subestimando.