Que cada comunidad cultural se encierre en sí misma y se obsesione con preservar su identidad frente a la del resto de españoles clausura, sin duda, la normal circulación de ideas por las venas que conectan nuestro país.

Es frecuente que muchas personas que no son de izquierda asuman acríticamente mantras de ella. Es lo que algunos venimos llamando, para el caso de España, PSOE state of mind. Ahora bien, quizá entre las más burdas de esas jaculatorias esté la que nos insiste en que señalar los problemas ligados a la inmigración equivale a criminalizar a los inmigrantes: idea tan absurda como lo sería afirmar que si abordas el problema del desempleo es porque deseas criminalizar a los trabajadores, o que si buscas remedio a la indisciplina en las aulas es porque ansías criminalizar a todos sus alumnos.

En realidad, claro, la verdad reside en la postura contraria: justo quienes se preocupan por los trabajadores investigarán cómo evitar su desempleo; justo quien quiera proteger a los alumnos de las gamberradas en el aula se afanará en combatir estas; y justo seremos aquellos a quienes más nos importen los inmigrantes los que más meditaremos sobre las dificultades que los acompañan.

En España, con todo, a ese state of mind alérgico a la reflexión profunda se une otro aprieto. Y es que somos un país de inmigración muy reciente. Todavía en 1998 el número de extranjeros en nuestro país apenas superaba los 600.000; menos de un 1,6 % del total de habitantes. Mientras, en países del resto de Europa como Francia, Alemania, el Reino Unido, los Países Bajos, Italia… llevaban ya tiempo lidiando con tasas de dos dígitos e, incluso, con la segunda o tercera generación de poblaciones inmigradas.

Esto provocó que cuando empezamos a recibir, enseguida, masas de extranjeros (solo 12 años más tarde, hacia 2010, su porcentaje había ascendido ya a un 12,2 %), el asunto nos pillara en cierto modo desprevenidos: poca había sido la reflexión aquí sobre inmigración o sobre multiculturalidad; pocos problemas se habían identificado de manera concienzuda; con lo que, naturalmente, también pocas soluciones sensatas se habían trabajado. Y esto no ha variado mucho desde entonces, a pesar de que hoy seamos el undécimo país del mundo con un mayor registro de inmigrantes (más de 6 millones en total).

Con todo y con eso, hay una figura intelectual a la que me gustaría reconocer aquí sus méritos durante aquella primera y ajetreada década inmigrante de nuestro siglo. Se trata del antropólogo donostiarra Mikel Azurmendi (1942). Dos libros suyos de por aquellos tiempos abordaron eficaces los retos migratorios tanto desde el punto de vista más práctico (Estampas del Ejido, 2001) como más teórico (Todos somos nosotros, 2003).

Pero no es a causa de tan apreciables obras que quisiera recordar a este profesor vasco aquí. Tampoco por su heroica labor en la lucha contra el terrorismo de ETA, grupo al que perteneció en sus primerísimos tiempos, y que abandonó apenas comenzó su reguero de sangre asesinada. (Un reciente documental de Jon Viar, Traidores, otorga a Azurmendi un papel destacado, así como a otro “traidor” de ETA, el padre del director; remito, pues, a tan excepcional audiovisual para profundizar en este aspecto). Si traigo a Mikel Azurmendi aquí ahora es por una frase suya cuando era presidente del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, allá por 2002, año II de la mayoría absoluta del Gobierno de Aznar. Frase que da título a este artículo que el lector tiene ahora entre manos, aunque Azurmendi la pronunciase sin interrogación alguna: “El multiculturalismo es la gangrena de la sociedad democrática” afirmó entonces ante la comisión dedicada a asuntos migratorios del Congreso de los Diputados.

Como era previsible, a pareja aseveración le siguió el habitual rasgado de vestiduras, petición de sales y sobreactuado escándalo de buena parte de nuestra izquierda patria. Excesos que solo indicaron una cosa: que probablemente ni uno solo de aquellos escandalizaditos habían entendido las palabras de Azurmendi. Como me temo, dicho sea de paso, que asimismo hoy, casi veinte años más tarde, muchos continuarán sin entender siquiera el título cuasi homónimo que hemos puesto a este texto. Y es que la escasa preparación entre ciertas élites españolas sobre asuntos migratorios, que mentábamos párrafos atrás, tiene este desgraciado corolario: a menudo ni siquiera se comprende su terminología más sencilla.

