Hay que tener siempre en mente los largos años vividos bajo el comunismo para comprender la defensa de la identidad nacional por encima de las imposiciones supranacionales.

En los últimos años, se ha producido en la Unión Europea una fractura entre las naciones de Europa Occidental y las de Europa Central y Oriental sobre un buen número de asuntos. Esto resulta especialmente patente en lo que se refiere a los países del Grupo de Visegrado, más en particular los gobiernos de Hungría y Polonia. Por orden cronológico, la última fractura se abrió al debatirse el plan de recuperación y la cuestión del Estado de derecho o el imperio de la ley.

El procedimiento contra Polonia iniciado en los últimos años, utilizando el artículo 7 que prevé sanciones contra los Estados miembros que, según la UE, no respetan el Estado de derecho, ha abierto un debate sobre la definición de este, con posiciones divergentes entre la Comisión y algunos países de Europa Occidental como Polonia y Hungría. Los gobiernos polaco y húngaro cuestionan la definición actual del Estado de derecho. Alegan que el concepto ha evolucionado en los últimos años y afirman que se ha producido una aplicación política y arbitraria del mismo. En realidad, el debate sobre el Estado de derecho es tan solo la punta del iceberg de una considerable diferencia en las posiciones respectivas, y no solo a escala nacional sino también en lo que concierne al futuro de Europa.

Empecemos por asentar un principio. Gran parte de las noticias que llegan a Europa Occidental sobre lo que está sucediendo en Hungría y Polonia no siempre se corresponde con la verdad y se suele presentar a los ciudadanos españoles, italianos y franceses desde una perspectiva distorsionada y parcial. Los prejuicios contra los países del Grupo de Visegrado no solo son reales sino que han aumentado en los últimos años. Además, no hay demasiado interés en comprender y analizar lo que está sucediendo en Europa Central.

A esto se suma una visión típicamente occidental, según la cual hay que evaluar al mundo entero siguiendo los parámetros de las democracias occidentales, dando por sentado que las reglas, costumbres y estructuras estatales que se aplican en nuestras latitudes son similares en todas partes. Sabemos cuáles han sido los resultados de este enfoque en política exterior. Es lo que ha sucedido desde Oriente Medio hasta el norte de África. De hecho, hemos llegado a creer que podemos compararnos con China basándonos en nuestros criterios, cuando estamos hablando de un país dirigido por un gobierno comunista y con una civilización milenaria caracterizada por una historia y unas tradiciones completamente distintas de las nuestras.

El mismo razonamiento, teniendo en cuenta las diferencias, se aplica a los países de Europa Central y Oriental. Como europeos, compartimos raíces comunes y un buen número de valores: el cristianismo y la antigüedad clásica han forjado nuestra forma de ser y nuestros hábitos y costumbres, pero al mismo tiempo la historia de cada pueblo o nación europea ha tomado un rumbo diferente que no se puede ignorar si se quiere entender lo que ocurre en el presente.

Equiparar la estructura estatal y democrática de los países de Europa Central y Oriental con la de las naciones occidentales sin tener en cuenta que polacos, húngaros, checos, eslovacos… han estado bajo el yugo de dictaduras comunistas durante décadas, significa negarse a entender los motivos de las decisiones de los gobiernos y la sensibilidad de los pueblos.

El renacimiento de un sentimiento cristiano, así como de las políticas cristianas en esos países surge precisamente como consecuencia de la represión religiosa a la que se vieron sometidos los pueblos de Europa Central y Oriental desde la posguerra hasta la caída del Muro de Berlín. Los gobiernos de Hungría y Polonia están poniendo en marcha numerosas políticas de apoyo a la familia y a la natalidad, como el proyecto de la agencia “Hungary Helps” que ayuda a los cristianos perseguidos en el mundo y lucha contra la cristianofobia. Una actividad de la que también habla Rodrigo Ballester, responsable del “Centro de Estudios Europeos” en el Mathias Corvinus Collegium (MCC) de Budapest, pero de origen español, conocedor por tanto de ambos lados de Europa: “Una parte de los medios y de las elites occidentales atacan los gobiernos de Hungría y Polonia por sus políticas y por ciertos prejuicios existentes contra estos dos países”. Y añade: “Hoy estamos viviendo un renacimiento de los valores cristianos, en particular en Hungría y en Polonia. Sin embargo, en la República Checa, la situación es distinta”.

