¿Por qué los conservadores europeos no ganan (casi) nunca? Porque no tienen una teoría política

¿Por qué los conservadores europeos no ganan (casi) nunca? Porque no tienen una teoría política

El término conservador no resulta creíble cuando se utiliza en comunicación, propaganda y, en definitiva, en la esfera política.

Dos son las preguntas esenciales que todo intelectual, político y votante conservador o de derechas debe plantearse hoy en día. Y por conservadores me refiero también a los que se identifican con los partidos que conforman el PPE (Partido Popular Europeo) y la tradición del catolicismo moderado. La primera: ¿por qué, salvo contadas excepciones, los conservadores están fuera del poder político central, o sólo detentan un papel subordinado? En la UE y en el continente sudamericano en particular, el dominio de los progresistas es abrumador. De hecho, las encuestas no son nada halagadoras para los partidos conservadores que siguen en el poder y se considera que todos, en mayor o menor medida, saldrán derrotados de las próximas elecciones. La segunda pregunta puede estar relacionada con la primera, como planteó Douglas Murray en UnHerd el 21 de enero: ¿Por qué la derecha es tan poco atractiva?

Podríamos intentar una respuesta, aunque se necesitaría un volumen entero y una buena serie de seminarios que, si los líderes de los partidos de derechas o conservadores estuvieran de verdad interesados (algo sumamente dudoso), deberían organizar de inmediato, en lugar de perder el tiempo en las redes sociales. En este artículo, me limitaré a señalar uno de los grandes problemas de la derecha actual: la ausencia de una cultura política y en particular la debilidad epistemológica de la categoría de “conservadurismo”.

Desde hace algún tiempo, la palabra “conservador” ha entrado por fin en el lenguaje político europeo, en un continente en el que, aparte del Reino Unido, ningún partido que se autodefine como conservador o que se refiera explícitamente al conservadurismo ha jugado, en dos siglos, un papel mínimamente relevante. Es una buena señal, pero esto no significa que la era de los conservadores ha empezado, sobre todo en el caso de la Unión Europea.

A día de hoy y en el plano político, no parece que vayamos a presenciar el triunfo de los partidos conservadores en el mundo. Entre los países de cierta importancia gobernados por primeros ministros o presidentes conservadores, o incluso por el populismo europeo (que no siempre puede equipararse al conservadurismo) sólo están el Reino Unido, Australia, Brasil, Polonia y Hungría; de hecho, los dos primeros modelos de conservadurismo difieren considerablemente del de los países del Este de Europa. En lo que se refiere a la sociedad, da la impresión de que los valores del conservadurismo están a punto de extinguirse ante el avance de lo que llamaremos “diferencialismo inclusivo”, de lo políticamente correcto y de la ideología woke. En el plano de la cultura, aquella que en su momento se denominó “de masas” exalta sin tregua valores en las antípodas del conservadurismo, mientras la “alta cultura”, representada por las editoriales y la Universidad, goza de buena salud y está casi despóticamente controlada por los progresistas.

A pesar del supuesto triunfo o renacimiento del conservadurismo, esta ideología parece presenciar su declive, su propia “extraña muerte”, como escribe el periodista y ensayista inglés Ed West en Small Men on the Wrong Side of History: The Decline, Fall and Unlikely Return of Conservatism. Por otra parte, y adoptando una perspectiva más amplia, la hegemonía conservadora habría empezado a resurgir en los años 70 y habría llegado a su apogeo en la era Reagan y Thatcher, cuando incluso sus sucesores de izquierdas, de Clinton a Blair y a Schroeder, habrían adoptado el paradigma conservador y “neoliberal”. En consecuencia, la llamarada que llevó a Trump a la Casa Blanca y poco después a Boris Johnson a Downing Street, serían las últimas brasas de aquellos treinta años de conservadurismo.

Esta interpretación, difundida en parte por los observadores progresistas más inteligentes, es correcta en parte. Presenta, sin embargo, dos defectos. El primero consiste en una definición reducida y en el fondo falaz, del conservadurismo, identificándolo con la doctrina neoliberal. El segundo consiste en subestimar la ruptura profunda, dentro del campo conservador, representada por el fracaso de las políticas neoconservadoras identificadas con la Presidencia de George W. Bush, pero también con parte del legado de la era anterior.

Por lo tanto, desde un punto de vista político -aunque no solo-, deberíamos situar la crisis de la hegemonía conservadora en los primeros años del nuevo siglo, que también ha desembocado en una suerte de guerra civil fría entre los propios conservadores. Por ejemplo, el choque entre Cameron, en contra del Brexit, y Johnson, pro Brexit, o la irrupción, ya durante las primarias del Partido Republicano norteamericano, de republicanos “never trumpers”. De esta batalla han salido derrotados los “viejos” conservadores, los que se presentaban como nuevos, y los que en un principio fueron tachados de “paleo-conservadores”, y que ahora podemos definir como los nuevos conservadores. En resumen, los “paleo” se han convertido en “new” y los nuevos se han convertido en “old”. En cualquier caso, cabe preguntarse si este nuevo conservadurismo, que se ha apoderado de sus respectivos partidos, no corre el riesgo de dejarlos en la oposición durante mucho tiempo. O si, como se ha escrito, la versión trumpista del conservadurismo no ha decretado, después de casi dos siglos, su propia defunción.  

