No es nuestra decisión estar en guerra, pero sí es nuestra decisión salir de ella y hacerlo desde la libertad que triunfa; hacerlo desde la victoria.

Es una expresión muy dura, ciertamente. Lo es, porque hablar de guerra, además de sus connotaciones e implicaciones, es la aceptación de lo que al final el chavismo ha sido por su naturaleza y por sus acciones durante mucho tiempo, incluso desde sus inicios, incluyendo la épica militarista que tanto le ha servido para alimentar su relato. Aceptar que el chavismo nos declaró la guerra no significa que fracasó la política o que es inútil para enfrentarlo. Todo lo contrario, es el diagnóstico preciso para definir una política correcta que permita su derrota y la liberación de Venezuela.

Muchos intentan simplificar el asunto como si hablar de guerra hoy, significase un despliegue militar tradicional como tanto la historia nos ha enseñado. En nuestro caso, es una guerra no convencional, hibrida, de muchos frentes abiertos, algunos casi imperceptibles, que a diario atentan contra los venezolanos y hace que sean vistos como los enemigos del régimen que, intencionalmente, hace todo a su alcance para que la gente tenga que huir, tenga que sufrir o simplemente tenga que someterse al control social diseñado de manera precisa.

El chavismo le declaró la guerra a los venezolanos de muchas formas y hace mucho tiempo. Así lo ha hecho desde el mismo momento que propició una crisis humanitaria sin precedentes en la región, fomentando la huida de millones de venezolanos que lo dejaron todo, sea mucho o poco, para poder sobrevivir. Lo ha hecho con cada venezolano que, en medio de esa crisis, ha padecido el hambre, la desesperación por no tener medicamentos y hasta ha muerto como consecuencia de una política sistemática e intencional de destrucción de un país para someterlo desde la miseria socialista. Lo ha hecho con cada preso político, cada torturado, cada perseguido por el simple hecho de decir lo que al régimen no le gusta, a través del arte, de la protesta o de las ideas. Todas esas víctimas tienen algo en común, como lo tenemos quienes enfrentamos a diario ese sistema: para el régimen, somos enemigos.

Los venezolanos no decidimos estar en guerra. Tampoco lo queríamos. Fue el chavismo el que nos llevó a esa situación, en medio de su odio hacia todo lo que significara libertad y democracia. Hoy, poco importa si se niega que estamos o no en guerra, porque, aunque se niegue, la realidad se encarga de demostrárnoslo a diario con cada acción del régimen, desde un apagón de días, falta de agua por semanas, hiperinflación galopante y así podríamos continuar. La pandemia, desde luego, lo ha exacerbado y lo ha dejado aún más en evidencia, porque al régimen no le interesa que los venezolanos mueran o que huyan. De algún modo les conviene, porque cada vez somos menos y mientras seamos menos, según su lógica, es más fácil controlarnos.

Por eso no quieren que haya vacunas, porque simplemente no nos quieren inmunes, sino vulnerables y expuestos no sólo al Covid-19, sino al propio virus que el chavismo representa, siendo mucho más peligroso y mortal. Por eso han contribuido a destruir el sistema de salud, a que colapsen los servicios públicos elementales, a que se saturen las clínicas privadas, a que no haya oxígeno suficiente; en definitiva, por eso han contribuido a que la muerte sea una rutina en la Venezuela de la miseria y del dolor.

Esa guerra, que también se traduce en un incesante bombardeo de propaganda y de mentiras, de manipulación y de intrigas, se refleja en la dimensión criminal del régimen, en sus relaciones con grupos irregulares, en su entrega deliberada del territorio nacional a guerrillas y grupos que tienen más control de las zonas que el propio régimen y que el régimen necesita para mantenerse, así como en sus relaciones con el crimen internacional y las mafias. La frontera y lo que ocurre hoy allí, en Apure, es la mejor muestra, mientras se utiliza a nuestro ejército para pelear en favor de grupos irregulares que al régimen le interesa, en lugar de defender nuestra soberanía, porque la han entregado conscientemente durante años. No les importa que cada seis horas muera un venezolano en esa área, a manos de grupos irregulares, como tampoco les importa la cantidad de torturados que existen y mucho menos les importa que el mundo los reconozca como criminales de lesa humanidad. Todas esas son expresiones de una incesante guerra contra Venezuela desde el régimen que la mantiene secuestrada.

La vocación del régimen, además de criminal, es expansionista. Por eso tampoco se contiene dentro de nuestras fronteras. Sus tentáculos han ido llegando a toda la región y más allá, así como los tentáculos cubanos castristas tomaron control sobre ellos, y por eso son participes de revueltas y procesos de desestabilización que buscan socavar las bases de las democracias liberales y de los gobiernos afines a la libertad, así como atentar contra Occidente. No es sólo ideología, es un proyecto de proporciones enormes que también es una declaración de guerra permanente contra todos.

Entenderlo así es lo único que permitirá su derrota definitiva. Venezuela no sufre una crisis democrática, sufre un conflicto. Venezuela no enfrenta políticos convencionales, sino criminales. Entender ese diagnóstico es clave para también reconocer el proceso en el que ese régimen criminal nos ha insertado: el de una guerra hibrida, no convencional, que no se detendrá hasta que se aborde correctamente como lo que es: una guerra. Allí, el más reciente mensaje de María Corina Machado es fundamental, pues se han cerrado muchos caminos y no son muchas las opciones. De hecho, quedan las más difíciles y costosas, pero son las únicas que quedan y hay que asumirlas. No se trata de mejorar las condiciones de cautiverio o de hacer más cómoda la jaula, como sugieren quienes dicen que la opción es adaptarse y rendirse. Se trata de reventar la jaula y eso sólo lo logrará quien asuma la naturaleza real de lo que enfrentamos.

Los venezolanos lo hemos intentado todo en dos décadas, desde el voto hasta las protestas. Seguimos haciendo todo a nuestro alcance, pero cada vez con más aprendizajes sobre lo que esperamos del liderazgo, sobre lo que estamos dispuestos a hacer y, sobre todo, lo que no se puede repetir ni hacer. Es por ello que el liderazgo, cuando se está en guerra, debe saber advertirlo con tiempo, debe asumir que la política es distinta, debe entender que, aún en guerra, tanto la política como la diplomacia no se detienen, pero que tienen otro enfoque y debe, sobre todo, asumir que quienes firman la paz son aquellos que están dispuestos a ir a la guerra.

Por eso, el liderazgo que asuma la liberación de Venezuela debe asumir no sólo esa naturaleza de guerra, sino que debe convencer al mundo, desde la narrativa y desde los compromisos, que estamos en una guerra declarada por el régimen contra nosotros. Pueden negarlo, pueden suponer que no es así, pero al final, cuando ya estás inmerso, toca aceptarlo, tarde o temprano por la fuerza innegable de los hechos.

No es nuestra decisión estar en guerra, pero sí es nuestra decisión salir de ella y hacerlo desde la libertad que triunfa; hacerlo desde la victoria.