Hay que tener siempre en mente los largos años vividos bajo el comunismo para comprender la defensa de la identidad nacional por encima de las imposiciones supranacionales. Polacos y húngaros saben lo que significa vivir en un régimen totalitario, donde la uniformidad y la aniquilación de la identidad propia están a la orden del día. Por eso estos pueblos consideran que la nación es una entidad que deben defender partiendo de su integridad territorial y sus fronteras. Por lo tanto, debemos entender desde esta perspectiva las políticas destinadas a combatir la inmigración ilegal y en pro de la regulación de los flujos migratorios.

Otro elemento interesante del mundo conservador húngaro y polaco es la importancia que concede a las fundaciones, los think tanks y las universidades. Ya hemos mencionado al MCC de Budapest dirigido por Balázs Orbán, autor del libro A magyar stratégiai gondolkodás egyszeregye (“Pensamiento estratégico húngaro”), pero también podríamos hablar del Centro de Derechos Fundamentales dirigido por Miklós Szánthó o del Instituto del Siglo XXI, de Maria Schmidt.

Conscientes de un contexto mediático y político internacional que no suele favorecerlas, las naciones de Europa Central se han embarcado en un proyecto no solo político sino también cultural, como explica Márton Békés, editor de la revista Kommentar, en su libro Kulturális hadviselés (“La guerra cultural”), en el que analiza la idea de la hegemonía cultural de Antonio Gramsci desde una perspectiva no izquierdista.

En los últimos años, el desarrollo de un conservadurismo autóctono ha ido acompañado de la difusión de ideas de pensadores como Roger Scruton, que goza de gran prestigio en Hungría, gracias también al trabajo de Ferenc Hörcher, profesor de la Universidad de Servicio Público de Budapest y que ha impartido numerosas conferencias y ha profundizado en el pensamiento de Scruton en sus escritos.

Esta importancia del mundo académico también se produce en Polonia en cuya capital se ha inaugurado el Collegium Intermarium, la nueva Universidad de los conservadores polacos. Algo muy diferente de la desbridada carrera hacia lo políticamente correcto que se da en las universidades de Europa occidental, donde cada vez resulta más difícil enseñar historia clásica y tradiciones europeas sin incurrir en censura, burlas o protestas.

El nombre de la Universidad se inspira en la teoría política del Intermarium que defiende la creación de una alianza de Europa Central y Oriental desde el Mar Negro hasta el Mar Báltico y el Adriático, con un proyecto geopolítico preciso que amplíe la visión del Grupo de Visegrado para abarcar el área de la “Iniciativa de los Tres Mares”, creada en 2016.

Promovido por el think tank católico “Ordo Iuris”, su “misión es construir una plataforma de cooperación académica entre los países de la región Intermarium” con el objetivo de restaurar la idea clásica de Universidad a través de la creación de una comunidad académica arraigada en la cultura y la tradición europeas.

Hoy en día, los países de Europa Central deberían representar un punto de partida relevante para los conservadores occidentales. No estamos proponiendo copiar un modelo político de naciones que, como hemos visto, tienen una historia diferente a la nuestra. En cambio, sí debemos tener en cuenta políticas y posiciones que parecen haber caído en el olvido en las naciones de Europa Occidental, cada vez más rendidas a lo políticamente correcto y con sociedades secularizadas donde impera el relativismo. Nos guste o no, el futuro de Europa también pasa por el Grupo de Visegrado que, con sus 64 millones de habitantes, representa un nodo estratégico al que deberíamos acercarnos sin prejuicios.

Pueden descargarse el artículo de Francesco Giubilei en el siguiente enlace.

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