Así las cosas y raya para la suma podemos, a ojo de pájaro, concluir que, de los 155 constituyentes, es razonable pensar, al menos 80 de los elegidos avanzarán en la dirección del socialismo del siglo XXI (si consideramos a la mitad restante de los 26 independientes neutrales o de centroderecha).

Se dice, tras elecciones con una paupérrima votación de 41%, que ha nacido un Chile nuevo. Algunos crédulos de sectores variopintos, celebran la diversidad que muestra el mosaico de elegidos para redactar una nueva Constitución. Sólo el aplauso de Nicolás Maduro tiene alguna resonancia molesta en mentes atrapadas por la zona de confort que la Constitución del 80 y su modelo subsidiario brindaron durante décadas de prosperidad. Ese narcodictador que felicita a Chile por haber dejado atrás el neoliberalismo salvaje, sonríe como un payaso de la muerte cuando evalúa las elecciones de los constituyentes en Chile. Así, mientras la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la Población Venezolana (Encovi) muestra la verdadera cara del socialismo del siglo XXI- entre 2005 y 2019, los porcentajes correspondientes a la pobreza extrema aumentaron de 10,7% a 79,3% y casi 80% de los venezolanos no tienen los recursos necesarios para adquirir los alimentos básicos-, el modelo de la narcodictadura avanza inexorablemente en lo que fuera la joya de Latinoamérica. Para ponerlo en cifras, en la macrozona sur del país, el negocio del robo de la madera que realizan los narcoterroristas vinculados con las FARC, ELN y compañía venezolana aumentó desde USD$ 20 millones en 2018 a USD$ 67,8 millones en 2020. Por su parte, las usurpaciones de tierras crecieron un dramático 688% entre 2020 y 2021. Todos esos territorios quedan bajo el control de bandas de narcotraficantes que usan a las comunidades indígenas como escudos humanos para anular la presencia del Estado. Pero en la metrópoli, políticos, comunicadores, líderes de opinión y todo tipo de personajes de la esfera pública, siguen sin mirar al sur desde donde avanza Maduro sin resistencia.

Respecto a las elecciones vemos tres puntos de quiebre. El primero es entre la ciudadanía y los partidos políticos tradicionales. Cansados de tanta corrupción, de la impunidad, el descaro y la falta de respeto, el electorado optó por un alto número de candidatos independientes.

Otro punto de quiebre se observa entre la pequeña y mediana empresa y el gobierno. Los emprendedores le dieron la espalda a la derecha. Un millón y medio de electores no fue a votar y le dijo así, al gobierno, que sus medidas contra la pandemia han sido des- medidas. En pocas palabras, el mismo factor que destruyó a la izquierda en España, hundió al gobierno de derecha en Chile. Y digo al gobierno, porque ya no podemos hablar de una derecha como tal. Salvo el Partido Republicano y unos pocos parlamentarios de la coalición gobernante, la gran mayoría ha caído tanto en el discurso igualitarista, resentido, propio de la izquierda, como en las prácticas que avanzan el desmantelamiento institucional. Y sus electores respondieron. No fueron a votar, no les dieron el tercio necesario en la constituyente para consolidar el poder de veto y así fue como se perdieron 57 alcaldías. Además, en las primeras elecciones regionales de gobernadores de las 16 divisiones del país, solo 3 candidatos del sector obtuvieron el apoyo suficiente para no ir a segunda vuelta. De la desgracia a la ruina, pues usted imaginará las consecuencias que el nuevo mapa comunal tiene para las próximas elecciones presidenciales.

Pero aquí estamos hablando de ilusiones y esperanzas, no de ruinas y desgracias. Y es que nuestro objetivo no es lamentarnos sino remover las conciencias de quienes sólo reaccionan ligeramente ante la sonrisa del payaso de la muerte.

Entre ilusión y esperanza la diferencia es abismante, pues la primera carece de fundamento real mientras, la segunda, encuentra cimientos sólidos sobre los cuales proyectarse. Analicemos la composición de la Convención Constituyente para saber si es que las celebraciones de Maduro tienen algún fundamento o no son más que parte de sus afiebradas fantasías (siempre muy bien elucubradas para disfrazar de estupidez su inteligencia, de candidez su perfidia y de incapacidad su ejercicio del poder total).

La torta de la Constituyente se divide en 37 de derecha (pacto Vamos por Chile), 25 de centroizquierda (Apruebo ex Concertación), 28 ultraizquierda (Apruebo Dignidad, FA, PC, Frente regionalista Verde Social). Las cifras muestran que la ultraizquierda, de vocación es totalitaria, ha superado a la centroizquierda donde, como si fuera poco, habita un porcentaje importante de infiltrados que avanzan su izquierdización. Si la realidad fuera otra, los ilusos tendrían motivos para estar esperanzados, puesto que, repitiendo la experiencia histórica de 1964, en que la derecha apoyó a Eduardo Frei para evitar la elección de Allende, una unión de centroderecha sería factible. Eso no sucederá esta vez por la clara presencia de marxistas en la ex Concertación.

Pero avancemos el análisis pues la realidad es siempre más compleja. De los 17 cupos para pueblos indígenas, el 100% de los elegidos está de acuerdo con el diseño de un país plurinacional, que devuelva las tierras ancestrales, los derechos de agua y un largo etcétera que nos acerca a la nación indígena soñada por Chávez, Morales y Correa. Demás está agregar que al menos cuatro de los siete representantes mapuches tienen una relación cercana con el narcoterrorismo que celebra Maduro. En otras palabras, es altamente probable que el payaso de la muerte tenga su bancada personal que, seguramente, buscará imposibilitar cualquier acuerdo dentro de los cauces institucionales establecidos. Lo interesante es que sólo el 22,81% de quienes podían votar por los candidatos de pueblos originarios lo hizo. Esta es otra prueba más de la desconexión que sufren de la realidad quienes impulsaron los privilegios de unos chilenos por sobre los demás.

Finalmente, de los 48 independientes escogidos, 22 son de la Lista del Pueblo (también llamada Lista del Odio). Como bien lo sugiere su pseudónimo, sus integrantes se reúnen bajo el paraguas del resentimiento que, a las generaciones con mejor calidad de vida de la historia del país, les produce la desigualdad.

Así las cosas y raya para la suma podemos, a ojo de pájaro, concluir que, de los 155 constituyentes, es razonable pensar, al menos 80 de los elegidos avanzarán en la dirección del socialismo del siglo XXI (si consideramos a la mitad restante de los 26 independientes neutrales o de centroderecha).

Y ahora juzgue usted si estamos ante una ilusión o una esperanza cuando vemos a los adalides de la comodidad y la cobardía hablar de un futuro promisorio. En otras cifras y, sin sumar a ninguno de los infiltrados en la ex Concertación, el porcentaje de representación de la extrema izquierda, cercana al madurismo y simpatizante del socialismo del siglo XXI, alcanza el 51,6% de la convención. Esa es la triste realidad de un Chile que se despide sin despedida de la mejor época de su historia. Y digo “sin despedida” porque, al abstenerse de ir a la urnas, ni siquiera hicieron el duelo que en el futuro les sirva a su conciencia cuando enfrenten las consecuencias de las payasadas mortales de los tiranuelos de turno.  

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