Esta reflexión debe aplicarse a la esfera angloamericana, ya que en la UE no hemos asistido a nada parecido. Este hecho le daría la razón a los que, de forma superficial, consideran el conservadurismo como una ideología -o una doctrina, una sensibilidad o una cultura- limitadas al mundo atlántico. Obviamente, y como veremos después, creemos que el conservadurismo es al mismo tiempo una cultura, una sensibilidad y un ethos, algo que no es necesariamente político sino universal ya que podemos hablar de un conservadurismo para China, para Rusia, para la India y por supuesto para América Latina. En el plano político, es cierto que los partidos conservadores que asumen esa denominación nunca han tenido mucha suerte en la Europa continental, pero eso no quiere decir que el conservadurismo no exista. Si aceptamos esa premisa, ¿cómo podríamos definir entonces a De Gasperi, Adenauer, De Gaulle, Kohl, Sarkozy, Aznar, Berlusconi, por citar algunos nombres que van desde la posguerra hasta nuestros días? ¿Y cómo podríamos denominar, en tal caso, la política de Orban o a la del PiS polaco?

Muchos de estos líderes se negaron y se niegan a definirse y a que los definan como “conservadores”, a pesar de que gran parte de las medidas que introdujeron en sus respectivos países, así como su cultura e ideología, llevan esta impronta. Según el periodista George Urban, ni siquiera Margaret Thatcher se habría sentido conservadora y confesó poco después de abandonar Downing Street: “El problema del Partido Conservador es el nombre… No somos un partido ‘conservador’; somos el partido de la innovación, la imaginación, la libertad, la búsqueda de nuevas soluciones, de un nuevo orgullo y de un nuevo sentido del liderazgo…  Y eso no es ser ‘conservador'”. Por su parte, Reagan tampoco utilizó mucho el concepto. De hecho, en su biografía se presentó como un aliado de los “conservadores”, con quienes chocó en algunas ocasiones (sobre todo con los que él denominó “die hard conservatives” -los conservadores dogmáticos-), mientras que sus estudiosos suelen adjetivar el término de “conservador” con adjetivos como pragmático, revolucionario o populista. A Trump también se le ocurrió una gracieta con este término. Dijo que no es casualidad que su partido se llame “republicano” en vez de “conservador”. De esa forma habría dado la razón a esos intelectuales “never trumpers” como George Will, que llegó a pensar que Trump expulsaría al conservadurismo del Grand Old Party. Todas estas declaraciones parecen dar la razón al famoso chiste de Leo Longanesi, un gran periodista y escritor: “Soy un conservador en un país donde no hay nada que conservar”, lo que demuestra, en realidad, lo arraigado que está el conservadurismo.

En resumen, el término conservador no parece ser del gusto de las grandes figuras políticas del conservadurismo. Por el contrario, en la historia reciente, los líderes de otras formaciones políticas no han dudado lo más mínimo en  definirse como socialistas, liberales o demócrata-cristianos. Aunque también es cierto que en los años 80, cuando dominaban los conservadores, los Craxi, Mitterrand y González utilizaban menos conceptos como esos, y en tiempos de Blair el término socialista quedó relegado a la extrema izquierda del partido mientras el propio concepto de laborista se suavizó añadiéndole el adjetivo de “New”, que los blairistas repetían como un mantra en todos sus comunicados. Por no hablar, en el caso italiano, del término “comunismo”, que utilizaban constantemente los dirigentes del PCI hasta la víspera de la caída del Muro de Berlín, tras lo cual la expresión fue desterrada y abolida de la noche a la mañana, en una suerte de desaparición colectiva forzosa.

De hecho, socialismo y comunismo fueron términos que entraron en crisis, al menos en la esfera política, por su asociación con los regímenes comunistas del Este de Europa, que habían impuesto la palabra “socialismo” (más aún que “comunismo”) en todas las manifestaciones públicas. Tras la caída del Muro de Berlín y la retirada de los escombros, hoy en día todo el mundo utiliza los términos de socialismo y comunismo. En cambio, el término conservador no resulta creíble cuando se utiliza en comunicación, propaganda y, en definitiva, en la esfera política. Puede que se deba a que el conservadurismo no es en realidad una ideología política. Es un ethos, una actitud, una teoría de la acción moral y sólo entonces, como tal, se convierte en una doctrina política, si es que lo es. Es por aquí por debemos empezar si queremos dotar de cultura política, de la que hoy en día carecen casi por completo, los partidos de derechas y la población europea.

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