¿Tienen los países europeos rasgos nacionales característicos?

¿Tienen los países europeos rasgos nacionales característicos?

Hasta ahora, las descripciones del carácter nacional han resultado ser tan inútiles como contradictorias. Y sin embargo, dejan la puerta abierta a esa ciencia incompleta sobre el carácter nacional propuesta por el filósofo liberal John Stuart Mill quien, en 1872, se empeñó en buscar una disciplina que denominó “etología política o ciencia del carácter nacional”.

Los turistas suelen tener estereotipos sobre los rasgos que caracterizan a una nación: los ingleses son snobs, los franceses elegantes, los alemanes serios y los italianos alegres, entre otras variaciones del mismo estilo. Más curioso resulta que a los pensadores serios también les guste opinar sobre este tema. De hecho, escriben gruesos volúmenes sobre este asunto. ¿Han alcanzado los historiadores, los sociólogos y los antropólogos europeos un consenso sobre esos rasgos nacionales? ¿Y qué ocurre con países de Oriente Medio y sus respectivos vecinos? Un estudio muestra que en este asunto reina el caos más absoluto.


Según explican autores tan distinguidos como David Hume, Ralph Waldo Emerson y George Orwell, los ingleses son, al mismo tiempo, “serenos y lunáticos; fraternales y vanidosos; justos y codiciosos; altivos y respetuosos; hipócritas y nobles; flemáticos y con mucho humor”. En resumen, toda esa sabiduría recogida en “grandes cantidades de libros y artículos sobre el carácter nacional inglés, muchos de ellos escritos por figuras distinguidas… da lugar a gigantescas contradicciones”.


Los franceses son famosos por su lógica fría y su precisión matemática. Otros llaman a los franceses vanidosos, apasionadamente enamorados y rebosantes de joie de vivre. Curiosamente, a William McDougall, que estudió con C. G. Jung y enseñó en Harvard, le parece que es su “carácter sociable y simpático” el que contribuye a la centralización de Francia. Y más allá de estos detalles, al gran novelista Guy de Maupassant le interesó sobre todo el bigote. Le parecía “que era francés, totalmente francés. Proviene de nuestros antepasados, los galos, y ha seguido siendo el símbolo de nuestro carácter nacional”. Que cada cual juzgue como le plazca.


A los alemanes se los ha descrito de muchas maneras: poéticos, sentimentales, respetuosos con las tradiciones, moralmente serios, lógicos, dotados para el pensamiento abstracto, autoritarios, obedientes, orgullosos, voluntariosos, reservados, concienzudos y pedantes. En 1892, un influyente teólogo alemán los admiraba porque se concentran en “la vida interior de las emociones y de la imaginación” y “están totalmente absortos” en su propia existencia. Apenas medio siglo después, un profesor inglés de historia medieval dijo que eran “un pueblo siempre belicoso, siempre agresivo, un Esaú entre las naciones, el rebelde de la manada… un pueblo desgarrado internamente por enemistades sin tregua, falto de unidad, carente de sentido político, adicto al crimen violento y a la traición insaciable”. En 2022, la reputación de 1892 vuelve a parecer más adecuada.


Es cierto que los italianos tienen fama de ser expresivos, emotivos y artísticos. Ahora bien, el historiador más importante de la antigua Roma, Theodor Mommsen, dijo de forma memorable que los italianos, ya fueran antiguos, medievales o modernos “carecen de pasiones emocionales, no aspiran a idealizar lo humano, y no poseen la imaginación que otorga a las cosas sin vida los atributos de la humanidad, es decir la esencia misma de la poesía… y en lo que se refiere a las formas más perfectas del arte, se observa que no han ido más allá de cierta facilidad en la ejecución; su literatura no ha producido una epopeya auténtica ni un drama serio”. Por el contrario, el filósofo escocés David Hume advirtió un cambio gigantesco en los italianos: “La franqueza, la valentía y el amor a la libertad formaban parte del carácter de los antiguos romanos y los distinguían de la astucia, la cobardía y la servidumbre de los romanos modernos”. Juzgó a los griegos de manera similar: “Los talentos, la industria y la actividad de los antiguos griegos nada tienen en común con la estupidez y la indolencia de los actuales habitantes de esas regiones”.


