¿Existe el nacionalismo español? Sí, pero no donde se le espera

¿Existe el nacionalismo español? Sí, pero no donde se le espera

La respuesta está, por una parte, en algo que Azaña comparte con todos los nacionalistas, que es la claridad con la que expone su proyecto de destrucción y de elaboración de una nación nueva, que responde a las características de una España soñada y eterna.

Tras la salida de mi último libro, sobre Manuel Azaña, con frecuencia he tenido que contestar a la pregunta acerca de por qué el personaje había resultado atractivo para personas que luego habían seguido trayectorias ideológicas y políticas que les alejaban de aquello que Azaña representa. La pregunta no es fácil de contestar, pero la respuesta está, probablemente, en la explícita voluntad de Azaña por construir, o crear, una España nueva. Así planteado, el proyecto sugiere de inmediato, para el lector avispado, una sugerencia: la de que Azaña fue un nacionalista -un nacionalista español-, siendo como es el nacionalismo una ideología encaminada a crear de nuevas una nueva comunidad política nacional.

El término “crear” no es casual. El proyecto nacionalista, tal como Azaña -y los nacionalistas- lo conciben es de orden estético y la nación nueva que el nacionalismo se dispone a crear responde también, y quizás sobre todo, a una exigencia del gusto dictada por un canon específico. En el caso de Azaña, esa “España nueva” acarreaba elementos de una muy precisa “España antigua”, más en concreto la España de Cisneros y los Reyes Católicos, rescatados del naufragio que había traído la modernidad encarnada en las dinastías “extranjeras” de los Austrias y los Borbones, y luego en el régimen constitucional construido a lo largo del siglo XIX.

La “España nueva” de Azaña era por tanto una fórmula para hablar de una “España eterna”. Su atractivo, para gente que en los años 70 y 80 andaba buscando una forma de relacionarse con su propio país que fuera ajena a los estereotipos de la dictadura, resultaba de esa combinación de rescate de la tradición y de recreación de la nación española. Como el proyecto incorporaba una dimensión estética irrenunciable, su capacidad de atracción resultaba aún más intenso.

 Lo que quedaba silenciado en todo esto era la otra cara del nacionalismo, que antes de presentar un proyecto de nación propio, requiere la destrucción de la nación ya existente. No se crea una “nación nueva” sobre otra ya levantada y, en este caso, con muchos siglos de historia. Para su proyecto, el nacionalismo necesita negar y, llegado el caso, destruir la nación anterior. En el caso español, la nación constitucional que a lo largo del siglo XIX, y a costa de enfrentamientos a veces brutales, consiguió reunir y equilibrar las fuerzas de la tradición y de la modernidad, aceptando de la tradición todo aquello que fuera compatible con el respeto a los derechos humanos.

El nacionalismo no puede hacer suya una comunidad política como esta. La nación constitucional, o liberal, es intrínsecamente pluralista, incompatible por tanto con la nación nacionalista. Esta requiere de sus nacionales unas características -antes de raza y religiosas, ahora culturales, lingüísticas y de gusto– que excluye de la comunidad política, e incluso de la categoría misma de lo humano -considerada un constructo artificial, en términos postmodernos un relato o una narrativa, como la nación misma-, a todos aquellos que por cualquier motivo no encajan con el modelo ideal. Un modelo en el que la estética y los criterios a partir de los cuales se construye el gusto, siempre han jugado un papel crucial.

Así que lo que dejábamos de lado en nuestra fascinación por Azaña era esa pulsión destructiva intrínseca al nacionalismo y que, además de llevar a diseñar modelos políticos necesariamente (auto)destructivos, también requiere la demolición, previa o simultánea, de la nación constitucional o liberal. (Con un poco de perspectiva, se comprende que también esta pulsión estaba presente en quienes estaban viviendo en primera persona la empresa de demoliciones que arrancó en Occidente a finales de los años 60.)

