Venezuela no se ha arreglado y todo el que contribuya a difundir esa narrativa, a fortalecerla y a asumir que no hay más opción que esperar, no sólo no merece liderar este país, sino que condena, día a día, a miles de venezolanos a la miseria y a la suerte del escape.

No, Venezuela no se arregló; de hecho, está muy lejos de arreglarse. Si usted ha escuchado semejante mentira ha sido víctima de una de las tantas operaciones de blanqueo de un régimen que no sólo es criminal por su naturaleza y sus relaciones, sino también por la miseria a la que ha condenado a más del 90% del país.

Esa operación, cuya etiqueta para describirla a la perfección debe ser “normalización”, es la que han desplegado para hacerle creer al mundo que el país está mejorando, que está creciendo y que atrás quedaron los días de oscuridad. Nada más alejado de una realidad que golpea a diario de muchas formas, a pesar de los intentos del régimen y sus cómplices por maquillar la tragedia que no se puede esconder.

Lo primero que debe decirse es que la gente no es la culpable de esa operación normalizadora. De hecho, están en medio del fuego cruzado entre quienes se enriquecen descarada y vorazmente producto del saqueo permanente al país y quienes intentan sobrevivir dignamente emprendiendo honestamente o aferrándose a unos ahorros o a unas remesas. Así se ha venido dando una dinámica en donde las personas simplemente optan por cargar con su día a día, con la esperanza de un cambio, pero resolviendo su subsistencia. Como en toda guerra, la vida sigue, entre el amor, la ilusión y algo de entretenimiento para engañar a la mente -y al estómago- del sufrimiento diario, pero sin olvidar de que se está en guerra. Así es Venezuela hoy.

Sí, muchos venezolanos hoy pueden estar sintiendo algo de alivio mientras siguen padeciendo al régimen criminal que los oprime, en parte porque es innegable el impacto que tienen más de seis millones de venezolanos fuera del país que envían lo que pueden a sus familias en Venezuela. El régimen, en su afán de expandir sus actividades criminales, ha configurado todo un sistema en el que la dolarización de facto ha hecho que todos encuentren en el dólar un refugio para vivir un poco mejor, pero con la sombra del hambre cerca y con el socialismo respirándoles en la nuca cada vez que el régimen recuerda el control de precios o su intención de fortalecer a un bolívar tan devaluado como el país. Así funciona el régimen, entre sus dogmas que revelan su proyecto ideológico y sus andanzas criminales, mientras el territorio se lo disputan bandas criminales y la soberanía se ultraja a diario. La mayoría de los venezolanos están tan sólo en el medio de una realidad que no pueden obviar y a la que se adaptan para seguir viviendo y luchando.

¿Quiénes son entonces los responsables de imponer la falsa imagen de la normalización? Los mismos que con luces a todo dar, con grandes torres y con sitios de lujo en Caracas y otras ciudades, mientras el país está a oscuras, pretenden lavar y ocultar la dramática travesía que viven miles de venezolanos para llegar a la frontera sur de los Estados Unidos, o tapar el dolor de una madre cuyo hijo fue acribillado en sus brazos en un peñero en las aguas limítrofes con Trinidad y Tobago, por parte de una desproporcionada respuesta de una fragata oficial del gobierno de la isla -socio del régimen, que ha decidido detener como sea a quienes huyen de Venezuela. El mismo día en que eso ocurría, algunos “influenciadores” hacían una fiesta de lujo en la cumbre de un tepuy protegido al sur del país, en Canaima, con el mismo afán depredador del régimen y su arco minero que nos está condenando a un daño ecológico sin precedentes. Sí, ese mismo día, los normalizadores brindaban con champaña mientras una bala reventaba la cabeza de un niño al que su madre le buscaba un mejor futuro. Ese es el más crudo contraste del país que tenemos y que está muy lejos de acomodarse, aunque algunos estén muy acomodados.

