¿Podrá la derecha aprender de la micropolítica a cartografiar, clasificar y escenificar el desencanto de la ciudadanía?

El pasado 3 de mayo y en relación a los violentos ataques que está produciendo la izquierda terrorista en Colombia, el ex presidente Álvaro Uribe escribió un mensaje en su cuenta de Twitter:

  1. Fortalecer FFAA, debilitadas al igualarlas con terroristas,La Habana y JEP. Y con narrativa para anular su accionar legítimo;
  2. Reconocer: Terrorismo más grande de lo imaginado;
  3. Acelerar lo social;
  4. Resistir Revolución Molecular Disipada: impide normalidad, escala y copa

En su mensaje Uribe daba cuenta de la teoría plasmada hace cuatro décadas por el psicoanalista y filósofo francés Felix Guattari, militante de izquierda setentista, hoy de regreso en su versión “tendencias vintage”, que defendió en aquellos años las causas de los movimientos antisistema hispanoamericanos y de medio oriente. Creador de otras teorías como el esquizoanálisis y la ecosofía, para Guattari la revolución no se jugaba únicamente en el ámbito del discurso político abierto o “molar”, sino en un plano mucho más molecular, que atañe a las mutaciones del deseo y a su reproducción en miles de singularidades revolucionarias. Es decir en las mínimas unidades sociales convertidas en “máquinas deseantes” y “máquinas de guerra” que pueden instrumentar la destrucción de los actuales sistemas sociales. Para este objetivo agregaba una pieza clave: el caos y el cese del flujo de normalidad.

La labor seminal de Guattari, a la que hace alusión Uribe, es La Revolución Molecular, texto en el que sostiene que la lucha contra el capitalismo no reside en la oposición tradicional sino en la creación de una multitud de líneas de fuga y de auténticos sistemas de vida alternativos que detonen las relaciones dominantes heterocentradas y el familiarismo burgués. Se trata de una especie de guía universal de lucha social que se lograría a través de la “micropolítica del deseo” que intervenga en todo: sensibilidades, tensiones, deseos y frustraciones, que construyan múltiples oposiciones a los institucionalizados imaginarios sociales.

El trabajo de los intelectuales deconstructivistas fue una bocanada de oxígeno que venía a profundizar y aggiornar las perimidas páginas marxistas, que ya no servían como marco teórico a la izquierda frente a la decadencia del comunismo mundial. Ni Marx ni Engels servían para comprender nuevos modelos sociopolíticos, mucha agua había pasado bajo el puente. De suerte tal que Guatatri y su fiel compañero Gilles Deleuze venían a ser unos nuevos Marx y Engels, deconstruidos y psicoanalizados.

Si bien es cierto que en los últimos años mucho se ha vuelto sobre los mandamientos gramscianos respecto de marxismo cultural y la penetración de sus preceptos en la educación, la cultura, etc, también es verdad que el italiano era una mente adelantada para su tiempo pero vieja para explicar las multicausalidades de los 70 y 80, y de nuevo, como Marx y como Engels, se habían perdido el convulso y diverso Siglo XX como para entender sus dispositivos institucionales y poder analizarlos.

Para cuando el análisis político del amplio espectro que está a la derecha de la izquierda se acordó de Gramsci y pensó que había descubierto la pólvora, el aparato educativo occidental desde el preescolar hasta las titulaciones de posgrado eran una máquina de fotocopiar revolucionarios de cotillón. Esos pichones de anticapitalistas con Netflix y club de millas, salieron al mundo: a los empleos más precarios y a los mandos medios y altos de las empresas, a los teatros y a las editoriales, a los medios de comunicación y a las academias de formación de periodistas, un ejército adoctrinado dispuesto a replicar lo que habían aprendido en cada ámbito social. Así pasaron varias generaciones.

Pero si bien el eficaz paradigama gramsciano ponía un filtro socialista en la cultura capitalista, también es cierto que lo hacía dentro del marco institucional “capitalista/patriarcal/heteronormativo”, eran hippies con tarjeta de crédito, faltaba una vuelta de tuerca. Otro tipo de revolución ya se estaba gestando en el mundo, ahora de forma hiperconectada, polisemántica y (la palabra clave) molecular.

