El politólogo estaba tan equivocado como todos los buenistas que creyeron en el proceso chileno, votaron Apruebo y, pensando que todo volvería a la normalidad, no se dieron el trabajo de elegir representantes en la Convención Constituyente (CC)

¿A qué puede aspirar un partido por el que nadie vota en el marco de un régimen democrático? ¿Cuál es el sentido de mantener militancia cuando las condiciones materiales cambiaron y ya no existe aquella clase social por la que se dice luchar? ¿Qué destino podría tener un partido cuyo legado se resume en miseria y dolor? ¿Cómo subsiste con estas características en el mapa político? Y, aunque le parezca absurdo debemos preguntar también, ¿cómo logra el poder total?

Quizás estos interrogantes no se planteen en aquellos países con realidades democráticas más resistentes a las tormentas totalitarias que Hannah Arendt decía, arrecian en lugares donde los ciudadanos se han retirado del mundo común. Eso fue lo que sucedió en Chile donde hoy gobierna el Partido Comunista. Usted me dirá, ¿pero no tenían los chilenos un gobierno de centroderecha y un congreso de centroizquierda?

Sí, pero sólo en apariencia. La realidad es que, diseñado por los seguidores de Kérenski, el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución que intentó sin éxito contener el estallido revolucionario del 18 de octubre de 2019, fue partero de un Leviatán. ¿Qué más podría decirse cuando el origen del contrato social es la cesión de todos los derechos a cambio de paz? Probablemente, usted pensará que exagero, pues el proceso de redacción de la nueva Carta Magna ha sido planeado dentro de marcos constitucionales claros que deben ser respetados por los convencionales constituyentes. Lo mismo creían quienes dieron su voto a un proyecto desquiciado que los medios de comunicación y las élites intelectuales revistieron con los ropajes de justicia y dignidad.  

Ello explica la alta adhesión a la creencia hobbesiana de que cediendo todo a los violentos, íbamos a recuperar la paz y tranquilidad. Nada más alentador para un cientista político de credenciales democráticas que comprobar, en los hechos, la falsedad de esta suposición que encontramos a la base del contrato en la obra de Thomas Hobbes. El politólogo estaba tan equivocado como todos los buenistas que creyeron en el proceso chileno, votaron Apruebo y, pensando que todo volvería a la normalidad, no se dieron el trabajo de elegir representantes en la Convención Constituyente (CC). De ahí que la gran mayoría de sus integrantes haya salido electa con una votación irrisoria.

Hobbes se equivocó en su análisis por la necesidad que emerge en el contexto de guerra civil que lo tocó vivir y los buenistas chilenos por la necedad que padecen quienes se dejan manipular por medios de comunicación masiva o viven fuera de la realidad. Prueba de su error es que el establecimiento de un poder total y absoluto como lo tiene el Leviatán sólo se mueve por la ambición de acrecentar cada vez más su poder a costa de las libertades de los ciudadanos. No existe tal cosa como un poder total que se controla a sí mismo. Eso es lo que observamos, atónitos, los chilenos de una CC que niega todo origen democrático y, en lugar de situar el comienzo de su quehacer legislativo en la fecha del Acuerdo, lo hace en la del estallido revolucionario. Además, cuestiona los símbolos patrios y viola sistemáticamente los límites establecidos por el acuerdo que le dio origen. Prueba de ello es el reemplazo del quórum de 2/3 por plebiscitos dirimentes en los casos que la CC lo decida, el reemplazo de la República por un Estado Plurinacional y del mercado libre por uno planificado.

¿Quiénes integran este Leviatán que, tras la renuncia de los chilenos a todos sus derechos a cambio de la paz, se yergue como poder omnímodo obligando a la genuflexión de un país completo?

No importa si hablamos de jóvenes frenteamplistas, independientes, supuestos representantes de pueblos supuestamente originarios, miembros de una lista que se hizo llamar “del pueblo” o de otra que afirma tener credenciales democráticas de izquierda. La gran mayoría de los miembros que componen este Leviatán pavimenta, conscientemente, el camino hacia un socialismo del siglo XXI.

Como si fuera una película puedo imaginar la sonrisa de Lenin si estuviese observando a su vanguardia desde el infierno. Este puñadode comunistas infiltrados en diversos grupos ha seguido al pie de la letra el recetario que se encuentra en su obra Qué hacer (1902). Tal como el mismo Lenin lo hiciera, en Chile las vanguardias abandonaron la idea de Marx sobre la necesidad de condiciones propicias para el asalto violento al poder. De ahí que no tuviese ninguna relevancia la casi nula sindicalización de los trabajadores o que la clase proletaria fuese propietaria. Menos aún, reglas democráticas como la legitimidad dada por las mayorías o el principio de representación.

En suma, a pesar del cadalso, Lenin sonríe. Sabe que su receta es infalible. Sobre todo, en aquellos países donde la izquierda ha sembrado el odio en los jóvenes y manejado la culpa devenida en instinto de las élites ateas y religiosas. El contexto necesario para su éxito no es la explotación del proletariado sino la actitud de los liberales que, siempre preocupados por el progreso material, se retiraron a sus faenas depositando sus libertades en manos de burócratas, cuyo único objetivo consiste en ayudar al crecimiento del Estado. Esa inocencia cándida de quienes suponen la inexistencia del mal es tan responsable del triste destino que espera a los chilenos si no enmendamos el rumbo, como lo es la gestión de un PC que ha sabido disfrazar a sus miembros de modo soberbio, engañando a los electores. Así se explica, mi estimado lector, que, no habiendo superado jamás el 7% de apoyo ciudadano desde el retorno a la democracia, los comunistas sean quienes, aunque nos pese, gobiernan Chile.

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