Por regla general, la izquierda europea está a favor de la inmigración, pero hay algunas claves que sugieren que esta postura podría cambiar en el futuro.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la abrumadora mayoría de la izquierda ha considerado que la libre circulación de mano de obra y la inmigración son la mejor manera de poner en jaque a los intereses corporativos. En palabras del escritor progresista David Adler (en cuyo artículo, “Meet Europe’s Left Nationalists” (“Conoce a los nacionalistas de izquierda europeos”), me he basado para este artículo), estos “aceleraron el ritmo de la historia y agudizaron las contradicciones del capitalismo”.

Así fue como la izquierda ayudó a construir la Unión Europea y aprobó más tarde el Acuerdo de Schengen de 1985 (que prácticamente eliminó las fronteras internas entre 26 países europeos con una población de más de 400 millones). También dio la bienvenida con entusiasmo a ciudadanos no europeos, un enfoque que culminó en 2015-2016 con Angela Merkel -una izquierdista disfrazada de conservadora- acogiendo a más de un millón de emigrantes, en su mayoría de Oriente Medio, que fueron recibidos en Alemania por lo que se llamó Willkommenskultur, o cultura acogedora.

Esa afluencia masiva, y en particular los islamistas que entraron en aquel momento, provocaron una reacción violenta en los trabajadores, la base histórica de la izquierda. Se sintieron abandonados y empezaron a inclinarse por partidos anti-inmigración y anti-islamización, marginales hasta entonces y que yo denomino partidos civilizacionistas. Estas organizaciones, con su combinación de generosas prestaciones sociales y controles fronterizos férreos, están ganando terreno en toda Europa hasta el punto de que han llegado a ejercer el poder en cinco gobiernos, los de Polonia, Chequia, Hungría, Austria e Italia.  

Los izquierdistas son cada vez más conscientes que ser elegidos significa emprender lo que Adler llama un “cambio trascendental” tanto en el mercado laboral único europeo como en la inmigración procedente de fuera de Europa. De hecho, descubrieron no hace mucho tiempo que este doblete “fomenta la explotación, erosiona a la comunidad y pone en peligro la soberanía popular”. Los nacionalistas de izquierda critican la libre circulación de trabajadores por varias razones: económica (desempleo, salarios más bajos), cultural (debilitamiento de la solidaridad, xenofobia) y política (un proyecto de élite no respaldado por las masas).

En un giro sorprendente, ahora se considera que las fronteras abiertas dañan los intereses de la clase trabajadora, mientras que los estrictos controles fronterizos garantizan los derechos de los trabajadores. La nación, considerada durante mucho tiempo como un proyecto burgués, se ha convertido para los trabajadores en un escudo contra los peligros de la globalización. En consonancia con este espíritu, los principales izquierdistas de los tres países más grandes e influyentes de Europa piden limitar la libre circulación de trabajadores:

Reino Unido: Jeremy Corbyn, antiguo líder del Partido Laborista, primer ministro en la sombra y con una ideología de extrema izquierda, afirma que “el trabajo no está ligado a la libertad de movimiento de los ciudadanos de la UE como una cuestión de principio” y pide una “gestión razonable” de la inmigración post Brexit, basada en las necesidades económicas del Reino Unido. Su compañera Diane Abbott lo dice de una manera más llana: “Una auténtica seguridad en las fronteras… eso es lo que representa el Laborismo”.

Francia: Jean-Luc Mélenchon, líder de La France Insoumise (Francia Insumisa), un partido populista, y figura destacada de la izquierda, denuncia a empleados temporales de otros países de la Unión Europea que vienen a “robar el pan” de los empleados franceses. Se deshace en elogios a la bandera francesa y al himno nacional (bastante más que a sus equivalentes socialistas) como “símbolos revolucionarios”, lo que supone un cambio vertiginoso.

Alemania: Sahra Wagenknecht, co-líder del partido Die Linke (La Izquierda), se pronunció en contra de la acogida de más de un millón de inmigrantes en 2015-16, en contra de las fronteras abiertas y en contra de otorgar a los inmigrantes acceso ilimitado al mercado de trabajo alemán. Fundó una organización (Aufstehen o En pie) para promover esas ideas y ha tocado la fibra de la opinión pública alemana: más de uno de cada tres alemanes está a favor de sus ideas, muy claras.

Ahora bien, Dinamarca es el país que se lleva la palma. Su Partido Socialdemócrata ofrece el ejemplo más crudo de las pulsiones anti-inmigración de la izquierda. Su líder, Mette Frederiksen, se presentó en 2019 con una plataforma que afirmaba que “el precio de la globalización no regulada, la inmigración masiva y la libre circulación de trabajadores lo pagan las clases bajas”. Su partido pidió que se pusiera un límite al número de “inmigrantes no occidentales”, que los inmigrantes ilegales fueran expulsados al norte de África y que los inmigrantes tuvieran que trabajar 37 horas a la semana. Los socialdemócratas también votaron a favor de una ley que permite despojar a los refugiados de sus joyas, así como prohibir el burka y el nicab. Desde que llegó al poder en 2019, Frederiksen ha ido cumpliendo sus promesas. En particular, Dinamarca aceptó apenas 1.547 solicitantes de asilo en 2020 y ha anunciado que en 2021, el objetivo es admitir cero solicitantes de asilo. El 9 de marzo, el parlamento danés aprobó por abrumadora mayoría una nueva ley que prohíbe a los gobiernos extranjeros financiar mezquitas en el país. 

Por supuesto, la versión nacionalista del socialismo no es una idea nueva. Se remonta a Benito Mussolini en Italia, que respondió a las pasiones que desencadenó la Primera Guerra Mundial con una ideología que llamó fascismo. De forma aún más obvia, Adolf Hitler llevó al Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes, o partido nazi, al poder absoluto. Cuando estos monstruos salen a relucir, la tendencia actual se enfrenta a duras críticas. Por ejemplo, Matt Qvortrup de la Universidad de Coventry. condena la fusión de Wagenknecht de políticas anti-inmigración con economía populista y la tacha de “mezcla peligrosa”.

Por el contrario, le parece bien la nueva fórmula del nacionalismo de izquierda: Europa, América y Oceanía necesitan que la derecha y la izquierda cooperen para limitar la inmigración masiva no occidental que amenaza con aplastar e incluso eliminar la civilización occidental.

Daniel Pipes (DanielPipes.org, @DanielPipes) es presidente del Middle East Forum.

Artículo original en el siguiente enlace.

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