En ese consistió el proyecto de Azaña, formulado explícitamente una y otra vez, desde las “destrucciones necesarias” hasta las “destrucciones que no puedan ser reparadas jamás”. Y en esa pulsión basó su idea republicana, que contribuyó tan decisivamente a hacer de la Segunda República un régimen militantemente intransigente y que aspiró a secuestrar la democracia en nombre de una idea superior: la patria de los republicanos de izquierdas, con exclusión de todo el resto de ideas, propuestas y proyectos políticos. Era lógico que este nacionalismo español confluyera y se aliara con otros nacionalismos, en particular con el catalán, pero también con el vasco. Les unía el odio -hablar de aversión o de antipatía es poco- por la nación española encarnada en la Monarquía constitucional, que era la forma en la que España había llegado a su culminación histórica.

Más de cien años después, los nacionalismos hispánicos continúan la labor destructiva iniciada entonces. En realidad, la han afinado e intensificado.

Desde la instauración del Estado autonómico, los nacionalismos catalán y vasco -ocasionalmente el gallego- han ido profundizando cada uno en su proyecto nacional. España sólo puede ser, en el mejor de los casos, una estructura administrativa que articula, hasta que llegue el momento de la secesión, una diversidad de comunidades cuya dedicación primera es la construcción de su propia nacionalidad. El primer paso fue el de la “España plurinacional”.

El nacionalismo español, por su parte, se manifiesta sin descanso en la crítica a la idea de nación española, considerada, como en tiempos de Azaña y los demás nacionalistas españoles de la época, un fracaso histórico. El nacionalismo español, por tanto, no debe ser buscado sólo en las episódicas manifestaciones de exaltación de una España ideal, que reelaboran las consignas, los símbolos y a veces la estética de un nacionalismo cuyo atractivo quedó anulado por la dictadura. Donde el nacionalismo español sigue vivo es en esa interminable empresa ideológica, cultural y política que ha querido edificar un sistema político ajeno a la idea nacional española. Como es natural, aquellos que no comulgan con ese dogma básico de la no existencia de España como nación quedan excluidos y silenciados.

En nuestro país se ha realizado un gigantesco esfuerzo por negar la nación española. Y es ahí donde el nacionalismo español continúa su tarea de dar por acabada una nación, como la española, que desde esta perspectiva es un fracaso o, en el mejor de los casos, un “problema”, como dijo un influyente pensador que leyó con gran atención a los nacionalistas franceses, de los que tomó prestado una célebre caracterización de su país. Seguimos en la negación de la nación como elemento básico del nacionalismo, esta vez del nacionalismo español que, como es natural, abraza, promociona y se alía con los demás nacionalismos hispánicos en su tarea destructiva.

Evidentemente, el legado de Azaña no es más que un pequeño apartado entre las muchas paradojas que plantea este asunto, o más bien de este conjunto de problemas. En el caso de algunos de quienes estuvimos fascinados por el presidente republicano, lo más difícil es entender cómo su figura y su obra pudo alejarnos de esa misma fascinación.

La respuesta está, por una parte, en algo que Azaña comparte con todos los nacionalistas, que es la claridad con la que expone su proyecto de destrucción y de elaboración de una nación nueva, que responde a las características de una España soñada y eterna. El acento lírico con el que va evocado esta España nueva puede llegar a seducir. Ahora bien, el cumplimiento de ese sueño requiere la demolición previa de la realidad existente. Por eso la comprensión de Azaña resulta útil para poner en claro algo sepultado por muchos años de retórica y manipulación. Y es que en nuestro país el nacionalismo conforma la ideología de quienes tachan de nacionalista cualquier expresión de amor y lealtad a España. Un amor y una lealtad que no necesitan definir la materia de lo español con rasgos excluyentes. 

ResponsableFUNDACIÓN DISENSO (+ info)
FinalidadAtender y gestionar la suscripción al newsletter (+ info)
DerechosAcceder, rectificar o suprimir los datos, así como otros derechos, como se explica en la información adicional (+ info)
Información adicionalPuede consultar la información adicional y detallada sobre Protección de Datos en nuestra página web: Política de Privacidad