La Europa de las naciones, en cambio, se atiene a los valores europeos comunes (basados en sus raíces cristianas) y al tiempo destaca las particularidades de cada nación. Sólo redescubriendo la centralidad de las naciones y promoviendo un proyecto confederal podrá Europa redescubrir esa centralidad como civilización, una noción que ha perdido hace mucho tiempo.

Las distorsiones que está provocando la pandemia están afectando profundamente a nuestra sociedad. Además, no se limitan a consecuencias sanitarias o socioeconómicas. Son también políticas, y ponen de manifiesto el fracaso de modelos considerados consolidados y el regreso a la centralidad de entidades consideradas obsoletas o pertenecientes al pasado.

El primer elemento para tener en cuenta es el fracaso de la globalización. El coronavirus no ha supuesto el fin de la globalización, pero ha puesto de relieve las limitaciones del modelo globalista que ha permitido que un virus que apareció en China se extendiera por el mundo en pocas semanas. En este sentido, un modelo de sociedad interconectada y sin fronteras ha propiciado la propagación del virus a una velocidad impensable hasta hace unos años, impidiendo además que se tomaran las precauciones necesarias y adecuadas.

El cierre de las fronteras nacionales no habría evitado la propagación de la infección, pero habría limitado su circulación y habría dado tiempo a los países para organizar por su cuenta sus propios sistemas de salud. En numerosos Estados europeos, el cierre de las fronteras se produjo demasiado tarde, cuando la situación ya estaba fuera de control. Y esto sucedió debido a una mentalidad muy extendida entre los gobiernos europeos, según la cual podemos prescindir de la existencia de fronteras en una sociedad cada vez más líquida.

Superar (con el objetivo de eliminar) las fronteras es uno de los principales objetivos de la filosofía globalista y es el rumbo que ha tomado la Unión Europea. Más aún, el concepto de libre circulación en el interior del espacio comunitario, mediante la aplicación del concepto de “sociedad abierta”, no ha tardado en llegar a países no pertenecientes a la UE. Así se ha generado una ausencia de control en las fronteras, en particular en los países mediterráneos.

España, Italia y Grecia, han tenido que hacer frente en los últimos años a la llegada a sus costas de un número sin precedentes de personas (determinado también por los cambios de escenarios en el norte de África), y eso sin contar herramientas políticas adecuadas. De esta forma, defender las fronteras nacionales (pero también las europeas) se ha convertido en un gesto considerado reaccionario, cuando no “racista”, según una determinada mentalidad intelectual. Sin embargo, defender las fronteras nacionales no significa oponerse a priori a la inmigración, sino dejar bien clara la diferencia entre inmigración legal y aquella otra, irregular, que no respeta las leyes de cada nación.

Hay un aspecto aún más profundo en la negativa del mundo liberal a defender las fronteras. Es la deslegitimación del concepto de nación, algo que lleva un tiempo vigente pero que ha experimentado una repentina aceleración en los últimos años.

Hasta que un acontecimiento inesperado como el coronavirus ha hecho saltar por los aires todos los esquemas, y demostrando además no solo la importancia, sino la centralidad del concepto de nación así como los límites y las deficiencias de un modelo supranacional en la gestión de una emergencia. El caso de la vacuna es el ejemplo perfecto del fracaso de la Unión Europea. Mientras que en el resto del mundo el proceso de vacunación avanza con rapidez, en la UE faltan vacunas por retrasos debidos a la mala gestión comunitaria. Los gobiernos nacionales de la UE han dado un paso atrás cuando era imprescindible llegar a acuerdos con las compañías farmacéuticas en los que la UE fuera un único interlocutor. Los resultados son catastróficos: este sistema de negociación ha hecho que los gobiernos nacionales no se ocuparan de lo que está ocurriendo con los suministros, no desarrollaran una estrategia alternativa y, cuando la política de la Unión fracasó, se encontraran sin un plan B. Solo entonces, cuando ya era demasiado tarde, intentaron tomar medidas y buscaron acuerdos bilaterales con otros países fabricantes de vacunas (Hungría con la vacuna rusa Sputnik V, Austria suscribiendo un acuerdo de producción con Israel).

El fracaso de la campaña de vacunación es aún más vergonzoso si lo comparamos con lo que han hecho otros países al actuar de forma independiente. Estados Unidos, Inglaterra e Israel son los mejores ejemplos, pero el caso ruso también es sintomático. Además, es significativo el hecho de que, mientras los ciudadanos europeos estaban sin vacuna, millones de dosis producidas en Europa se exportaban al resto del mundo, una contradicción escandalosa cuando se supo que su fabricación había corrido a cargo de empresas farmacéuticas que no habían respetado los acuerdos de suministro firmados con la UE. El caso italiano es un buen ejemplo. A pesar de que Italia posee la primera industria farmacéutica de Europa y una de las más avanzadas del mundo, en lugar de invertir en la producción de su propia vacuna, ha preferido delegar el tema de la vacunación en Europa… con los resultados que todos conocemos.

Sin embargo, ya en las primeras semanas de la pandemia, quedó clara la importancia de la autosuficiencia nacional en el sector de la salud. La escasez de respiradores, de dispositivos de seguridad o de mascarillas estalló en todo su dramatismo, lo que ponía de manifiesto un fenómeno tan predecible como subestimado. Otro tanto se puede decir de la decisión de comprar a países que producían esos suministros, pero que dieron prioridad a sus propios ciudadanos. De esa forma, muchos países europeos que ya dependían en gran medida de las importaciones, se han visto obligados a actuar con sus propias fuerzas, al darse cuenta de que no son independientes en un sector estratégico como el de la salud. En lugar de aprender la lección y equiparse para ser autosuficientes, un año después estamos en la misma situación y seguimos intentando tomar medidas cuando ya es demasiado tarde. Ahora bien, la falta de programación por parte de los Estados europeos no se debe solo a una ineficacia política sino también a una visión ideológica encaminada a anular la identidad nacional, que por su parte ha demostrado ser de vital importancia.

Tenemos dos caminos por delante: uno que conducirá a la creación de los Estados Unidos de Europa y otro que nos llevará al nacimiento de una Europa de naciones. El primer camino lo defiende el establishment europeo actual. Se trata de una Europa concebida como una entidad política y económica, incluso antes de ser histórica y cultural, y no tiene en cuenta las identidades de los pueblos individuales. La Europa de las naciones, en cambio, se atiene a los valores europeos comunes (basados en sus raíces cristianas) y al tiempo destaca las particularidades de cada nación. Sólo redescubriendo la centralidad de las naciones y promoviendo un proyecto confederal podrá Europa redescubrir esa centralidad como civilización, una noción que ha perdido hace mucho tiempo.

Puede consultar el artículo original en el siguiente enlace.

20210331-Per-unEuropa-delle-nazioni