Las comparaciones entre nacionalidades son aún más aleatorias. Por ejemplo, británicos y franceses. Hacia 1840, el gran novelista francés Honoré de Balzac proclamaba que “el francés es frívolo de la misma manera que el inglés es noble”. En 1915, William MacNeile Dixon, profesor de Inglés y Literatura en la Universidad de Glasgow consideraba que el pensamiento británico no era “tan clarividente y lógico” como el francés. A Morris Ginsburg, un destacado sociólogo, los británicos le parecían menos articulados que los franceses. Un eminente escritor español, Salvador de Madariaga, descubre en 1928 los rasgos más importantes del carácter nacional: el fair play en Inglaterra y le droit (ley) en Francia, de lo que dedujo que los ingleses son hombres de acción y los franceses hombres de pensamiento.


Puede que los habitantes de Oriente Medio arrojen algo de luz en esta confusión. Al principio, tenían una opinión decididamente despectiva, sin distinción de naciones individuales. En los años 940, el geógrafo al-Mas’udi tachó a los “francos”, término con el que se refería a los europeos occidentales, de bárbaros:
Su espíritu carece de calidez, sus cuerpos son alargados, el temperamento seco, las costumbres groseras, la comprensión débil y las lenguas, bastas. Su palidez es tan extrema que parecen azulados. Tienen la piel delicada y el pelo, espeso. Sus ojos también son azules, a juego con su tez. Los vapores húmedos hacen que el cabello se les vuelva lacio y de color marrón rojizo. Sus religiones carecen de sustancia debido a la naturaleza gélida y a la falta de calor. Los que viven en el extremo norte son los más estúpidos, inútiles y bestiales, y esos rasgos se acentúan a medida que se avanza hacia el norte.


En trescientos años, la reputación de los francos se había hundido aún más. Según Ibn Sa’id al-Maghribi, “los francos se parecen más a los animales que a los hombres… A causa del aire frío y los cielos nublados, el carácter se les hiela y su humor se les agría; el vientre, lo tienen agigantados, la tez es pálida y el cabello demasiado largo. Carecen de agudeza de entendimiento y de vivacidad, están dominados por la ignorancia y la estupidez, y la ceguera de la razón está muy extendida.”


En Oriente Medio se sigue teniendo una opinión negativa de los europeos, aunque muestran más respeto. En 1899, el influyente intelectual sirio ‘Abd ar-Rahman al-Kawakibi escribió: “El hombre occidental es un materialista empedernido. Es difícil tratar con él. Por naturaleza, está inclinado a explotar a los demás y siempre está dispuesto a vengarse de sus enemigos. Ha perdido el último rastro de sentimiento y caridad que el cristianismo le había otorgado”.


En Europa, Kawakibi distinguía al teutón (incluidos los anglosajones), un tipo “naturalmente duro. Mira a los débiles con desdén, como si no merecieran existir. Considera la fuerza la mayor virtud del hombre”. El latino, en cambio, “tiene un carácter voluble. Para él, la razón significa traspasar los límites; lleva una vida poco modesta; en cuanto al honor, lo demuestra lo llamativo de la ropa”.


Según un refrán otomano “el inglés es irreligioso, el francés no tiene alma, el húngaro es de mal augurio, el ruso perverso y el alemán despiadado”. Los turcos contemporáneos también hablaban con desdén del “carácter intrigante de los griegos”. El economista iraní Jahangir Amuzegar decía que los franceses eran “quejicas, habladores, racionales, snobs, elitistas; los alemanes eran ordenados, disciplinados y productivos; los británicos eran fríos, astutos, enteros y respetuosos; los rusos, en cambio, eran amistosos, cálidos, dóciles, pacientes, emotivos”.


Con esto terminamos esta reflexión sobre el carácter nacional. Es posible que ahora parezca más confuso que cuando la empezamos. Hasta ahora, las descripciones del carácter nacional han resultado ser tan inútiles como contradictorias. Y sin embargo, dejan la puerta abierta a esa ciencia incompleta sobre el carácter nacional propuesta por el filósofo liberal John Stuart Mill quien, en 1872, se empeñó en buscar una disciplina que denominó “etología política o ciencia del carácter nacional”.

A continuación, el artículo original:

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