Después de los horrores comunistas que siguieron a la derrota de Estados Unidos en Vietnam en 1975, el ala izquierdista perdió impulso.

Presenciamos disturbios callejeros y despidos de prestigiosos liberales de sus puestos de trabajo, así que deducimos que el Partido Demócrata de Estados Unidos está dando un volantazo a la izquierda. Ahora bien, resulta importante destacar que estos acontecimientos están estrechamente relacionados con otros ocurridos hace 50 años.

“Los años 60″ (que de hecho van de 1965 a 1975) fue una década de cambios gigantescos, de una rebelión contra la estabilidad, de crecimiento y (sí) de la autocomplacencia que caracterizó la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir la que va de 1945 a 1965. Ahora, los años 60 se suelen recordar sobre todo como una época de rebelión juvenil y de sexo, drogas y rock and roll. Los hippies universitarios en furgonetas Volkswagen decoradas con los símbolos de la paz representaban la vanguardia. Les siguieron estudiantes conformistas. Woodstock representó el cénit y el Altamont Free Concert (concierto de los Rolling Stones recordado por los graves hechos violentos y las tres muertes que allí se produjeron), el aspecto más abismal de aquel movimiento. El poeta británico Philip Larkin se refirió a este espíritu en un famoso poema. Los primeros versos rezaban: “Las relaciones sexuales comenzaron / En mil novecientos sesenta y tres / (un poco tarde para mí)”.

Pero no todo fue diversión. Los izquierdistas de la época adoptaron temas clásicos del marxismo-leninismo, se concentraron en los ataques al imperialismo e insistieron en que la riqueza occidental procedía del saqueo del resto del mundo. El sistema imperialista, con su voraz apetito por encontrar nuevos mercados en los que colocar sus excedentes industriales, se erigió como el mal absoluto de la humanidad. La Guerra de Vietnam representaba su voracidad a la perfección.

La etnia y la raza apenas importaban. Es cierto que fue la década de los derechos civiles, pero los izquierdistas no fueron los artífices de esa transformación. De algunas zonas del Sur profundo de Estados Unidos, surgió un consenso nacional de que los negros merecían alcanzar por fin ciudadanía plena.

Yo viví en primera persona esa supuesta revolución, sobre todo en mis años universitarios de 1967 a 1971. Como conservador en ciernes, crucé los “piquetes” para acceder al comedor universitario y asistir a las clases que mis padres habían pagado. Lamentablemente, no ser de izquierdas era de muy mal gusto. También parecía que la hegemonía izquierdista iba a salir de la universidad y prender en el resto de la sociedad.

Pues bien, no ocurrió así. Después de los horrores comunistas que siguieron a la derrota de Estados Unidos en Vietnam en 1975, el ala izquierdista perdió impulso. Peor aún, la Unión Soviética implosionó y China abandonó el maoísmo y abrazó un capitalismo patrocinado por el Estado. Vietnam se convirtió en una mini-China y Cuba se hundió sin remedio. Venezuela tampoco es un modelo a seguir.

Los progresistas se encastillaron en la “contracultura”. Aquellas viejas ideas no se extinguieron, pero se limitaron al sistema educativo. A posteriori, se puede decir que fue una inversión muy inteligente a largo plazo. Porque el renacimiento de la izquierda en toda regla ocurrido 50 años después es el resultado directo de generaciones incansablemente adoctrinadas por la izquierda.

Cuando las teorías económicas del marxismo-leninismo se vinieron abajo, las políticas de identidad tomaron su lugar. La cultura sustituyó a la economía. Marcuse y Gramsci reemplazaron a Marx y Lenin, y La tolerancia represiva -el ensayo de Herbert Marcuse- sustituyó a Das Kapital. La etnia a la lucha de clases. Los derechos de las personas trans sustituyeron a los derechos de los trabajadores. El privilegio blanco reemplazó a la burguesía. El racismo reemplazó al imperialismo. Las víctimas palestinas tomaron el lugar del paraíso cubano. Poner una rodilla en tierra, en vez de levantar el puño, pasó a ser el símbolo del poder negro. Los inmigrantes sustituyeron al Tercer Mundo. Los espacios seguros, al sexo. Los alimentos locales, a las drogas y los desfiles del orgullo gay, al rock and roll. En vez del Budismo, llegó el Islam.

La izquierda de entonces tenía sueños; hoy tiene pesadillas. Los izquierdistas de entonces se divertían; ahora sufren.

Ahora bien, todo esto también tiene un efecto considerable en “el mundo real”. Hace cincuenta años, los miembros del Partido Demócrata y los líderes sindicales se resistieron hace medio siglo a la moralina de la izquierda. Ahora, en cambio, se someten a ella. Las escuelas, los medios de comunicación y el arte toleraron entonces puntos de vista difícilmente imaginables en esta era de progresismo asfixiante. La secta Black Lives Matter, que no tolera la más mínima disidencia, personifica esta era del “Gran Despertar” de la llamada ‘cultura de la cancelación’ y ‘deplatforming’ (intento de boicotear a un grupo o individuo mediante su eliminación de las plataformas utilizadas para compartir información o ideas).

A pesar de todas sus diferencias, la izquierda de las dos épocas comparte una similitud fundamental en su anarquismo, su inocencia arrogante y su manera de tratar a los oponentes como enemigos a destruir (al estilo de Saul Alinsky, escritor y sociólogo comunitarista, jefe de filas ideológico de la izquierda radical norteamericana). El odio obsesivo a Nixon se transformó en odio a Trump. La observación de David Horowitz que afirma que “dentro de cada progresista hay un totalitario aullando por salir”, se aplica perfectamente a las dos épocas.

Y la derecha, como siempre, no entiende nada. Los jóvenes apoyan en masa a Bernie Sanders, que combina las promesas de gratuidad con la rabia contra el 1% (de los más ricos). Los conservadores no saben dar respuesta a conceptos como microagresiones o interseccionalidad. Se organizan manifestaciones callejeras con los hashtags #AbolishICE, mientras que #ProtectTheBorders no mueve a nadie. #ClimateChange hunde a #SecureTheGrid. #BlackLivesMatter triunfa sobre #StopRacialPreferences. ¿Qué es más cool, #MeToo o #AbolishTheAdministrativeState? La izquierda dice que “confía en las mujeres” cuando el que está siendo acusado es el candidato al Tribunal Supremo Brett Kavanaugh, pero cambia pronto a la declaración de “inocencia hasta que se demuestre la culpabilidad’ cuando quien está en el banquillo de los acusados es Joe Biden.

En Estados Unidos, la primera oleada de extrema izquierda preparó el camino a la segunda. Las décadas de arduo trabajo de cuadros entregados a esa misión han dado sus frutos.

La civilización occidental está en juego y la amenaza viene desde dentro. Ese movimiento profundamente arraigado hoy en día puede llegar a tomar el poder. Al fin y al cabo, lo está haciendo en gran parte de Europa.

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