La imagen del Papa Francisco celebrando misa sobre las ruinas de Mosul representa una victoria civilizatoria en tiempos de zozobra.

Junio de 2014. Los efectos de las fallidas primaveras árabes se sienten en todo Oriente, pero es en Irak -otra vez Irak- donde Abu Bakr al Bagdadi alza la voz y proclama el estado islámico desde la mezquita de Al Nuri. Los ciudadanos de Mosul asisten al comienzo del violento califato que promete tomar Roma y recuperar Al Andalus dentro de Dar al Islam.

Marzo de 2021. El Papa Francisco aterriza en Mosul y visita las ruinas de la ciudad. Con la cruz a cuestas, en presencia de las pocas familias cristianas que han sobrevivido al martirio por el islamismo, el Pontífice pide a los cerca de 120.000 cristianos expulsados que regresen a su tierra y colaboren en la reconstrucción del país.

Los cristianos han sido masacrados de forma sistemática en Oriente Medio. Un genocidio que ha contado con la irresponsabilidad de las grandes potencias occidentales que, por acción u omisión, han permitido que miles de personas sean asesinadas por su condición de cristianos en nombre de Alá. 

Por eso la presencia del Papa Francisco en Mosul, y no tanto sus palabras, representa una victoria civilizatoria frente a la barbarie en tiempos de zozobra espiritual. En un momento en el que el simbolismo y las raíces están en cuestión, la cruz se abre paso en el proceso de reconstrucción occidental.

Las palabras laxas del Papa Francisco sobre la amenaza islamista, tanto en Oriente como en Occidente, no deben opacar el poder simbólico de la imagen de la cruz en Mosul y su representatividad. Porque en los momentos más oscuros del califato, cuando el islamismo cortaba cabezas y volaba por los aíres ciudades históricas como Palmira (Siria), los pocos cristianos que sobrevivían reconstruían sus casas utilizando los escombros para levantar nuevas cruces.

Europa no ha aprendido nada de lo ocurrido en Siria o Irak. Ni siquiera de los atentados terroristas de Bataclán, Manchester y Barcelona. O del asesinato del profesor Samuel Paty hace apenas unos meses. Los dirigentes europeos y buena parte de la sociedad continúan con una venda sobre los ojos, sin querer contemplar la realidad que tienen delante y denunciando a los que rechazan guardar silencio mientras contemplan como el viejo continente se acerca al precipicio.

Europa tiene la responsabilidad de volver a la cruz como base de nuestra cultura común. No tanto como una cuestión de fe -allá cada uno con sus creencias- sino como un primer paso para fortalecer los pilares sobre los que se asientan los principios civilizatorios de todo el continente. Respetar los símbolos, reforzar nuestra identidad y preservar nuestras raíces.

Reconstruir Notre Dame y, con ello, reconstruir Europa. Volver la vista hacia el otro lado del Atlántico, hacia los países de la Iberosfera, y tomar ejemplo de una tierra que, pese a las grandes dificultades que enfrenta, no ha olvidado de dónde viene y por dónde pasa su futuro.

Y aquí es donde España tiene el trascendental reto de servir una vez más de puente, de puerta abierta para dos mundos que, separados por miles de kilómetros, están condenados a entenderse y defenderse frente al enemigo común.