Elecciones en Hungría, Viktor Orbán vs Péter Marki-Zay: más vale lo bueno conocido que lo malo por conocer

Elecciones en Hungría, Viktor Orbán vs Péter Marki-Zay: más vale lo bueno conocido que lo malo por conocer

Su balance económico no solo es impecable (3.5% de paro, crecimiento sólido y continuo, deuda bajo control,) sino que los ciudadanos lo sienten a diario a través de políticas familiares generosas, impuestos más bajos y aumentos salariales sin precedentes.

El próximo domingo tres de abril tendrán lugar las elecciones generales en Hungría. Son unas elecciones cruciales. Después de otorgar tres mayorías absolutas consecutivas a Orbán, los húngaros tienen en sus manos confiar en él cuatro años más o cambiar de rumbo. Una pregunta muy real ya que al presentar un candidato único al frente de una coalición de seis partidos, la oposición tiene, por primera vez desde 2010, opciones de tomar el poder.

¿Quién es el elegido para disputarle la victoria a Viktor Orbán? La oposición se jugaba su porvenir en el casting y para encontrar un capitán, seis candidatos compitieron en una primaria rocambolesca que condujo a un resultado inesperado. Veamos.

Entre los tenores de la coalición, el favorito era Gergely Karácsony, alcalde sorpresa de Budapest desde 2019 tras haberle arrebatado el ayuntamiento de la capital a Fidesz. Como aspirante seria, Klára Dobrev, eurodiputada de izquierdas, gran rival de Karácsony y sobre todo (aquí está el problema), esposa del ex primer ministro Gyurcsány, el hombre que llevó al país al colapso económico y al enfrentamiento civil al admitir sin tapujos haber “mentido día y noche” durante la campaña de 2006 para ganar las elecciones, sin que, por cierto, la muy puntillosa Bruselas se inmutara. Un lastre más para una pareja que además tiene una filiación comunista “pata negra”, es decir “liberal” ya que ésta palabra fue el hallazgo semántico e ideológico de los antiguos aparatchiks comunistas para blanquearse, privatizar a mansalva y de paso embolsarse suculentos beneficios. Gyurcsány sigue siendo hoy en día el político que más rechazo provoca entre los votantes húngaros. También es el diputado más rico del parlamento húngaro. Su esposa, Dobrev, heredera de una dinastía de burócratas comunistas de tres generaciones, es incluso más rica que él.

A la primaria se sumaron dos candidatos más: Péter Jákab del sulfuroso Jobbik, un partido que empezó como una milicia paramilitar violentamente antisemita y antigitana y que ahora intenta domar su subconsciente extremista con varios lavados de cara y campañas de comunicación. Sin demasiado éxito. Último en liza, un ilustre desconocido cuya principal hazaña fue ganar el ayuntamiento de su ciudad natal contra un barón local de Fidesz. ¿Su nombre? Péter Marki-Zay, el que a la postre será el adversario de Orban el 3 de abril.

Aspirante sin partido ni estructura, Márki-Zay acabó ganando la primaria contra todo pronóstico, después de la espantada del favorito Karácsony. Un éxito inesperado y un perfil novedoso y fresco que dio un ímpetu inesperado a su candidatura. Al menos, en sus inicios.

Así es. el perfil de Márki-Zay. Es tan original como desconcertante. Padre de siete hijos, creyente practicante, socialmente conservador, se define él mismo como un “decepcionado de Fidesz”. Licenciado en economía e ingeniería, con un doctorado en historia de la ciencia, trabajó en el sector privado y vivió en el extranjero antes de regresar a Hungría. Además, cae bien en los círculos internacionales, especialmente en Bruselas, que está empantanada en una execrable relación con Orbán y que vería con muy buenos ojos, y no lo oculta, un cambio político en Budapest.

Pero en la política húngara el marketing y las apariencias iniciales tienen un recorrido muy corto, sobre todo para competir con un auténtico animal político y gran gestor llamado Viktor Orbán. Es necesario tener las agallas para aguantar una campaña electoral tan larga como tensa y demostrar una capacidad de liderazgo y una entereza a la altura de las circunstancias. Un reto al alcance de pocos, sobre todo cuando el jinete tiene que cabalgar el tigre de una coalición de partidos rivales y cuyo único cimiento es el rechazo frontal a Orbán. Nada más.

