Los 199 miembros del Parlamento en Budapest fueron elegidos con un renovado éxito del partido nacional-conservador Fidesz del primer ministro Viktor Orbán, quien gobierna desde 2010. Es su cuarta victoria electoral consecutiva, que evidencia el triunfo de un conservadurismo sin complejos y de un modelo económico que ha mejorado de forma notoria la vida de los húngaros.

Una mala noticia para Soros y sus filiales. También para muchas facciones políticas que, en el seno de la Unión Europea, imponen políticas ideológicas de género, de cambio climático, de agenda 2030 y otras neo-utopías que han re-articulado a la Nueva Izquierda.

Orbán confirmó, ante sus seguidores en Budapest, su triunfo electoral, un resultado que dice: «supone una gran victoria para Hungría, que ahora podrá seguir en su camino iniciado, para poder defender al país». Las izquierdas se unieron en una coalición (desde la extrema a la más socialdemócrata), pero no han logrado apenas representación.

La participación en estos comicios se sitúa en torno al 70%, la mayor desde 2002. Esto obligó a retrasar en varias horas el cierre oficial de los colegios electorales para permitir que toda la gente que estaba haciendo cola pudiera depositar su voto. Otros partidos que superaron el umbral del 5 % de los votos para entrar en el Parlamento serían los ecologistas del LMP (6,5 %), así como la izquierdista Coalición Democrática (5,3 %).

Tal vez el éxito de Viktor Orbán se deba a que, en 2018, en un discurso para conmemorar los 170 años de la Revolución Húngara de 1848, tuvo la valentía de desenmascarar el globalismo imperante impuesto por «los medios de comunicación mantenidos por empresas extranjeras y oligarcas nacionales, los activistas profesionales contratados, los organizadores de protestas alborotadoras y una cadena de ONGs financiadas por un especulador internacional, George Soros». Por eso Orbán se declaró “demócrata antiliberal”.

Su ejemplo ha calado en Europa Central, en el Báltico y en los Balcanes. Por eso, Hungría aprobó su propia ley de agentes extranjeros en 2017. Además, los políticos de otras naciones  siguen proponiendo variaciones de esta ley en los debates parlamentarios, como en la República Checa, Rumanía, Eslovaquia y en Ucrania antes de la invasión rusa.

Una política que se ha desarrollado en Polonia, donde gobierna desde 2015 el partido conservador Ley y Justicia (Prawo i Sprawiedliwość, o PiS), junto con el partido conservador-liberal Plataforma Cívica de Donald Tusk, quienes comparten una dinámica bipartidista. Un centro derecha que mantiene una brillante gestión y donde la izquierda casi ha desaparecido. En Polonia, frases como “a nuestra derecha nadie, más allá solo hay un muro” no son muestra de extremismo, sino de solidez política. En cambio, apoyar el “generismo” y el LGTB, el ecologismo y ambientalismo, el laicismo, el neo-comunismo y demás ideologías es mirado como la sombra alargada de las añejas ideologías totalitarias.

Así pues, Hungría y Polonia representan la nueva política que mira por las familias, los ciudadanos y su prosperidad. Una política que fortalece la sociedad civil “natural”, sin artificios ni “injertos de ingeniería social de la izquierda ideológica”, ni la injerencia de la Open Society Foundations, auspiciada por Soros.

En Polonia, el partido Ley y Justicia se ha alineado estrechamente con la Iglesia católica polaca y ha asumido muchas de las quejas culturales de los católicos sobre el apoyo de la Europa liberal al aborto y al matrimonio entre personas del mismo sexo. La crítica conservadora sustantiva al liberalismo es que “las sociedades liberales no proporcionan un núcleo moral común fuerte en torno al cual se pueda construir una comunidad”. Una queja bastante cierta como la reconocida por el filósofo Francis Fukuyama en su reciente artículo “A Country of Their Own, en Foreign Affairs” (2022).

Todo esto ha supuesto un precio alto para Polonia y Hungría, pues están siendo penalizados y amenazados continuamente desde los organismos de la Unión Europea, que también ha presionado a otros gobiernos conservadores de países miembros como Eslovaquia, República Checa y Rumanía.

