Aunque parezca difícil de creer, los países de la región siguen inclinándose hacia opciones que solo garantizan políticas de miseria, opresión y crimen. Sólo alternativas verdaderamente auténticas, contrastantes y conectadas con la realidad de la gente, pueden cambiar esa situación. Colombia no es la excepción.

La realidad colombiana está golpeando con crudeza a quienes insisten en subestimar el tamaño del monstruo que representa el socialismo del siglo XXI y sus matices, sean progresistas o de otra índole. Esa mezcla entre ideología y crimen que acabó con el país vecino, Venezuela, pareciera no terminar de impactar a una sociedad como la de Colombia, sumergida en el hastío y en la decepción, lo que hace que el resentimiento y el populismo iluminen un camino que sólo terminará en abismo.

Desde luego que genera alarma que la opción populista, aliada de las FARC y del crimen sea la que encabece las encuestas y que lidere las votaciones iniciales que, a modo de consulta, sirvieron para definir a los candidatos de las diferentes coaliciones, además de renovar un congreso cuyo resultado hoy está cuestionado. Tan sólo en eso ya hay suficiente alarma para suponer el futuro que le depara a Colombia si Gustavo Petro gana la presidencia. Por un lado, el anhelo de cambio de la sociedad colombiana puede estar haciéndola derivar a alguien que puede ser capaz de cambiar para siempre a su país, para mal. Por el otro, la duda alrededor de las votaciones sólo alienta mayor desconfianza en una de las democracias más estables históricamente en el hemisferio y fortalece la narrativa de quienes disfrazan de cambio el desmantelamiento institucional.

Que hoy, luego del proceso electoral del pasado 13 de marzo, todavía no haya claridad en la conformación del Congreso de la República de Colombia, que salgan a la luz irregularidades,
que nadie asuma responsabilidades y que se avance así hacia la primera vuelta presidencial, presagia tiempos turbulentos y muy oscuros, porque están ganando las opciones que proponen destruir mientras le hacen creer a la gente que su propósito es hacer las cosas bien.

La sombra del fraude no favorece a nadie y deben tomarse los correctivos ahora que hay democracia, antes que otros la arrebaten y hagan del fraude, más que una sombra, un sistema; para muestra, Venezuela. Los colombianos pueden estar frente a su última oportunidad de elegir en libertad y, por eso, deben elegir bien. Elegir las opciones que garantizan la libertad es lo único que les permitirá seguir haciéndolo, mientras que perder la libertad traerá como consecuencia que no puedan elegir más. Siempre será mejor elegir la libertad a que otros la arrebaten para imponer cómo elegir, si es que acaso algo se elige. Los primeros interesados en que no haya fraude y que se aclaren las cosas deben ser los vencedores, porque hacen que quienes perdieron lo acepten sin dudas. Para quienes perdieron también es clave, porque permiten reconocer su derrota sin condiciones ni sombras.

Por esa razón, Colombia debe verse en un espejo llamado Venezuela. Tienen la oportunidad de evitar repetir los mismos errores que llevaron a que nuestra situación hoy sea irresoluble por la vía democrática. Quienes aún viven en democracia, debe aprovechar su tiempo para defenderla, actuar rápido y evitar llegar al punto de no retorno en el que un país es desmantelado por completo y entregado al crimen.

Es muy peligroso que el anhelo de cambio de los colombianos se confunda con echarlo todo por la borda. Colombia, desde luego, tiene problemas y muchos de ellos deben resolverse con reformas sustanciales que le allanen el camino a la libertad como modelo. No obstante, Colombia se ha posicionado como un país que ha ido progresando y el deber de los políticos es hacerle sentir a la gente ese progreso antes que otros insistan en convencerlos de que no lo tienen. Por eso es vital estar con la gente, explicarles que pueden estar mucho peor, que el cambio que propone Petro realmente les arrebatará su oportunidad de progreso y que hay alternativas capaces de hacerle frente al populismo y terminar de impulsar a Colombia por el sendero de la prosperidad, de la democracia, de los derechos humanos y de la libertad.

Los venezolanos en Colombia también tienen mucho que decir y ya muchos, incluso, deciden. Ese testimonio es la viva muestra de lo que fue Venezuela y lo que les hizo. Ante la certeza de haberse quedado sin país, Colombia les abrió las puertas convirtiéndose en su segundo hogar y, para muchos, en el principal. Esos casi dos millones de venezolanos no quieren populismo y tampoco quieren huir nuevamente, en medio de una región donde se reducen las opciones para emigrar.

Ya no debe ser el miedo el que movilice a los colombianos, sino la alerta temprana. Al lado tienen la película completa, sin cortes, cruda y sin censura de lo que puede terminar siendo Colombia si la gobiernan los mismos que acabaron con Venezuela. Peor aún, corren el riesgo de hacer de ambas naciones el gran corredor del crimen, desde el Pacífico al Atlántico, dividiendo a la región e irradiando inestabilidad por doquier. Eso, sin hablar de las políticas intencionales de desmantelamiento de la propiedad privada, de la destrucción del Estado de Derecho, de la ausencia de pesos y contrapesos al poder, del fracaso económico y de la implementación del hambre y la dependencia como política para mantener a la gente controlada y sumisa, a la par de la persecución política, la tortura y el dolor.

Basta con escuchar lo que dicen los candidatos hoy para conocer sus intenciones, pero basta con ver cómo han gobernado sus aliados para ver que sus intenciones se quedan pequeñas cuando se ve cómo actúan de verdad. Perú y Chile decidieron mal, a pesar de las advertencias, y muchos ya se arrepienten. Mientras pueden, actúan y resisten, pero el tiempo favorece a los criminales. Por eso hay que desenmascarar a los mentirosos a diario y hacerlos perder cuando aún se puede.

El comunismo, como el socialismo, mata. Colombia debe verse en el espejo llamado Venezuela y elegir bien. Si decide elegir mal, lo van a lamentar y serán quienes tengan que explicar a futuras generaciones, quizás desde muy lejos, lo que significó haberse dejado tentar y seducir por las ideas populistas de destrucción que harán de la Colombia de hoy simplemente el recuerdo de un país que ya no será, salvo que se hagan las cosas bien.

Todavía hay tiempo y es posible ganar.

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