Con la pandemia hemos sido testigos de una paradoja: los científicos se han convertido en “todólogos” que intervienen en cualquier ámbito de la sociedad.

En los últimos años, la pandemia ha provocado la difusión de una nueva ideología que ha alcanzado todos los ámbitos de la sociedad: el cientificismo. Este movimiento surgió a mediados del siglo XIX, en las décadas posteriores a la Revolución Francesa, y en nuestros días ha adquirido nuevas características debido al progreso de la tecnología. El cientificismo no tiene que ver con el reconocimiento del papel de la ciencia y de los descubrimientos que han mejorado la vida humana. Preconiza una confianza sin límite en la ciencia y la creencia de que puede resolver cualquier problema y cualquier necesidad humanos. El científico considera la ciencia como la única forma válida de saber, superior a cualquier otro campo de conocimiento y basada en una racionalidad de tipo positivista. Esta convicción forma parte del legado ilustrado y del espíritu revolucionario francés, basados en el triunfo de la razón y la voluntad de redefinir la sociedad a partir de criterios nuevos frente a los tradicionales.

Los científicos se están apoderando del lugar que hasta ahora ocupaban los políticos y pasan de ejercer como asesores a convertirse en agentes que toman decisiones. Esto se debe a que la política está cada vez más desprovista de responsabilidad y es incapaz de asumir responsabilidades y tomar decisiones incómodas. El proceso lleva al debilitamiento del Parlamento, máximo órgano de representación y soberanía popular, a favor de comités técnico-científicos integrados por personas que tienen el poder de incidir en la vida de miles de personas.

Con la pandemia hemos sido testigos de una singular paradoja: los científicos se han convertido en “todólogos” que intervienen en cualquier ámbito de la sociedad, desde la política a la economía, y desde el derecho a la filosofía. Los virólogos acaparan los principales programas de entrevistas, no hay asunto del que no hablen y, llegado el caso, sustituyen a constitucionalistas o economistas con propuestas que nadie puede poner en cuestión. La expresión “lo dice la ciencia” se ha convertido en nuestros días en un auténtico mantra y el cientificismo ha adquirido el carácter dogmático de una nueva religión incuestionable.

Sin embargo, bastaría con admitir que la ciencia no es infalible y que también comete errores para generar una mayor confianza entre los ciudadanos. La tendencia va acompañada de la creciente secularización de la sociedad occidental y de la crisis del cristianismo, que lleva a sustituir las religiones tradicionales por nuevas religiones laicas como el cientificismo o el ecologismo.

Hoy en día, criticar el cientificismo se ha vuelto cada vez más arduo. Sus críticos son tachados inmediatamente de teóricos de la conspiración, o negacionistas o bien cualquier otra etiqueta parecida. Ahora bien, cuestionar las afirmaciones de los virólogos en la esfera política o socioeconómica no significa rechazar la ciencia, sino enfatizar que el ámbito científico, al igual que todos los demás campos del conocimiento, tiene límites y no puede ocuparse de todos los aspectos del conocimiento humano.

Ya en el siglo XX algunos filósofos y pensadores importantes habían advertido del peligro del cientificismo, pero hoy la situación es considerablemente más compleja debido a diversos factores. En primer lugar, la visibilidad mediática que han asumido científicos y virólogos en los dos últimos años debido a la pandemia: ya no alcanzan solo a una audiencia de especialistas, sino al público en general. La tendencia ha llevado a sustituir la seriedad de la comunicación científica por la espectacularización propia de la televisión, lo que está teniendo por consecuencia una pérdida gradual de credibilidad. En segundo lugar, encontramos la evolución de la tecnología que, al unirse a la ciencia, ha generado lo que Jacques Bouveresse definió en uno de sus libros como El mito moderno del progreso. En tercer lugar, está la crisis de las estructuras tradicionales que regían nuestra sociedad, desde la religión hasta la política.

Entre los principales críticos del cientificismo figuran pensadores que nunca han sido acusados de extremistas o peligrosos teóricos de la conspiración, tales como Hayek y Popper.

Friedrich von Hayek, en su texto El cientifismo y el estudio de la sociedad, cuestiona la aplicación del método de las ciencias naturales a la hora de resolver los problemas de las instituciones sociales y de la comunidad. Según el pensador liberal, el error del cientificismo consiste en la presunción de querer comprender realidades complejas, como las instituciones sociales, basándose en el conocimiento científico sin tener en cuenta que las sociedades son también el resultado de las acciones de los individuos y no se puede asignar todo a la racionalidad científica.

Karl Popper, por su parte, escribió: “Se puede decir que el cientificismo es una creencia dogmática ciega en la ciencia. Y sin embargo, esa fe ciega en la ciencia es ajena al verdadero pensamiento científico. […] Ningún gran científico es un cientifista. Todos los grandes científicos se han mostrado críticos con la ciencia. Sabían muy bien lo poco que sabemos”.

Palabras que corroboran las ideas de Giuseppe Sermonti, importante biólogo y genetista italiano, autor de una obra titulada El ocaso del cientificismo: “La afirmación de que la realidad sólo se puede conocer utilizando la ciencia moderna, y que todo problema humano puede resolverse gracias a ella y a sus aplicaciones técnicas, es uno de los clichés y falsos mitos más comunes de nuestro tiempo”.

El hecho de que un científico importante pronuncie estas palabras debería hacernos reflexionar y llevarnos a meditar lo que escribió Henri Bergson, uno de los mayores filósofos franceses que vivió entre los siglos XIX y XX: “Sólo le pedimos a la ciencia que siga siendo científica, no que se envuelva en una metafísica inconsciente que luego se presenta al ignorante o al semiculto bajo el disfraz de la ciencia. Durante más de medio siglo este cientificismo ha entorpecido el camino de la metafísica”.

Es una crítica a la deriva de la ciencia que comparte el principal filósofo conservador inglés Roger Scruton, autor de un ensayo -incluido en el volumen titulado Scientism: The New Orthodoxy– donde expone los límites del cientificismo, ligados también al campo de la docencia y a la crisis de las humanidades.

A pesar de las advertencias de numerosos académicos e intelectuales, el auge del cientificismo parece imparable y se ha acelerado considerablemente con la pandemia. Estamos ante una forma extrema de tecnocracia que no admite puntos de vista diferentes. Se basa en la presunción de que tiene siempre la razón de su parte, y está imbuida de una fe ciega en el progreso.

A lo largo de los años, la tendencia parece cada vez más imparable, y sin embargo podría frenarse restableciendo el sentido de la proporción, redescubriendo la importancia de otros campos del conocimiento y atribuyendo a la ciencia la función que de verdad merece y es la suya.

“Poner límites a la ciencia -escribió el genetista Giuseppe Sermonti- no significa desacreditarla. Todas las cosas tienen límites dentro de los cuales se mueven, se identifican y se reconocen. Si hay que hacer una crítica a la ciencia moderna, esta sería su pretensión de no tener límites: querer abarcar y comprender todo el universo en sus propios confines”.

Ese es el punto esencial: explicar que hay una diferencia abismal entre ciencia y cientificismo, que una afirmación o propuesta realizadas por un virólogo en el campo político o socioeconómico no son necesariamente correctas y que puede cuestionarse incluso si han sido enunciadas por un hombre de ciencia. Ahí reside el error del cientificismo: pensar que la ciencia es la panacea de todos los males y confiar en las afirmaciones de los científicos en áreas de conocimiento ajenas a su campo de estudio, algo que les conduce a expresarse sobre cualquier asunto y a convertirse en algo parecido a unos “todólogos”.

Artículo original a continuación.

20220114-Giubilei

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