Desmontar los cimientos de la sociedad norteamericana es exactamente lo que desean hacer aquellos que adoctrinan a los escolares y someten a los trabajadores del país a auténticas sesiones de reeducación en sus lugares de trabajo

Es posible que los norteamericanos ya no oigan hablar tanto de Black Lives Matter como en el fatídico 2020, pero eso no impide que esté afectando profundamente a aspectos clave de la vida actual de Estados Unidos. Las divisiones que ha generado la Teoría Crítica de la Raza (TCR) y que se propagan por todo el país son el funesto legado del movimiento BLM. Como lo es la ola de crímenes que está arruinando las ciudades norteamericanas, y lo mismo ocurre con las políticas relacionadas con la equidad racial que Joe Biden está convirtiendo en ley.

Es una buena noticia para las organizaciones marxistas que se propusieron desmantelar, sin disimulos, los cimientos de la sociedad estadounidense. Como explico en mi libro, BLM: The Making of a New Marxist Revolution, recién publicado, Alicia Garza, una de las principales fundadoras de BLM, dejó claros sus objetivos en Maine en 2019 cuando dijo a un grupo de izquierdistas exaltados de Nueva Inglaterra:

“Estamos hablando de cambiar la forma en que está organizado este país para que podamos conseguir la justicia por la que estamos luchando. Todos debemos seguir trabajando para desmantelar los principios organizativos de esta sociedad que genera desigualdades para todos, incluso para los blancos”.

Desmontar los cimientos de la sociedad norteamericana es exactamente lo que desean hacer aquellos que adoctrinan a los escolares y someten a los trabajadores del país a auténticas sesiones de reeducación en sus lugares de trabajo.

Ahora los maestros explican en las redes sociales, abiertamente y con orgullo, la forma de llevar la Teoría Crítica de la Raza a las aulas para “poner el tela de juicio un sistema inviable”. Mientras tanto, los empleados acosados han de recurrir a los tribunales para evitar que sus empresas los reeduquen con la TCR.

Estados Unidos se proclama con orgullo el  País de los Hombres Libres. Nadie se lo puede discutir. Así pues, ¿cómo hemos podido llegar a esto? BLM es el artífice y el responsable de esta deriva.

Según el dogma de la TCR, Estados Unidos es un país racista y opresivo de forma sistémica. Lo ha sido desde su fundación, y de ahí proceden todas las disparidades raciales. La única forma de resolver esos problemas es reeducar a los norteamericanos en sus creencias y mediante una reorganización basada en categorías de diverso tipo, lo que requerirá discriminar legalmente a blancos y a hombres.

No en vano el presidente Biden está convirtiendo ahora en leyes algunos anteproyectos de ley que discriminan abierta y explícitamente a los blancos. Desde las leyes de Jim Crow, es la primera vez que Estados Unidos decide no respetar la igualdad de protección bajo la ley por motivos de raza o de sexo.

Los fundadores de la TCR son marxistas como Alicia Garza, a quien también le gusta “poner en cuestión los fundamentos del orden liberal, incluida la teoría de la igualdad”.

La TCR surgió por primera vez en las Facultades de derecho en los años 70 y 80. Así pasó a dominar el campo de los derechos civiles. Empezó a introducirse en las aulas de Primaria y Secundaria en la década de 2010, pero ha tardado más tiempo en llegar a influir en las políticas públicas.

Hasta que llegó el 2020. BLM utilizó el video de la muerte de George Floyd el 25 de mayo para dar la impresión de que esos nueve minutos definen el racismo sistémico de Estados Unidos. Así fue como provocó protestas que han durado meses, y cientos de costosos disturbios que cogieron por sorpresa al país.

En el centro del caos estaba la BLM Global Network Foundation, su organización insignia. El tráfico en el sitio web de BLM GNF aumentó considerablemente a medida que prendían las protestas. Siete días después de la muerte de Floyd, lo visitaron 1,9 millones de personas, según su Informe de Impacto 2020.

