Estamos ante el espíritu refundacional que desafía las costumbres, las instituciones, la historia, los path dependence y critical juncture que les anteceden. 

En este apartado rincón del planeta, llamado Chile, vienen sucediendo acontecimientos dignos de análisis. El que merece mayor atención es la estafa política a gran escala que afecta a sus habitantes. Primero se les convenció de que el malestar producto del escaso crecimiento económico, la corrupción, la ineficiencia estatal y el pacto entre ciertas élites políticas y económicas se resolvería cambiando la Constitución. El problema es que la Carta Magna no impedía por ley una mejora en las condiciones materiales de vida y sabemos que ello tampoco se logra por decreto. Pero la gente lo creyó. ¿Le parece absurdo? Pues ponga atención porque el relato cobra ribetes más propios del género real maravilloso que de la teoría política, las ciencias económicas o cualquier otro conjunto de conocimientos desarrollados bajo los dictámenes de la razón. 

El golpe mediático que dio la izquierda asociando el malestar social a la Carta Magna tuvo un efecto efímero. Bajo las promesas señaladas, parte importante de la población, se lanzó a las urnas para aprobar el desmantelamiento institucional. Sin embargo, en breve veríamos desaparecer el embotamiento revolucionario. El nivel de abstención en las elecciones de los constituyentes alcanzó el 60%. El 43% de los constituyentes salió electo con un tope de 5% de los votos de su distrito, mientras que 124 de los 155, no alcanzaron el 10%. Otros cinco de los elegidos apenas rozan el 1% de los votos y sólo 10 superaron el 20% de los sufragios.

Pero eso a la izquierda golpista no le importa. Logró su objetivo central: un órgano que se autopercibe autónomo, pues no da cuenta de sus actos a ninguna institución de la república, donde la mayoría de los constituyentes comparte la vocación totalitaria. En términos concretos viola el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución- origen del proceso de desmantelamiento institucional chileno y salvavidas del gobierno de turno-. En él se establecía que la nueva Carta Magna sería redactada por un órgano respetuoso de la institucionalidad republicana, se regiría bajo las directrices de la Constitución vigente y, finalmente, se disolvería tras un plebiscito ratificatorio. Aún no comienzan las discusiones de fondo, pero en la redacción del reglamento fue excluida la definición de República de Chile y, claramente, no se tiene el más mínimo miramiento con la Constitución del ’80. Así, el supuesto poder originario que encarnan los representantes elegidos por minorías hípermovilizadas, se manifiesta bajo la rótula de la famosa <<hoja en blanco>> producto de la ficción irracional que imagina un poder que surge ex nihilo, es decir, desde la nada misma. Estamos ante el espíritu refundacional que desafía las costumbres, las instituciones, la historia, los path dependence y critical juncture que les anteceden. 

Evidentemente, sólo un loco de atar puede creer que el poder originario de un pueblo que no fue a votar, surge como una fuerza del todo nueva y, por ende, no se debe a nada anterior. Los sensatos sabemos que estamos ante la clásica historia inaugurada por Lenin: una minoría quiere imponer a la mayoría un régimen totalitario bajo las promesas de pan, paz y tierra, mientras socava la estabilidad institucional, las estructuras democráticas y ataca la República que asegura la división de los tres poderes del Estado. Esa es la fórmula para avanzar el totalitarismo que, justamente, no conoce límites al ejercicio del poder concentrado total y absolutamente en el líder de turno.

Así, el primer elemento constitutivo de la gran estafa consiste en avanzar un proyecto totalitario bajo el manto de una supuesta plurinacionalidad anclada en la existencia de pueblos indígenas, cuyo mestizaje ha dado origen a un ciudadano de segunda clase: el chileno. Y digo que se le da el trato de un ciudadano inferior por varios motivos. Demos algunos ejemplos. Parte importante de los constituyentes que los chilenos pensaban, legislarían en pos de una mejora en su calidad de vida, han denostado los símbolos patrios- el himno nacional y la bandera- y han establecido directrices que discriminan según criterios de raza. Sí, tal cual. Aquellos constituyentes que se autoidentifican como miembros pertenecientes a pueblos originarios, ganan un sueldo mayor por el mismo cargo y trabajo que sus pares. Podríamos seguir con la lista de los elementos constitutivos de la estafa, desde la exigencia de la liberación de los vándalos que destruyeron el país durante meses, hasta el uso de indumentaria de comics japoneses. Le avisé que el relato pertenecía al género real maravilloso. Lo verdaderamente grave es el cambio en la denominación de República de Chile por la forma política de un Estado plurinacional. Así, bajo el manto del buenismo que exige el reconocimiento de la diversidad cultural, se avanza la balcanización de Chile. Y cuando hablamos de “balcanización” nos referimos a un proceso que fragmenta el Estado en partes hostiles que no cooperan entre sí, sino que se relacionan desde el conflicto violento hoy concentrado en la macrozona sur del país.

Es en la balcanización donde radica la médula espinal de un proceso cuyo rumbo no estaba en el libreto prometido a un pueblo estafado mediáticamente por un sector minoritario que avanza, sin contemplaciones, un proyecto que en toda la región ha traído pobreza, dolor y provocado olas migratorias irrefrenables. El problema es que en Latinoamérica ya no van quedando países libres de estos experimentos amparados en el buenismo de sectores que se niegan a enfrentar la realidad y en la abstención electoral. Ésta juega a favor de minorías que no trepidan en el uso de la violencia y el engaño para avanzar sus propósitos antidemocráticos. Así las cosas, las fronteras entre el infierno de la narcodictadura y el paraíso democrático tienden a desaparecer del mapa geográfico del cono sur y, con ellas, la esperanza de una vida en paz.  

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