Y es que, los liberales, empapados de optimismo por el progreso histórico, suelen simplificar la realidad y olvidarse de la existencia de élites cuya vocación es totalitaria.

Tras el término de la época de los monarcas nace la vida de las repúblicas. En ellas, el antiguo rey es reemplazado por la Carta Magna y el reino, imperio o feudo, por el Estado Nación. Es bajo su alero que los ciudadanos de los regímenes democráticos conviven en el marco de una igualdad de derechos hasta entonces desconocida. Sólo la incorporación del principio <una persona, un voto> en que se fundan las democracias constitucionales, permitió suprimir la estructura de privilegios propia de las monarquías. La solidez de las instituciones democráticas fue condición necesaria de un largo período de estabilidad tras el término de la Guerra Fría. Con el derrumbe del Muro de Berlín, máximo símbolo del experimento socialista, se pensó que la humanidad había aprendido la lección y que nada nos devolvería a las fauces del Estado depredador.

No, no eran simples quimeras. La estabilidad democrática en muchos países pareció decantar hasta hacerse costumbre y el respeto por los derechos individuales, un hábito de gobernantes limitados por el Estado de Derecho y la existencia de diversos equilibrios y controles entre los tres poderes del Estado. En ese contexto, una respuesta afirmativa a la pregunta de Fukuyama por el fin de la historia parecía obvia. No recuerdo a algún liberal que haya puesto alarmas sobre el velo de inocencia que cubría la hipótesis de Fukuyama. Y es que, los liberales, empapados de optimismo por el progreso histórico, suelen simplificar la realidad y olvidarse de la existencia de élites cuya vocación es totalitaria.

Fue esa élite la que supo aprovechar el momento de borrachera general, cuando la democracia constitucional y el capitalismo parecían no encontrar obstáculos en su avance y consolidación. El fenómeno global tuvo su correlato también en Chile, donde los economistas y liberales se sentaron en el trono, pensando, ingenuamente, que la derrota del populismo, las malas prácticas y el totalitarismo, era absoluta.

Sin embargo, es justamente en aquellos que Hannah Arendt afirma se encuentra la esperanza, donde los intelectuales gramscianos refundaron sus teorías fracasadas y reunieron la carne de cañón para avanzar sus propósitos. Me refiero a las nuevas generaciones que la pensadora afirma traen lo desconocido; cada individuo tiene el potencial de transformarse en un milagro en el sentido de poder aportar lo insospechado al mundo común. La contracara es que toda persona recién llegada debe ponerse al día respecto de los aprendizajes que hicieron las generaciones que le antecedieron. Naturalmente, ello no es posible cuando la enseñanza queda a cargo de ideólogos totalitarios y burócratas cuya genuflexión ante el Estado raya en lo religioso. De ahí que no podamos extrañarnos si es que el olvido vacía la memoria y se reemplaza la sabiduría acumulada por la quimera del hombre nuevo que termina en lo mismo de siempre: conduciendo los destinos al desmadre, el dolor y la miseria. Nietzsche nos diría que estamos ante el “eterno retorno de lo mismo.”

Si tuviésemos que situar a Chile en la línea del tiempo tendríamos que marcar, tristemente, un punto de retorno al descalabro, la inflación, la corrupción y el diseño institucional heterónomo. Representados los acontecimientos en un tablero de ajedrez veríamos que el neomarxismo logró destronar al rey; figura que en una república es ocupada por la Constitución. En concreto, el jaque mate de la vanguardia gramsciana ha contado con los elementos de siempre: intelectuales bien posicionados en medios de comunicación masiva, generosos capitalistas que, manipulados por la culpa, los sostienen económicamente y una educación estatal capturada por ideologías que preparan a las nuevas generaciones para la revolución.

Ahora que el rey está muerto, quienes tenemos el coraje de ver el caos, observamos estupefactos el derrumbe de la república y con él, de la igualdad ciudadana, fundamento de nuestra democracia chilena, que estaba aún muy lejos del ideal, pero era lo mejor que teníamos. El problema es que no sólo se ha dado por muerto al único monarca, nuestra Carta Magna, sino que, además, se pretende avanzar en el desmantelamiento del Estado Nación. ¿Cuál es el objetivo que esconde este propósito?

Aunque muchos no se atrevan a decirlo en voz alta, el pretexto de una supuesta deuda histórica con pueblos originarios sirve para cambiar la identidad de la nación y dividirla en pequeñas provincias fáciles de dominar y manipular por entidades supranacionales en manos de la misma casta totalitaria que no cree en los principios de la igualdad en que se funda un régimen democrático. De ahí que hoy tengamos una Convención Constituyente integrada, en su mayoría, por pequeños monarcas que nadie eligió para destruir la identidad nacional, urdiendo planes que despejan de la presencia estatal a vastas zonas del país. Curiosamente, se trata de los espacios geográficos en los que hoy habitan miembros del narcoterrorismo que, bajo el pretexto de una lucha reivindicatoria, impiden el imperio de la ley y circulan armados con mayor poder de fuego que las policías, mientras trabajan exitosamente en el robo de la madera, la producción de marihuana y el tráfico de estupefacientes. Usted se preguntará: ¿qué sucede con los demás ciudadanos en este contexto? Viven aterrados, los asesinan si se oponen a la toma de sus tierras y no encuentran en tribunales a nadie que empatice con su sufrimiento o haga justicia a la violación permanente de sus derechos.

El jaque mate es evidente; pero los pocos que se hacen cargo, parecen profetas en el desierto, mientras la izquierda totalitaria avanza usando la culpa y el complejo de la élite gobernante a favor de un proyecto minoritario que destruirá todas las libertades aseguradas por la república, el Estado Nación y la democracia.  

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