Mikel Azurmendi en una escena de Traidores (Joan Viar, 2020)

¿Cuál era el aserto terrible, el pecado nefando, que muchos creyeron entenderle a Azurmendi durante aquella intervención? Ni más ni menos coligieron que este buen hombre debía de haber dicho que cualquier diversidad cultural resultaba gangrenosa; que cualquier diferencia en lenguas (incluido el euskera, que el propio Azurmendi aprendió antes que el castellano), en bailes regionales, en gusto o disgusto ante la tortilla de patatas, cualquier divergencia cultural como que a mí me gusten los sanfermines y a ti el Lunes de Aguas, constituía un horror tan inmenso como la muerte de tejido corporal que denominamos gangrenado.

Pues son muchos los que entienden la palabra “multiculturalismo” así: como si fuera sinónima de la mera pluralidad cultural. Es lo que tiene intentar captar el significado de una palabra fijándose solo en su prefijo, sin leer nada del área en que surgió: los ya citados estudios sobre inmigraciones, diversidad cultural y democracia; frecuentes en todo Occidente desde hace al menos medio siglo, sí, pero en España aún un tanto bisoños.

Ahora bien, para decepción de los prontos al escándalo e inclinados a la ofensa fácil, lo cierto es que cuanto estaba haciendo Azurmendi era solo usar el término “multiculturalismo” de manera correcta; y “multiculturalismo” no equivale, ni mucho menos, a “diversidad cultural” (para la cual ya tendríamos, sin ir más lejos, la palabra “multiculturalidad”; de modo que poca necesidad habría de inventarse un -ismo que añadirle ahí). ¿Qué es ese multiculturalismo que Azurmendi reputaba, de modo seguramente atinado, como un peligro grave para nuestras democracias? Para captarlo, deberemos hacer un somero repaso por el pensamiento en torno a la inmigración que ha ocupado a buena parte de la academia occidental durante las últimas décadas. Y que el propio Azurmendi compendió excelente en su ya citado Todos somos nosotros.

Básicamente, quienes han tratado de modo serio este asunto se han esforzado por responder a una pregunta: ¿cuál es la mejor manera de gestionar la llegada a un país de miles o millones de individuos con culturas, formas de entender la vida, costumbres, creencias… muy diferentes entre sí? ¿Qué se debe hacer cuando en un país empezamos a tener gente que no desea trabajar, por motivos religiosos, en sábado; o exige que en el menú de un comedor escolar no aparezca el cerdo; o espera que las mujeres vistan siempre de una determinada forma, incluso dentro del agua de una piscina pública; o pide ser eximida de llevar casco en las motos, dado que su fe les obliga a portar siempre turbante? Todos estos son casos reales, y a menudo no los más conflictivos, del tipo de interrogantes a las que nos enfrentamos cuando en un mismo barrio, localidad o país cohabitan culturas dispares.

¿Cómo resolverlos? Entran entonces en liza diversas teorías con tal propósito (y, como teorías que son, portan todas ellas el sufijo -ismo en sus nombres): asimilacionismo, liberalismo, integracionismo… y también nuestro susodicho multiculturalismo.

Las tesis asimilacionistas, por ejemplo, defienden que los problemas entre diversas culturas se acabarán si terminamos también con tal diversidad cultural. Hagamos que todos los habitantes de un mismo país se asimilen a una misma cultura, religión, lengua… y diremos adiós a las dificultades que causaba el que tuvieran distinta cultura, religión, lengua… Digamos que se trata de una solución tajante: muerto el perro (de la diversidad cultural) se acabó la rabia (de los problemas entre culturas). Pero se trata también de una solución, hoy en día, dificultosa de implantar: ¿cómo conseguir, en una sociedad democrática, donde cada cual tiene derecho a elegir libremente su forma de vida, que todos se asimilen a la misma? ¿No resultaría imposible hacerlo sin atentar contra derechos (a la libertad religiosa, al libre desarrollo de la personalidad, a las libertades de expresión y reunión) de los que se enorgullece toda democracia?

Los teóricos liberales recogen estas preocupaciones recién reseñadas y proponen, por tanto, una teoría distinta. Para ellos es esencial, contra los asimilacionistas, que en un mismo país puedan coexistir diferentes culturas. ¿Surgirán conflictos entre ellas? Claro, pero entonces se acudirá a los citados Derechos Humanos para decidir quién debe salirse con la suya: ellos nos otorgarán la solución a toda tribulación. ¿Apoyan los Derechos Humanos a los sijes que desean conducir sus vespas sin casco, pues uno de los mandamientos que deben obedecer todos sus varones es vestir siempre un voluminoso turbante, o apoyan más bien a la Dirección General de Tráfico, que les exige, como a los demás, proteger sus cráneos? Los expertos en derechos se pondrán a debatir, sesudos, sobre estas cuestiones, partiendo siempre de la idea de que ninguna cultura (siempre que respete la libertad ajena) tiene más derecho a prosperar que las demás.

