La retirada de Afganistán podría señalar así el final del duelo por lo ocurrido el 11-S. El período abierto por aquellos ataques está cerrado, y aunque el recuerdo de las víctimas de aquellos días, como las de otros atentados atroces que siguieren a aquel, siga viva, ya no guiará las nuevas políticas ni nos encaminará a formas de acción que están agotadas

El 11 de septiembre de 2001 las democracias liberales, y más en particular Estados Unidos, se vieron obligadas a aprender de nuevo una lección que habían olvidado: y es que no se puede abandonar -o no se puede abandonar del todo- las zonas donde ha prendido una amenaza de desestabilización como el terrorismo yihadista o el terror nacionalista.

A Estados Unidos le salió muy cara la lección de su salida de Europa después de 1918 y luego, tras ganar la Guerra Fría, le volvió salir cara el abandono de territorios desocupados por la URSS… como Afganistán. El 11-S fue el recordatorio de esa evidencia: que no basta la diplomacia ni los medios aéreos para controlar fenómenos como Al Qaeda, que se instaló en Afganistán gracias a los talibán y a la decisión de las democracias occidentales de no afrontar la amenaza, bien palpable en ataques como el que sufrió el World Trade Center en 1993 o el del USS Cole (17 marineros muertos).

No sabemos si con la retirada de Afganistán habremos entrado en otro período de distracción y de amnesia, muy palpable en generaciones nuevas, sobre todo de jóvenes norteamericanos -pero también europeos- que gracias a las políticas puestas en marcha entonces ya no se sienten amenazadas por el terrorismo. (No ocurre así en Europa, en cualquier caso.) Si es así, acabarán viendo cómo se ejecuta la amenaza, y con formas de crueldad y barbarie tales que ni siquiera imaginamos los que sí sabemos en persona lo que significa el terrorismo, tanto el yihadista como el nacionalista. No es una predicción. Es un hecho, de enorme potencial desestabilizador, además, en un mundo en el que ha estallado aquello que se llamaba, con más o menos razón, el orden liberal.

Por otra parte, también es un hecho que la respuesta de las democracias liberales, eficaz a la hora de acabar en parte con la amenaza, no lo ha sido -en absoluto- en la política de construcción nacional y puesta en marcha de regímenes democráticos en países que no tienen una tradición de ciudadanía y liberalismo. Después de la salida de Afganistán, se ha instalado un consenso, hecho al parecer de sentido común, acerca de la arrogancia, la inutilidad y al final lo contraproducente de esos intentos. Buena parte de lo realizado en Afganistán aparece como un esfuerzo echado a perder, inútil, sin sentido.

Resulta difícil, sin duda, negar que resulta imposible continuar una guerra que venía durando veinte años y seguir manteniendo un régimen que sólo se sostenía por el apoyo exterior, militar, humanitario y financiero, sin que se hubieran creado de verdad las condiciones que permiten la estabilización orgánica de algún tipo de gobierno estable. La retirada, desde esta perspectiva, resultaba inevitable y por mal que se haya realizado, de forma improvisada y unilateral sin -al parecer- acuerdos previos con los aliados, tenía que producirse en algún momento.

El problema, sin embargo, se produce cuando, como ocurre aquí, encajan demasiado bien el argumento político, e incluso moral -el de la nueva humildad de las democracias liberales- y un gesto que, estando plenamente justificado, también es inevitablemente percibido como una derrota. Y se agudiza cuando esto último se superpone a lo primero, y se llega a aceptar como un hecho indiscutible el valor al fin y al cabo relativo de las democracias liberales y los valores/principios que las sustentan. De la voladura de las Torres Gemelas y el ataque al Pentágono se pasa de un salto al muticulturalismo, entendido no como la aceptación del pluralismo, sino como la negación de la universalidad de los valores que están en la raíz de la democracia liberal.

Es en este punto donde las periódicas etapas de ensimismamiento que ha vivido Estados Unidos, y de los que se ha despertado con sobresaltos dramáticos, como el del 11-S, se convierten en algo distinto. Ya no se trata sólo de poner entre paréntesis y olvidar durante un cierto tiempo el exterior, sino de aceptar un relativismo básico. Y este a su vez se convertiría en el sustrato ideológico y político de un mundo en el que la hegemonía norteamericana deja paso a un nuevo orden o, mejor dicho a una situación de desorden sin potencia hegemónica o con potencias a veces poco previsibles, y en cualquier caso ajenas a la democracia, como China y, aunque sea de orden regional, Rusia.

Si fuera así, y si la opinión pública de las democracias liberales hubiera dado este giro, se podría decir que a largo plazo, los que atacaron Manhattan y Washington DC el 11-S han acabado por salirse con la suya.
Paliar ese derrotismo no es fácil. Va a requerir un esfuerzo intelectual, cultural y político que vuelva a afirmar aquello mismo que ahora parece obsoleto, pero partiendo de una posición distinta. De defensa, por lo sustancial, y de vigilancia, pero dispuesta a la respuesta, y a una respuesta contundente si hace falta. Será necesario por tanto una vigilancia preventiva constante, basada en el amor a los países en los que vivimos, el amor a la libertad y al autogobierno, y el gusto por la responsabilidad.

La retirada de Afganistán podría señalar así el final del duelo por lo ocurrido el 11-S. El período abierto por aquellos ataques está cerrado, y aunque el recuerdo de las víctimas de aquellos días, como las de otros atentados atroces que siguieren a aquel, siga viva, ya no guiará las nuevas políticas ni nos encaminará a formas de acción que están agotadas. Ahora bien, ese cierre no debería ser escenificado como una derrota. No lo ha sido, a pesar de todo.

Será necesario reafirmar, en circunstancias distintas y de un modo que está por inventar, huyendo al mismo tiempo del ensimismamiento y de la intervención indiscriminada, de aquello que fue atacado aquel día. Un nuevo realismo, por tanto, que tenga en cuenta las relaciones de fuerzas surgidas desde entonces, así como los errores cometidos, pero basado también en la renovación del pacto y del proyecto que nos constituye como sociedades donde impera la ley, la libertad y la dignidad.

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