Por qué ciudadanos de derecha que incluso participaron en la reconstrucción de Chile tras el quiebre de 1973, ven en los militantes republicanos a personas extremas, más allá de la conveniencia que comporta tener alguien en que expiar las culpas de todo el sector.

En Chile, para los productores del show mediático y político, existe una “derecha extrema” que no promueve ningún tipo de dictadura, afirma la paz, la democracia y el derecho de cada individuo a realizar su tipo de vida. Frente a ella, a la izquierda de vocación totalitaria que legitima la violencia no se la muestra o reconoce como un extremo. Para dar un ejemplo, en nuestro país cuando aparecen en los medios de comunicación candidatos que buscan terminar con la libertad de expresión y destruir las clases medias aniquilando sus fuentes de ingresos, nadie los tilda de “extremos”. Tampoco si son antisemitas acérrimos. Sólo cuando se defiende a la familia, la libertad y la soberanía nacional. ¿Será maldad, militancia o ignorancia?

Es estrategia; un plan bien diseñado por la vanguardia gramsciana que tuerce el sentido común hacia una transvaloración, cuyo objetivo es desmontar el acuerdo tácito que los ciudadanos de un país tienen en torno a valores liberales como la tolerancia, la libertad de expresión, el derecho a la propiedad y la exigencia al Estado por seguridad. El proceso de transvaloración se nutre de palabras bonitas que resuenan en el imaginario, como dignidad, solidaridad y, por supuesto, igualdad. Es necesario destruir todo lo desigual, desmantelar cualquier pretensión de respeto a derechos individuales y hablar de un mundo digno, basado en aquella pobreza que nos hará más felices porque seremos más iguales. ¿Es ésta una conspiración a gran escala?

No, no se trata de conspiraciones en las que participan muchos malévolos capaces de etiquetar a quienes encarnan los valores morales de Occidente como “malos” y a los totalitarios como “buenos”. Basta un par de medios de comunicación, algunas empresas que arrojan resultados de encuestas sesgadas y varios intelectuales que hayan hecho un buen trabajo. Un ejemplo de ellos es Fernando Atria, cuyo rostro fue el telón de fondo del discurso de Gabriel Boric, candidato que ganó las primarias realizadas por el pacto de extrema izquierda este fin de semana.

Para que se avance en la transvaloración que es fundamento necesario del éxito del totalitarismo tampoco no se necesita a tantos intelectuales como Atria, sino muchos inocentones, preocupados, como decimos en buen chileno, de “matar su piojo” (de sus propios y mezquinos intereses). Ellos aplauden cualquier iniciativa que los ponga en la vereda de los buenos. De ahí que una transvaloración exitosa cuente con su beneplácito, aunque en lugar de la libertad de expresión se defienda la cultura de la cancelación, se avancen medidas expropiatorias que destruyen el mercado y, con él, las fuentes laborales de millones de personas y un largo etcétera de nuevas “valoraciones”, propias de esa vanguardia inmoral que se ha propuesto desmantelar la cultura de la familia, la democracia capitalista y la libertad. Así es como los inocentones terminan poniéndose el uniforme de los inmorales moralistas que necesitan un chivo expiatorio para insuflarse superioridad moral. El elegido en nuestro país es José Antonio Kast (JAK) a quien se le ponen todo tipo de etiquetas en un intento por bloquear el acceso de los ciudadanos al sentido común que entiende la importancia de la paz, el trabajo y la libertad.

Lo grave es que entre las filas de los adalides de la nueva moral- los mismos que no tiene problemas con la violación de derechos básicos como la defensa jurídica de la víctima y no del victimario o con la quema de Iglesias y ciudades, ni con el vejamen al que fueron expuestos miles de chilenos obligados a participar en juegos fascistas como “el que no baila no pasa”-, se encuentran personas de derecha. De ahí que, probablemente, en los tiempos por venir, aumenten las fisuras internas entre las cúpulas del poder político de los partidos tradicionales de ese sector y el único grupo que encarna la moral liberal organizado bajo el paraguas del Partido Republicano (PR), liderado por JAK. La pregunta es, por qué ciudadanos de derecha que incluso participaron en la reconstrucción de Chile tras el quiebre de 1973, ven en los militantes republicanos a personas extremas, más allá de la conveniencia que comporta tener alguien en que expiar las culpas de todo el sector.

La respuesta es Pinochet. No soportan que muchos miembros del PR aprueben un régimen en el que se violaron los DD.HH.. Para ellos, el que se haya evitado una guerra civil, dos guerras con otras naciones y la imposición de un régimen castrocomunista, no tiene relevancia alguna. En otras palabras, entender lo sucedido en su contexto -lo que no significa justificar los abusos y excesos, ni minimizar el sufrimiento de quienes los padecieron- no importa. Tampoco les interesa explicar lo sucedido, sino obtener la satisfacción moral de ser parte del grupo de los autoflagelantes que rasgan vestiduras frente a los mismos DD.HH. que, en el estallido, se violaban a diario por parte de grupos violentos, hoy, gracias a la transvaloración, héroes del proceso. Ni hablar del respeto a los DD.HH. en la macrozona sur donde los chilenos no conocen ningún tipo de protección del Estado frente al narcoterrorismo que ha destruido sus vidas. Es así como se construye el desfonde de la defensa de los DD.HH. y, con él, las condiciones para su violación. En otras palabras, cuando los DD.HH. son capital político sólo de una parte del grupo que habita una nación, mientras a los demás se les pueden violar sin ningún límite o pudor, no es de extrañar que suceda lo que Hannah Arendt describe en su obra Los Orígenes del Totalitarismo: “El mismo término de <> se convirtió para todos los implicados, víctimas, perseguidores y observadores, en prueba de un idealismo sin esperanza o hipocresía endeble y estúpida.” El mejor ejemplo lo encarnan quienes, a partir del estallido, dicen que triunfó “la ética de la empatía.”

Entre tanto, los mismos moralistas que contribuyen a la victoria de la izquierda totalitaria, esperan que JAK baje su candidatura para que triunfe Sebastián Sichel en las presidenciales de noviembre. Esta propuesta sólo pueden impulsarla quienes están ciegos ante los cambios más recientes generados por la revolución de octubre. Ellos no ven que el narcoterrorismo de inspiración madurista avanza sin contención. En la macrozona sur, sólo el último año, las usurpaciones de tierras aumentaron un 688%. Por su parte, el robo de madera incrementó las ganancias desde USD$ 20,0 millones en 2018 a USD$ 67,8 millones en 2020. En otras palabras, el narcoterrorismo, brazo armado del socialismo del siglo XXI, avanza sin diques de contención, hectárea por hectárea, produciendo la única desigualdad que debiera importarle a la derecha: la desigualdad ante la ley. Así se ha quebrado el fundamento de la paz y la prosperidad del país.

Como si fuera poco, en el plano institucional tenemos un parlamentarismo de facto, un sistema electoral que reparte cargos entre candidatos con escasa votación y una Constituyente en manos de la izquierda totalitaria. En este contexto el factor JAK no debe desaparecer del escenario, sino fortalecerse y consolidarse como la salida para un Chile capturado por la narcopolítica y por los adalides del poder total. Es en ese momento, “cuando las papas queman”, que los moralistas inmorales se cambian de vereda y, como lo han hecho innumerables veces antes, vuelven a profitar del poder de turno al que alaban en la praxis de una genuflexión inspirada en el darwinismo social. Ésta les permite la sobrevivencia de un animal doméstico, que, cual canino feliz, siempre revolotea moviendo el rabo con el hocico gacho, cuando aparece el patrón.

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