Pero esos no son los únicos normalizadores. También lo son quienes pretenden traer al campo democrático y de la política a quienes son criminales. Sí, los mismos que, diciéndose opositores, pretenden acordar con el régimen la cohabitación y no su salida, que pretenden tratarlos como unos políticos más y no como los criminales que son, que pretenden negociar la justicia a cambio de impunidad y que, por si fuera poco, dicen que la opción es ir a primarias presidenciales y esperar tres años para “derrotar” electoralmente a quien es ilegítimo y está siendo investigado por crímenes de lesa humanidad. Esos que juegan a la normalidad son tan cómplices como los que, entre luces y lujos, pretenden lavar el dinero manchado de sangre que gracias a las sanciones no pueden utilizar afuera, lo que los ha hecho abastecer al país, con negocios entre sus socios, a precios que nadie puede pagar, en una realidad tan cruel como la de no encontrar nada en los anaqueles.

Desde luego, esos normalizadores no están solos. Cuentan con encuestadores, académicos, analistas, medios y todo un aparato con el que pretenden sustentar una falsa mejora que la realidad se encarga de desmontar en minutos, aunque ellos cobren muy bien por mentir. Ese es su negocio.

Y, desde luego, también cuentan con normalizadores en la comunidad internacional. Por un lado, aquellos socios del régimen, como el Foro de Sao Paulo, Zapatero y tantos más que insisten en que «a pesar del bloqueo» el país está venciendo y mejorando, y, por el otro, quienes pretenden evadir la realidad, negándola o pretendiendo contener dentro de nuestras fronteras algo que es incontenible y que en cuestión de meses empeorará.

La comunidad internacional también tiene cuota de responsabilidad en esa falsa normalización en la medida que decide voltear la mirada y que pretende lavarse las manos. De hecho, nada mejor para esa comunidad internacional que se imponga la narrativa de lo normal, porque se lavan las manos y compran el discurso de que se puede esperar tres años y se puede pedir paciencia en un país donde la urgencia nos recuerda que cada día que pasa hay daño irreversible para muchos, o donde se pretende entregar la justicia y no presionar, creyendo que el régimen acudirá a la justicia cuando debe ser la justicia la que debe ir por ellos y hacerlos pagar por sus crímenes. Sólo un patrón de presión sostenida y de fuerza puede hacerlos ceder.

La normalización es conveniente para muchos, porque condena a la inacción y a la espera, incluso de un país clave como Estados Unidos cuya actual administración pretende hacer poco para decir que hace algo, pero donde sólo nos condena, mientras el régimen impone sus tiempos. El mejor ejemplo de la evasión de la realidad y de la falsa normalización lo vemos en un país como Cuba, donde el régimen castrista ha hecho lo que ha querido, frente a la mirada conciliadora del mundo cómplice que ha guardado silencio y ni se atreve a condenarlo públicamente. ¿Esperan lo mismo de Venezuela mientras la región entera se llena de venezolanos que huyen?

La mayor prueba de que nada está mejorando es que los venezolanos prefieren huir como sea asumiendo la incertidumbre de una cruel y larga travesía, antes que la certeza de morir de miseria en un país en el que muchos se llenan la boca diciendo que está mejor, pero en el que sólo están mejor los que han asumido a Venezuela como un gran negocio o como una gran lavadora.

No, Venezuela no se ha arreglado y todo el que contribuya a difundir esa narrativa, a fortalecerla y a asumir que no hay más opción que esperar, no sólo no merece liderar este país, sino que condena, día a día, a miles de venezolanos a la miseria y a la suerte del escape. Los venezolanos no confiarán ni verán luz en nadie, dentro o fuera del país, que les mienta con una narrativa de inacción y de indolencia que, además, es una gran mentira.

Así pues, el único arreglo posible para Venezuela es la salida del régimen y sus mafias y la realidad se encargará de seguir demostrándolo, así los demás volteen la mirada creyendo que por ignorarla no tocará sus puertas.

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