Nos enfrentamos a una batalla cultural en defensa de la libertad que bien podría revestir aún más importancia que la batalla política.

Las recientes elecciones en Madrid y en el Reino Unido han premiado a los partidos conservadores y de centro derecha y han ahondado en la crisis de las fuerzas socialistas y populistas de izquierda, una crisis que parece haberse acelerado con el Covid 19.

El triunfo de Boris Johnson en el Reino Unido, un premio por la excelente campaña de vacunación y el buen comportamiento de la economía británica (a pesar de la pandemia), junto con el importante resultado del Partido Popular y de Vox en Madrid, son buena prueba de la voluntad de los ciudadanos de los países europeos de elegir partidos políticos que sitúen el concepto de libertad en el centro de su agenda.

En el último año y medio, la pandemia ha provocado un debate que pone en cuestión hasta dónde puede llegar el Estado para limitar la libertad de los ciudadanos con la finalidad de proteger la salud de estos. El límite entre las decisiones tomadas en nombre del bien colectivo y las opciones contrarias a los principios de libertad consagrados en las constituciones es muy difuso. ¿Hasta dónde puede llegar la autoridad pública a la hora de limitar los derechos de los ciudadanos aduciendo la defensa de la salud? ¿Cuál es el límite infranqueable en democracia? Estas cuestiones han dividido a políticos, constitucionalistas, periodistas y ciudadanos en dos grandes grupos. Por un lado, están quienes creen que son compatibles el derecho a la salud y el derecho al trabajo y a la libertad individual. Por el otro, están quienes (sin admitirlo explícitamente) consideran que las libertades son prescindibles a la hora de proteger la salud.

Asumiendo que la protección de la vida humana es un valor fundamental (un hecho que los conservadores subrayan en todos los ámbitos, desde el nacimiento hasta el final de la vida), el riesgo de aceptar limitaciones a otros derechos constitucionales y a nuestra libertad resulta sumamente peligroso. Se crea un precedente y en una democracia, no hay nada más peligroso que eso, precisamente. Hoy es una pandemia… quién sabe lo que llegará mañana.

En realidad, si ya hemos sido testigos de medidas como toques de queda, restricciones de movimiento o confinamientos, nada impide que vuelva a suceder algo parecido en el futuro. ¿Quién hubiera podido imaginar lo ocurrido con el coronavirus? Por eso es necesario estar atentos y hacer siempre hincapié en la importancia del concepto de libertad en la vida de todos nosotros. 

Los ciudadanos que han optado por votar a los conservadores en Reino Unido y en España (y esperamos que suceda lo mismo en los próximos meses en Italia, Francia o Alemania) han confiado en unas determinadas fuerzas políticas. Aquellas que en los últimos meses se han esforzado por proteger el trabajo de las personas más afectadas por la pandemia como comerciantes, restauradores, pequeños empresarios, propietarios de gimnasios. Y lo han hecho en contraposición al proyecto de confinamiento total.

Es evidente el deseo de volver a arrancar después de los meses más difíciles de pandemia, que por desgracia ha costado la vida a millones de personas en todo el mundo. Hoy en día, la mayoría de la población acepta de mala gana medidas con un carácter más disuasorio que realmente útil desde el punto de vista sanitario, como es el caso del toque de queda poco después de la hora de la cena.

La libertad es uno de los bienes más preciados del ser humano. Su conquista es el resultado del sacrificio de quienes nos precedieron. Quienes han vivido al otro lado del Telón de Acero en Europa del Este saben lo que significa vivir en una dictadura comunista, cuáles son las privaciones, los sacrificios y los límites que impone un régimen dictatorial. Hay quienes quisieran reproducir en las naciones europeas un modelo similar al que imperaba en la URSS, basado en un Estado centralizado fuerte capaz de imponer a sus ciudadanos una forma de comportarse y dictarles lo que pueden o no pueden hacer.

Los partidos políticos que mejor garanticen la salud de sus ciudadanos invirtiendo en sanidad, pero que defiendan también con energía los principios de la libertad individual y la libertad para trabajar -algo que a día de hoy ya no resulta tan obvio para mucha gente- serán los que conseguirán un apoyo cada vez más amplio. Nos enfrentamos a una batalla cultural en defensa de la libertad que bien podría revestir aún más importancia que la batalla política.

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