Por lo tanto, primer escollo para Márki-Zay: su propio campo, una alianza dispar de seis partidos que unen bajo una misma bandera a socialistas, liberales urbanos, ecologistas rojiverdes, extrema derecha y algún que otro micro partido. Un conjunto variopinto de partidos cuya inherente inestabilidad despierta muchas dudas entre los votantes.

Segundo gran obstáculo para Márki-Zay: él mismo. Desde su nombramiento, el candidato favorito de las élites y de los medios internacionales ha multiplicado las pifias y las meteduras de pata.  Entre lo borde y lo excéntrico, el candidato se ha ilustrado con unas salidas de pata de banco antológicas. Florilegio: se alegró de la mortalidad del Covid entre los mayores porque le favorecía electoralmente; declaró, sin despeinarse, que en su coalición cabían todos, “liberales, comunistas, conservadores y fascistas, los representamos a todos dentro de nuestra alianza”; declaró que “Fidesz tiene el mayor número de homosexuales en sus filas”. Por no hablar de sus chistes o comentarios abiertamente racistas que le habrían valido a cualquier candidato conservador juicios de telediario y condenas intercontinentales. A él no, porque la corrección política tiene solo un sentido y, contra Orbán, como es sabido, todo vale.

Y finalmente, la guerra en Ucrania parece haber asestado la puntilla al candidato neófito. Los húngaros se resisten a cambiar de capitán en medio de la tormenta, sobre todo a sabiendas de que la situación es especialmente compleja para el país. Hungría está en primera línea, tiene frontera con Ucrania (ha acogido a medio millón de refugiados en un mes en condiciones ejemplares) y es muy dependiente de la energía rusa. Hungría además mantuvo tensas relaciones con las autoridades ucranianas antes de la guerra, ya que éstas suprimieron los derechos lingüísticos de la minoría húngara. Desde la invasión rusa, Orban ha cerrado filas con la UE y la OTAN. Esta posición cautelosa y comedida responde al sentir general de los magiares y le dará probablemente al Primer Ministro unos réditos electorales.

En definitiva, demasiados obstáculos en el camino de Márki-Zay en una campaña que se le ha hecho muy, pero que muy cuesta arriba.  A tres días de los comicios, las encuestas siguen dándole perdedor y el ímpetu de las primarias se ha desvanecido. Ciertamente, la elección sigue reñida pero las tendencias demuestran que los indecisos son cada vez más reacios a cerrar el capítulo Fidesz, especialmente en periodo de turbulencias geopolíticas.

Doce años de poder ininterrumpido pueden resultar cansinos, pero si ese periodo corresponde a la recuperación económica de un país que estaba al borde de la bancarrota cuando Orbán retomó sus riendas, entonces el balance de una década es el mejor argumento de campaña. Y éste es quizás el factor que más se ignora fuera de Hungría. Aunque les cueste reconocerlo a los los que satanizan al líder magiar día y noche con noticias falsas o críticas sesgadas (y son unos cuantos), lejos de ser solo un ideólogo, Orbán es ante todo un excelente gestor.

Su balance económico no solo es impecable (3.5% de paro, crecimiento sólido y continuo, deuda bajo control,) sino que los ciudadanos lo sienten a diario a través de políticas familiares generosas, impuestos más bajos y aumentos salariales sin precedentes. Orbán no es solo un hombre de ideas y de conceptos, es ante todo un incansable cumplidor que pone en práctica lo que anuncia. Además de devolverle el orgullo a una nación milenaria después de un siglo nefasto, la ha puesto sobre la senda de la prosperidad poniendo la defensa de los intereses y la soberanía de su nación en el centro de su proyecto político.

Entonces, ¿por qué cambiar un líder competente y trabajador, incluso después de doce años y a pesar de la acuciante presión internacional? Más allá de las divisiones de un país polarizado, ésta es la pregunta que los votantes indecisos tendrán en mente el 3 de abril. Dada la calamitosa campaña de Márki-Zay y la fragilidad de su coalición patchwork incapaz de gobernarse a sí misma, es probable que muchos húngaros finalmente voten más con la cabeza que con el corazón. En Europa occidental, las utopías, el adanismo y los delirios ideológicos cotizan al alza. Pero en un país como Hungría en el que el sentido común no es el menos común de los sentidos, votar con la cabeza significa escoger la papeleta de Orbán, mucho más que la de Márki-Zay.

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