Menos de tres días después, la activista de la TCR Robin DiAngelo habló por teleconferencia con al menos 184 miembros del Congreso, todos del grupo demócrata. “A toda la gente blanca que está escuchando en este momento y que piensa que no les hablo a ellos, les digo que les estoy mirando directamente a los ojos y les digo: ‘Sois vosotros’”, afirmó en el tono dramático propio de la suma sacerdotisa de los talleres y conferencias de la TCR.

BLM GNF se jactaba en su Informe de Impacto 2020, que cito en mi libro, de que en la segunda mitad de 2020, más de 24 millones de personas habían visitado su sitio web. “A lo largo de 2020, enviamos 127.042.508 correos electrónicos. De estos correos electrónicos surgieron 1.213.992 acciones”, dice el informe. La tasa de apertura (se obtiene dividiendo el total de mensajes abiertos por el total de mensajes entregados) de estos asombrosos 127 millones de correos electrónicos fue un inaudito 63% (el promedio para organizaciones sin fines de lucro está en el 25%).

Como era de esperar, los activistas de BLM estuvieron implicados en el 95% de los 633 incidentes que Crisis Monitor de Princeton identificó como disturbios y de los que conocemos la identidad de los participantes, como cito en mi libro. Fueron “los disturbios civiles más costosos de la historia de Estados Unidos”, según el Insurance Information Institute, también citado en mi libro.

Desde entonces, a medida que la policía se ha retirado y los fiscales corruptos se niegan a enviar a prisión a los delincuentes que son arrestados, hemos visto un llamativo incremento del 35% en el número de asesinatos en las 70 ciudades donde vive una quinta parte de los norteamericanos.

BLM, por tanto, ha conseguido un buen arranque para lograr el objetivo de Garza de “desmantelar los principios organizativos de la sociedad”. Ahora bien, ¿con qué quiere sustituirlos BLM?

Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometi, las tres principales fundadoras de BLM, siempre han reconocido abiertamente su marxismo, que es sinónimo de comunismo.

En 2015, Garza dijo al SFWeekly que “los movimientos sociales de todo el mundo han utilizado a Marx y Lenin como fundamento para poner trabas a los regímenes que tienen un impacto negativo real sobre la mayoría de la gente”. Ese mismo año, explicó en una reunión de comunistas venidos de todo el mundo, Left Forum, que “no es posible que surja un mundo en el que las vidas de los negros importen si ese mundo sigue estando bajo el yugo del capitalismo. Y no es posible abolir el capitalismo sin luchar contra la opresión nacional”.

En cuanto a Cullors, ha afirmado oficialmente en varias ocasiones que es marxista. De hecho, y en vista de que numerosos periodistas habían negado que fuera comunista, la propia Cullors publicó un video el 14 de diciembre de 2020, en el que decía con total claridad:

“Necesito dejar las cosas claras. ¿Soy marxista? Es cierto que creo en el marxismo. Es una filosofía que comprendí enseguida porque Estados Unidos es muy bueno haciendo propaganda y promocionando la idea de que el sueño americano está firmemente ligado al capitalismo. Así que es mucho más difícil vender el comunismo”.

Todo esto está en los medios, a disposición de todo el mundo. Sin embargo, los periodistas prefirieron defender la narrativa de la justicia social de 2020 y bautizaron este como “el año del ajuste de cuentas racial”, en lugar de informar de las verdaderas intenciones del movimiento. Ignoraron la posibilidad de que un grupo de marxistas declarados que buscan abiertamente destruir la sociedad tal y como la conocemos, utilizaran la tragedia de un hombre para provocar disturbios… y se jactaran de ello. Y lo cierto es que hasta ahora su éxito ha sido arrollador.

La rebelión del norteamericano medio, que he tenido la oportunidad de constatar en todas las ciudades que he recorrido, me indica que todo esto está muy lejos de haberse terminado. Por eso he escrito este libro.

También pueden acceder al artículo en su versión original a través del siguiente PDF:

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