El dúo Deleuze – Guattari, señaló, con el diario del lunes (cosa que no tenían ni Marx ni Engels ni Gramsci) una serie de premisas acerca de las formas de subvertir el poder, una “nueva política revolucionaria” que, lejos de la política presencial y agonal plasmada en partidos, gobiernos o instituciones, debía organizarse a través de la acción nómade y virtual, más cercana a la concepción de guerrilla. La característica determinante de su propuesta era la prescindencia de la jerarquía. Ni líderes ni voceros, actores propios de los marcos jerárquicos. La jerarquía sería vista como un resabio patriarcal a combatir o, para ser más exactos, deconstruir.

Es evidente que se trataba de una apuesta a largo plazo, reptante y silente. Sin embargo, aciertan quienes hoy usan el instrumento académico de la revolución molecular para analizar los eventos que se concatenan y paralelizan en los conflictos políticos/insurreccionales actuales. Chile, Colombia, Ecuador, España, Francia y tantos otros ejemplos de demanda callejera diversa, con actores y detonantes también diversos pero con métodos similares, aupados en estéticas y empeños subyacentes. Nuevos microconflictos vinieron a reemplazar a los conflictos de clase, a los soberanos e incluso a los económicos.

La evolución de las crisis de los sistemas políticos y de representación han conseguido que la calle sea un topos para distintas expresiones de insurrección que ni responden ni abrevan a los partidos políticos sino a un manejo estratégico de subjetividades. Lo molecular se reconoce en esa autonomía acéfala que se imprime en movimientos veganos, feministas, lgtb, ecologistas, etc. Cierto es que hay caras visibles y que las mismas se insertan eventualmente en la institucionalidad política o mediática. Pero no es dable decir que esas figuras visibles “representan” a un todo ni siquiera a una parte de dichos movimientos. No todos los ecologistas responden a Greta Thunberg, por ejemplo.

La teoría de Revolución Molecular fue desarrollada a lo largo de compilaciones aparecidas en los años 70 y 80 donde se analiza una alianza interna probable entre las subjetividades consideradas minoritarias y las luchas proletarias cuando dice “un pueblo múltiple, un pueblo de mutantes, un pueblo de potencialidades que aparece y desaparece”. Es la naturaleza de esa alianza lo que podría explicar la base teórica de la nueva izquierda. En las pulsiones deseantes de minorías cada vez más pequeñas que trasladen su frustración y deseo a una victimización de corte militante. Los ejércitos de víctimas y ofendidos que de hecho determinan las agendas políticas, económicas y culturales parecen caer en este patrón. Luego, la asociación fraternal entre todos los desamparados de la Tierra se irá construyendo sola, por carriles inasibles.

Guattari no podría ni imaginar en los años 80, el nivel de interconexión, inmediatez y flujo de los mensajes de estas primeras décadas del Siglo XXI, de suerte tal que es impropio hablar de un plan maestro. Se trata más bien de una azarosa sucesión de eventos y tecnologías y en paralelo el hiperdesarrollo de una cultura infantilizada, temerosa y dependiente. La condición de “Molecular” tiene en la heterogeneidad su motor, de manera que la polifonía de subjetividades emergentes se ha de entender como una normalización de la diferencia, el reino de la atipia. Por tanto, los procesos que generan los movimientos sociales eventualmente producirán cambios en el status quo.

Para muestra basta un botón: fue muchísimo más fácil y rápido juntar cientos de miles de mujeres en marchas feministas en todo el planeta. Sin un único líder ni un único partido político convocando, sino más bien los partidos institucionalizados yendo detrás de los acontecimientos y tratando de acoplarse a las consignas como mejor podían. Las mujeres allí convocadas tampoco tenían que coincidir en todas las consignas y es posible que tuvieran más diferencias que coincidencias. Pero hubiera sido imposible para la izquierda institucional organizar o gerenciar dicho movimiento, que sin embargo derivó en pocos años en una influencia de dicho movimiento en la cultura mundial que no tiene parangón. La micropolítica molecular funciona mucho más que la macropolítica, son esas carambolas de la historia.

