La reivindicación “antirracista” impulsada por el movimiento Black Lives Matter marca la celebración de la Eurocopa de fútbol y traza una clara línea geográfica entre las naciones que participan en el torneo.

La muerte de George Floyd a manos de un policía norteamericano el 25 de mayo del pasado año desató una oleada de protestas, primero nacionales y después internacionales, contra el “racismo estructural” encabezadas por el movimiento Black Lives Matter.

El movimiento pronto se abrió paso en el mundo del deporte y las grandes figuras a nivel mundial, lideradas por Lebron James, popularizaron el gesto de arrodillarse al inicio de las competiciones deportivas como símbolo de protesta. En el mundo del fútbol, la Premier League impulsó la iniciativa y los equipos británicos los extendieron en las grandes competiciones continentales.

Los pocos deportistas que rechazaron participar en la protesta y permanecieron de pie, fueron señalados públicamente y perseguidos por sus compañeros. Una campaña de criminalización constante hacia los que creían, como millones de personas en todo el mundo, que ellos no tenían que pedir perdón por la muerte de Floyd.

Porque mientras las grandes estrellas clavaban la rodilla, las multinacionales lanzaban campañas en favor del BLM y las marcas publicitarias hacían el agosto con líneas de negocio antirracista, los grandes organismos internacionales, con la ONU a la cabeza, aplaudían la fiesta. Todo mientras los líderes del BLM se hacían millonarios.

El inicio de la Eurocopa ha estado marcado por la decisión de las diferentes selecciones y su disposición a arrodillarse, o no, al comienzo de cada partido. Una reivindicación que se ha convertido en asunto de estado en muchos países. En España incluso se organizó una movilización en redes sociales para pedir a los futbolistas que no se sumaran a la causa del BLM.

Como si de un retrato de la Europa actual se tratase, los primeros países en rechazar arrodillarse han sido Polonia y Hungría. Mientras desde el mundo anglosajón, con Inglaterra a la cabeza, trataban de movilizar al resto de participantes, los países del este del continente se negaban a asumir uno de los grandes dogmas de las élites mundiales: el hombre blanco es racista por el hecho de serlo.

La realidad es que el BLM no es más que una expresión, organizada y controlada por los grandes mandatarios internacionales, de las mismas políticas identitarias que han tomado el mundo de la política, la universidad y ahora el deporte.

Por eso sorprende que Francia haya decidido a última hora no sumarse a la protesta. El país europeo que más y mejor ha asumido las políticas identitarias, hasta el punto de tener que plantear Enmanuel Macron un plan para expulsarlas de las aulas, decidió a última hora no arrodillarse. Los capitanes de la selección gala han justificado su decisión amparándose en la ausencia de un “criterio único” de todos los participantes en el torneo, pero a nadie se le escapa lo trascendental de su cambio de criterio.

La politización del fútbol

Una de las grandes victorias de la izquierda durante las últimas décadas es convertir cualquier asunto, por pequeño e intrascendente que sea, en una cuestión política. De las reuniones de escaleras a las asociaciones de padres, de los clubs de barrio a los círculos de montaña, todas las instituciones están controladas por ciudadanos pertenecientes al mismo espectro político.

Una organización, de abajo hacia arriba, que facilita la implantación de cualquier tipo de política, por disparatada que esta sea, y la persecución de aquellos que disienten de los grandes dogmas. Dogmas convertidos en muchos casos en una cuestión de fe: o se está con ellos, o se respaldan sin cuestionar vértice alguno, o se decreta la muerte civil del disidente.

Del Black Lives Matter hemos pasado en esta Eurocopa a las protestas contra Viktor Orbán. Sin entrar a valorar la nueva legislación aprobada por el gobierno húngaro, sorprende la celeridad con la que todos se han puesto de acuerdo para atacar a Hungría. Cualquier causa, justa o injusta, es buena para reunir a los partidarios del consenso identitario.

Las banderas arcoíris que copaban las tribunas del Allianz Arena de Múnich, durante la disputada del encuentro entre Alemania y Hungría, bien podrían haber sido sustituidas por unas negras en defensa del Black Lives Matter y nadie en el estadio se habría preguntado los motivos. La cuestión no es el qué, sino el quién. Y ante eso no hay razonamiento posible.

Porque de tanto colectivizar -homosexuales, negros o mujeres-, la izquierda se ha colectivizado a sí misma hasta la caricatura. Y con ella las grandes instituciones internacionales y las principales multinacionales.

Un consenso silencioso

La politización de la sociedad tiene una serie de limitaciones geográficas y culturales que es pertinente abordar. Porque mientras las grandes multinacionales apoyan cualquier causa ideológica en Occidente, en Oriente miran hacia otro lado. Allí donde los homosexuales no gozan de ningún tipo de derecho, son perseguidos y en algunos casos asesinados por su orientación sexual, allí es donde el consenso guarda silencio.

En los últimos mundiales no hemos visto protestas contra Irán o Arabia Saudí por la persecución de los homosexuales o la discriminación de las mujeres. Las instituciones internacionales guardan silencio y las grandes multinacionales ocultan la bandera arcoíris en sus perfiles en redes sociales para esos países.

Ni siquiera la celebración del próximo mundial de futbol en Qatar, marcado por la corrupción y la muerte de 6.500 obreros obligados a trabajar en condiciones infrahumanas, ha hecho que el consenso levante la voz. Solo unos pocos futbolistas han denunciado la situación. El resto agacha la cabeza y permanece en silencio.

Un consenso silencioso. Una Europa arrodillada.

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