Sin embargo, la actual guerra de Ucrania ha demostrado que Polonia se ha situado en la vanguardia de la defensa de Europa y de la democracia, pues ha apoyado a dicho país tanto en lo estratégico como en lo humanitario. Por lo tanto, la punta de lanza de la OTAN en la colaboración con Ucrania a todos los niveles está siendo Polonia y su gobierno conservador, quien ha mostrado la mayor solidaridad de Occidente con el pueblo ucraniano.

Asimismo, Hungría se ha puesto también en primera línea en ayuda humanitaria, a pesar de la fuerte presión por ocultarlo de parte de medios y Organizaciones No Gubernamentales. La actitud del gobierno ante este conflicto, de hecho, ha revalidado exitosamente el mandato de Orbán.

Hace tiempo que los conservadores han roto con los neoliberales económicos y han sido claros al culpar al capitalismo de mercado de erosionar los grandes valores como la familia, la comunidad y la tradición. Es más, los “demo-liberales” han sido complacientes con la Nueva Izquierda, a la que han dotado de cuantiosos medios económicos y políticos para propagar su ideología. En consecuencia, las categorías del siglo XX que definían a la izquierda y a la derecha política en términos de ideología económica, ya no se ajustan a la realidad actual.

La cuestión para los conservadores es si existe una forma realista de recuperar un orden moral más sólido y de desprender a la sociedad en su conjunto de artificios ideológicos en favor de una tradición moral compartida, sabiendo que tal reestructuración no es viable por medio de las creencias religiosas. La sociedad liberal lo hizo creando un Estado poderoso y limitando su poder bajo el imperio de la ley por medio de un contrato social entre individuos autónomos, que aceptan renunciar a algunos de sus derechos para hacer lo que quieran a cambio de la protección del Estado. Pero esta base simple del liberalismo se ha complicado por la gran capacidad de influencia de las nuevas tecnologías y redes.  

Por eso, el liberalismo tendría problemas si la gente lo viera sólo como un mecanismo para gestionar pacíficamente la diversidad y el pluralismo, sin un sentido más amplio de propósito nacional.

La generación que, en 1995, celebrábamos el segundo centenario de Sobre la paz perpetua” (Zum ewigen Frieden. Ein philosophischer Entwurf) de Immanuel Kant, creímos entonces, caído el Muro de Berlín, en un mundo poblado por Estados liberales, regulado por las relaciones internacionales a través del derecho y no por la vía de la violencia. La invasión de Ucrania por parte de Putin ha demostrado, por desgracia, que ese mundo aún no ha llegado y que este momento post-histórico está muy lejano.

Aun creemos algunos que ese universalismo ético es compatible con la identidad nacional. También que el camino conservador garantiza las aspiraciones liberales para infundir un sentido de comunidad y un propósito de bien común que supere estas ideologías disgregadoras de lo últimos años.

Toda Europa esta dando un giro político de la utopía a la realidad. En las situaciones graves resurge el poder de lo real. La ideología del “ambientalismo” y “climatismo” nos ha privado de disponer de fuentes propias de energía, incluida la energía nuclear y otras posibilidades. Frente a un pacifismo utópico, la inversión en armamento, en fuerzas armadas y en seguridad se habían quedado bajo mínimos y, ahora, comprobamos que el poder militar bruto sigue siendo el último garante para la paz. Hemos constatado cómo el derroche ideológico “generista”, “neo-feminista” y “anti-identitario” ha dañado la base de una sociedad, compuesta por las familias, las comunidades y las identidades.

A estas cuestiones, se podría añadir una larga lista, como la revalorización del sector primario como fuente de riqueza de un país o la necesidad de naturalización de la vida de las comunidades frente a la artificialidad sociológica.

En definitiva, Polonia o Hungría son un modelo posible, real y exitoso. Son el rumbo de una Europa distinta, capaz de generar sociedades fuertes y unidas que lejos de estar en la cola, están en la vanguardia de Occidente.

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