En el texto “El Anti-Edipo” Guattari elabora cuatro “tesis” sobre la micropolítica: En la primera de ellas, el deseo y sus múltiples procesos de producción tendrían una prioridad ontológica sobre las estructuras estables como el Capital, el Estado, la Familia o el Sujeto. La segunda tesis se preocupa por deslindar el inconsciente del grupo de pertenencia, dando por tierra las estructuras que ejercen el poder de mando de forma vertical y con esto se propone explorar los motivos por los que un individuo actúa en contra de sus propios intereses. La tercera de las tesis incide en la segregación del ámbito familiar. Según esta tesis, el núcleo familiar juega un papel fundamental en la reproducción del modo de producción capitalista: “el signo despótico recogido por papá, la territorialidad residual asumida por mamá, y el yo dividido, cortado, castrado”. La cuarta tesis, plantea la necesidad de distinguir lo anómalo, que el sistema no es capaz de identificar ni clasificar, “toda posición de deseo contra la opresión, por muy local y minúscula que sea, termina por cuestionar el conjunto del sistema capitalista, y contribuye a abrir en él una fuga”.

¿Por qué el sistema no se alerta respecto de la Revolución Molecular? La respuesta a este interrogante tal vez resida en que la alteración de los parámetros sociales no interfiere con las elites. Las luchas propias de la nueva izquierda tienen una posición mucho más acomodada en la medida en que son fácilmente asimilables dentro de los esquemas gobernantes. Para ponerlo claro, los planteos moleculares son mucho más digeribles si no cuestionan los modelos económicos extractivos y se contentan con la instalación del lenguaje inclusivo o el cupo trans en el sistema de empleo estatal. Las demandas de revolución molecular comenzaron demandando más intervención y control en lugar de más libertad. Win-win.

Ahora bien, ¿puede la derecha, además de denunciar los mecanismos de la revolución molecular, aggiornarse a las formas de la micropolítica y utilizar sus herramientas o será su destino el de seguir siempre por la senda de repudiar o replicar la agenda de la izquierda?. En el plano simbólico, pocas experiencias de la derecha han dado resultados. Gran parte del problema es que el mainstream cultural está seteado primero por el modelo gramsciano y luego por el de Guattari. Vale decir, la derecha siempre será “ultra algo” si su narrativa está controlada directa o indirectamente por los parámetros de esa penetración molecular.

Tal vez sea necesario asumir formas más audaces de oponerse al indisimulado objetivo, no ya de cambiar de régimen político, si no de sistema social. El discurso de oponerse a la agenda socialista tiene un límite, agota y urge presentar una narrativa luminosa que desplace los términos del relato político hacia escenarios que le resulten especialmente incómodos a la izquierda. La izquierda no se siente cómoda cuando se la confronta con su relación ambivalente con las tiranías, la izquierda presenta reacciones despóticas cuando se plebiscitan temas que considera zanjados por la corrección política. Y sin dudas en esos pliegues de la cultura cívica existen más subjetividades canalizables que en planteos rancios y que han probado ser poco seductores como la eficiencia de gestión o la institucionalidad jurídica.

El factor emocional tampoco es el fuerte de la derecha, de hecho corre el riesgo de caricaturizarse cuando se vuelve atávico o adanista. Justo es reconocerle a la izquierda que sabe capitalizar la movilización callejera y la indignación popular. ¿Podrá la derecha aprender de la micropolítica a cartografiar, clasificar y escenificar el desencanto de la ciudadanía?

Dice Guattari que “Conspirar quiere decir respirar juntos y es por eso que somos acusados…”. Por décadas Occidente financió la estructura educativa de quienes estaban determinados a demoler su propia civilización. Ahora ya no les alcanza con cambiar la correlación de fuerzas, sino que apuestan a demoler la correlación de valores. De ahí la importancia de entender cómo funciona la Revolución Molecular, esa detección y clasificación de conflictos con los que acudir ante los gobiernos para exigir que se visibilice, que se atienda tal demanda, no importa cuán ridícula, efímera, injusta o minoritaria sea. Luego exigir que se alcance un consenso que, de producirse, desencadenará nuevas movilizaciones de nuevos deseos moleculares y se saldrá a la calle para ejercer una nueva insurrección para volver a coercionar para un nuevo consenso. Es un loop porque la violencia y la crisis son maneras de gobernar la atipia. Se trata de un proceso sin fin que corre el arco cada vez que se patea el penal. Un proceso en donde respirar es conspirar.

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