Y bien, junto a asimilacionismo o liberalismo (de las que solo hemos ofrecido alguna leve pincelada), otra teoría que pugna por dar la clave de cómo gestionar una sociedad con muchas culturas, es decir, cómo arreglárnoslas con la multiculturalidad, es nuestro ya viejo amigo, el multiculturalismo. Uno puede ser franco amigo de la multiculturalidad, por tanto, y en cambio detestar el multiculturalismo; al igual que uno puede amar la sociedad y rechazar el socialismo, o deleitarse con las impresiones pero aborrecer el impresionismo. ¿Cómo dice, pues, el multiculturalismo que debemos organizar la multiculturalidad?

Will Kymlicka I Wikimedia Commons

Los autores partidarios de esta idea (como Charles Taylor o Will Kymlicka, ambos canadienses) sugieren que lo mejor es que se asegure a los miembros de cada cultura minoritaria que las Administraciones públicas harán todo lo posible por preservarla. Es decir, se garantizará a cada individuo que pueda cumplir sin obstáculo todo aquello que su cultura le ordena (no realizar exámenes en sábado; no comer carne de cerdo en comedores públicos; disfrutar de un baño en la piscina sin necesidad de vestir bañador…). Se financiarán aquellas iniciativas que ayuden a preservar culturas que podrían estar amenazadas de extinción (lenguas minoritarias, por ejemplo, que deberán favorecerse en su enseñanza y exigencia de uso por encima de las más útiles y mayoritarias). Se evitará que las culturas se mezclen unas con otras (lo cual sería sencillo que desembocara en un triunfo final de las más fuertes): mejor que cada comunidad cultural viva lo más cerrada en sí misma, todo en aras de preservar sus costumbres, lengua, religión, características, etcétera. No pasa nada por ir un día a cenar en un restaurante indio u otro día almorzar en uno turco; pero lo ideal es que tus amistades y familia, no digamos ya tu cónyuge, te permitan preservar tu cultura de siempre, si es posible en un mismo barrio (los chinos en Chinatown, los musulmanes en el que les corresponda, los rumanos en el suyo).

Esta idea de comunidades obsesionadas con preservar su cultura, esta división en guetos de un país, esta renuncia a crear toda cultura común (incluida una “cultura de los Derechos Humanos”, como diría Eduardo Rabossi) es lo que se llama multiculturalismo; y es lo que Mikel Azurmendi, con buenos motivos, consideró y todavía considera una gangrena para la sociedad en que se implanta.

De hecho, multiculturalista era el Líbano de los años 70 en que, al final, cada comunidad religiosa así de estrictamente separada por sus obsesiones identitarias acabó guerreando contra el resto: nos lo narró Amin Maalouf en Identidades asesinas. Multiculturalistas han sido mucho tiempo también los Países Bajos, hasta que han empezado a verle las orejas a este lobo: nietos de inmigrantes que llegan a la escuela primaria sin conocimiento alguno de neerlandés, a la manera en que sus abuelos habían llegado al país ignorándolo (cuando sin embargo sus padres, de la generación segunda, sí habían logrado hablarlo cual nativos); grupos de alumnos que no se entremezclan en el patio, solo porque cada uno se expresa en una lengua ininteligible para el resto; holandeses que, en contra de la tradicional tolerancia de tal país, asesinan a otro por sus críticas al islam (piénsese en el caso de Mohammed Bouyeri, nacido en Ámsterdam pero de cultura marroquí, cuando apuñaló al cineasta Theo van Gogh en 2004 por su cortometraje Sumisión; aquello desencadenó una auténtica crisis de identidad en Holanda, que si algo ha tenido a gala como rasgo nacional característico ha sido su tolerancia ante ideas ajenas).

Y es que es fácil que salten las chispas dentro de un Estado-nación donde, de acuerdo con las tesis multiculturalistas, se deben “promover diferencias étnicas y culturales”, como explicó también Azurmendi en un artículo de ABC. Esa es la gangrena a la que se refirió él y nos referimos nosotros; no, desde luego, “que existan muchas culturas en el mundo ni tampoco que existan muchas en convivencia en un solo país” (ibídem).

Pues que en España podemos convivir cristianos y no cristianos, hablantes de gallego o de castellano, partidarios o detractores de la paella, es no solo posible, sino seguramente fuente de retos interesantes. Pero, en cambio, que cada comunidad cultural se encierre en sí misma y se obsesione con preservar su identidad frente a la del resto de españoles clausura, sin duda, la normal circulación de ideas por las venas que conectan nuestro país, mata el tejido común que hace de nuestra nación un organismo vivo. Y eso es justo lo que, si le ocurriera a un cuerpo humano, llamaríamos gangrena.