Con Draghi nos encontramos ante un escenario de tecnocracia transnacional que gestionará los recursos del país como si sus componentes fueran los jefes de una banda de mercenarios.

Aconsejo a mis amigos españoles, y en cierto sentido a toda la Eurozona, a que observen con atención lo que está pasando en Italia con la formación de un gobierno liderado por Mario Draghi. Y es que algún día podría pasarle a ellos. No solo se trata del desembarco del expresidente del BCE. También se apela a la figura de un tecnócrata, sin pasar por las urnas, para que se ponga a la cabeza de un gobierno que reúne a todos o casi todos los partidos, desde la “extrema” derecha a la “extrema izquierda”, como si en España el mismo ejecutivo estuviera apoyado a un tiempo por Vox, PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos, y cada formación tuviera sus propios representantes como ministros. No es solo un gobierno “técnico”; es un gobierno en el que la tecnocracia somete a la política. Y no solo es una monstruosidad, sino un experimento que la tecnoburocracia de la UE, con el respaldo de la nueva administración norteamericana, podría exportar a todos aquellos países donde las decisiones del electorado no coincidieran con el diseño de las tecnoestructuras de la UE y de Alemania.

Aunque el gobierno Draghi no dure mucho, representa un punto de inflexión cabal e inmediato, un cambio de etapa como de hecho lo fueron todos los gobiernos técnicos que lo precedieron. Su novedad radica en que es un híbrido, una suerte de bestia mitad técnica, mitad política, lo que constituye una bofetada a la autonomía de la política (y de paso al significado de la democracia), mucho más fuerte de lo que fue el gobierno de Monti.

Los gobiernos de Monti o los gobiernos técnicos previos podrían considerarse un paréntesis que permitió que la política “se regenerara” -aunque esto resulte dudoso. Con el gobierno Draghi, tenemos el primer caso de pleno sometimiento de la política a la tecnocracia.

Draghi, Mattarella y sus técnicos se sitúan en las altas esferas, las que controlan los recursos y las relaciones con la UE. También rebasan el ámbito de la justicia, porque ésta se considera accesoria con respecto al éxito de la Recuperación, de la salud (Roberto Speranza, ministro de Sanidad, es más de Mattarella, presidente de la República italiana, que de LeU [grupo parlamentario de izquierda ‘Liberi e Uguali’]) así como del control de los procedimientos burocráticos para el cumplimiento de las restricciones anti-Covid (que corresponden a Luciana Lamorgese, ministra de Interior). En este sentido, el gobierno Draghi constituye un primer ejemplo de síntesis entre tecnocracia, burocracia y ese conglomerado de intereses que hemos denominado sanitocracia. Lo más probable es que la intención fuera colocar también a un técnico en el ámbito de Sanidad y de Interior, pero torpedear a Speranza y Lamorgese hubiera dado la impresión de una ruptura de la continuidad que creemos que Draghi querrá mantener con el segundo gobierno Conte, también en las políticas del Covid.

En las esferas inferiores está la política: ministerios de segundo orden -o debilitados al tener que someterse siempre a las altas esferas de los ministerios económicos- en manos de políticos profesionales, a quienes se les permitirá pelearse en el Consejo de ministros, para señalarlos a la opinión pública como los que obstaculizan la “salvación del país”. Es interesante recalcar la degradación de la Farnesina (como se conoce al Ministerio de Asuntos Exteriores), con la transferencia de las relaciones exteriores a manos del Primer Ministro (y del Presidente de República).

Por lo esencial, se trata del primer gobierno italiano en el que la soberanía de Italia ha sido totalmente expropiada. El hecho de reunir a casi todos los partidos para sostener al ejecutivo sirve sobre todo para disimular la naturaleza de un gobierno cuyos centros de mando y decisión, aunque se encuentran formalmente en Roma, miran hacia el horizonte europeo, que es alemán, y norteamericano (del Partido Demócrata  pero también del mundo republicano “centrista” y anti trumpiano).

En este sentido, se distingue del gobierno de Monti, que seguía siendo representante del pueblo aunque Napolitano, mediante un procedimiento cuestionable, lo nombrara senador vitalicio. Ciampi y Dini tampoco eran parlamentarios, pero el gobernador del Banco de Italia era por entonces una garantía para la nación, y Dini fue el ministro de un gobierno legitimado por el voto de los electores. Con Draghi, sin embargo, ya no hay ningún vínculo con la representación nacional. Lo cierto es que podríamos llamarlo un extranjero: hablar en alemán a los parlamentarios SVP (Partido Popular del Tirol del Sur) y no presentar sus respetos a la bandera no parecen lapsus o errores, sino mensajes lanzados con intención.

Incluso la comparación con el Plan Marshall, más allá de los contextos totalmente diferentes y del hecho de que el primero no requirió una sumisión tan estricta como el segundo, no es una comparación seria. Entonces el Plan lo gestionó un gobierno legitimado por el voto (y no por los norteamericanos, como afirmó la propaganda comunista durante mucho tiempo). En cambio, con Draghi nos encontramos ante un escenario de tecnocracia transnacional que gestionará los recursos del país como si sus componentes fueran los jefes de una banda de mercenarios.

Y los gestionarán para implementar una transformación radical del panorama social y, en consecuencia, político del país, y llevarlo así a una transferencia de soberanía (como anticipó el propio presidente del Consejo). Con el gobierno Draghi entramos en lo que numerosos especialistas denominan post-democracia.Italia vuelve a ser, como ha sucedido varias veces en la historia, un laboratorio de fórmulas que acabarán exportadas a otros países del continente.

Artículo original en el siguiente enlace.

20210226-Il-governo-Draghi-un-esperimento-pericoloso-ok