Se puede y se debe ayudar a los afganos, pero no se puede ni se debe engañar a los europeos

¿Cómo van a defender los derechos de las mujeres afganas los mismos dirigentes y medios de comunicación que llevan años blanqueando su situación en muchas ciudades europeas bajo el yugo islamista?

“La auténtica amenaza es el ISIS”, titulaba hace unos días Olivier Roy en un amplio artículo en el diario El País. El análisis asumía todo el marco mental promovido por los talibanes desde la toma del palacio presidencial de Kabul y aseguraba que el nuevo régimen luchaba del lado de Europa frente al islamismo representado -según él- únicamente por grupos como el Estado Islámico.

El periódico de Prisa completaba con este análisis una serie de apresurados artículos destinados a blanquear al régimen talibán. Apenas unos días antes, en medio del estupor y el rechazo generalizado, el mismo diario exigía a políticos y medios de comunicación que no recordaran cuando las mujeres gozaban de libertad en Afganistán para no “alentar” la islamofobia.

“El uso político de las imágenes de las universitarias en minifalda paseando por Kabul (…) alimentan grupos ideológicos desde hace años. Las fotografías se han reproducido de forma intensiva para fomentar la islamofobia”, sentenciaba el autor del texto.

Algo similar ocurría en 2015 y 2016, mientras los atentados se sucedían en cada esquina de Europa, los medios de comunicación tomaron la determinación de dejar de informar acerca de la nacionalidad de los atacantes para evitar “casos de xenofobia”.

Pero El País no ha sido el único. La ministra de Igualdad, Irene Montero, comparaba la situación de las mujeres bajo el yugo talibán con la que viven las españolas en nuestro país. Una comparación miserable e injusta con las mujeres afganas, impropia de un cargo público que manipula la realidad de la nación a la que representa, pero que tras el fanatismo ideológico esconde la premisa de ocultar la realidad del islamismo.

“A diferentes niveles, todas las culturas y religiones tienen formas de oprimir a las mujeres y disciplinar sus cuerpos. Pasa en Afganistán y en España”, aseguraba Montero, que colocaba al mismo nivel delirios como el mansplaining con la violación de todos y cada uno de los derechos fundamentales de las mujeres en países bajo el yugo islamista.

Era previsible que El País o Montero no levantaran la voz por la situación de las mujeres en Afganistán. No obstante, llevan años ocultando la realidad de muchos barrios europeos, de grandes capitales como París o Bruselas, donde el islamismo ha tomado las calles, viviendo a espaldas del Estado y creando regímenes paralelos donde la sharia es la única ley vigente.

En esos barrios, en esas capitales, es en los únicos lugares donde la situación de las mujeres se puede asemejar -aún en la distancia- a la que ya viven las madres, las hijas o las jóvenes en Kabul y el resto de las ciudades afganas. Allí donde impera la sharia, sea en Saint Denis o en Molenbeek, los derechos fundamentales desaparecen.

El problema no reside solo el Estado Islámico o Al Qaeda, que también, sino en la proliferación y asentamiento de un islamismo que no respeta derechos y libertades, cuyo objetivo último es sustituir al Estado -ya ocurre en algunas zonas de Francia, Bélgica o Reino Unido- para imponer una forma de ser y de vivir a todos los ciudadanos.

Europa y la nueva crisis migratoria

Sandrine Rousseau, candidata a las elecciones presidenciales de Francia por los Verdes, sintetizaba en pocas palabras el sentir progresista en torno a la nueva oleada de migratoria: “Si entre los afganos hay potencialmente terroristas, mejor tenerlos en Francia para vigilarlos”. Unas desafortunadas palabras que no pasarían de la anécdota de no ser por lo ocurrido el 13 de noviembre de 2015 en París, donde 137 personas fueron asesinadas a manos de una célula islamista que atacó varios recintos y bares de la capital gala. Las imágenes del suelo de la sala Bataclán cubierto de sangre, con decenas de cuerpos apilados a los lados, pasaron a la parte más oscura de la historia y muy pronto se descubrió que sus responsables habían utilizado la ruta de los refugiados para entrar en el país.

Yihadistas entrando como refugiados. Terroristas aprovechando el buenismo progresista para acceder Europa. Asesinos circulando por todo el continente sin ningún tipo de control policial en virtud del Welcome Refugees decretado por la canciller alemana Ángela Merkel ante el aplauso generalizado del resto de dirigentes, las grandes multinacionales y los principales medios de comunicación.

La pasada semana se conocía que cinco afganos recién llegados a Francia estaban siendo investigados por sus vínculos con los talibanes. Una situación que a buen seguro se repetirá en los próximos meses y que, unido al colapso de muchos sistemas de inteligencia ante el gran número de potenciales terroristas actualmente en suelo comunitario, traerá graves problemas a toda Europa.

Un escenario que no preocupa a Rousseau, ni preocupa a Los Verdes ni a gran parte de la izquierda francesa y europea. Se puede y se debe ayudar a los afganos, pero no se puede ni se debe engañar a los europeos. Si una enseñanza nos dejó la crisis de 2015 fue que la capacidad de integración de los recién llegados es cuestionable, asumible en grupos reducidos e incontrolable en grandes oleadas. Y que la ausencia de controles reales perjudica a los verdaderos refugiados y favorece a los terroristas.

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