Censurar a Dostoyevski no solo es una forma de cancel culture, sino también de odio hacia nosotros mismos y a lo nuestro. La cultura occidental está en deuda con el gran novelista ruso, tanto como él con nosotros”

La furia ideológica desencadenada por la cancel culture no deja de sorprendernos. También se supera a sí misma, con intentos de censura tan paradójicos como ridículos. Aun así, no deberíamos subestimarlos. Desde los inicios de la guerra en Ucrania, la cultura rusa ha estado en el punto de mira de numerosos intentos de censura vinculados no tanto a los acontecimientos políticos o al conflicto en sí, sino al deseo de atacar cualquier ámbito relacionado con Rusia, empezando por la cultura. De esta manera, en las últimas semanas, hemos asistido a una serie de episodios grotescos. En Italia, en la Universidad Bicocca de Milán, al comienzo del conflicto se canceló un curso dedicado a Fiódor Dostoyevski por su origen ruso. La noticia suscitó tal sorpresa y desconcierto, que la Universidad dio un paso atrás.

En Francia, los profesores del prestigioso Colegio Alexander Solzhenitsyn solicitaron que se cambiara el nombre de la institución debido a la guerra en Europa, lo que desató un gran debate. Los episodios de este tipo que han tenido lugar en Occidente son numerosos. Sin embargo, el caso de la censura de Dostoyevski resulta emblemático desde muchos puntos de vista.

La evolución de la cultura rusa en los últimos siglos ha ido de la mano de un debate, nunca terminado y caracterizado por una polivalencia de posiciones, sobre su fundamento identitario, en particular sobre la relación con Europa y Occidente. Fue a principios del siglo XIX cuando, a raíz del proceso de occidentalización iniciado por Pedro el Grande, cuajó la principal dicotomía subyacente en el pensamiento ruso, entre eslavófilos y occidentalistas.

Los occidentalistas, cuyos principales exponentes fueron Piotr Chaadáyev y Mijaíl Bakunin, defendieron la necesidad de que Rusia hiciera suyas las conquistas de la civilización occidental y vieron en la obra de Pedro el Grande un ejemplo a seguir para abrir “una ventana a Europa”.

Los eslavófilos, en cambio, se basaron en una Rusia anterior a Pedro el Grande y exaltaron su herencia cultural y espiritual, oponiéndose a las influencias externas, como lo atestigua el pensamiento de Alexéi Jomiakov e Iván Kireyevsky.

Desde ese momento, encontrar una síntesis entre estas dos corrientes de pensamiento se ha convertido en una necesidad para la cultura rusa. El poeta y crítico Apollón Aleksándrovich Grigóriev representa una figura a medio camino que, a pesar de su relación con los eslavos, formó parte de la llamada počvenniki, un movimiento que nace para reivindicar la importancia de la tierra y la vida campesina. En su obra principal, Las paradojas de una crítica orgánica, combina la eslavofilia con la influencia de autores occidentales, en particular románticos como Carlyle, Emerson, Schiller o Byron.

No es casualidad que colaborara con las revistas Vremja y Epocha, animado por Fiódor Dostoyevski, y que profundizara en la teoría del “retorno a la tierra”, basada en el deseo de recuperar las tradiciones nacionales rusas sin dejar de lado el enriquecimiento que aporta la cultura europea. De esa manera, sus obras se convirtieron en un puente ideal entre Rusia y Occidente.

Partiendo de esta visión, Vladimir Kantor, escritor y filósofo ruso, considerado por la revista Le Nouvel Observateur uno de los 25 primeros filósofos a escala mundial, escribió un libro titulado Dostoyevski en diálogo con Occidente.

Su último trabajo investiga la influencia mutua entre Dostoyevski y la cultura occidental, pero si se adopta una perspectiva más amplia, puede interpretarse como una reflexión sobre la relación entre el pensamiento ruso y el europeo que inaugura Infierno de Dante y su vínculo con Los demonios en cuanto a lostemas del pecado y el arrepentimiento, hasta El padre Goriot de Balzac donde encontramos elementos similares a los de Crimen y castigo. Por otro lado, la influencia de la cultura francesa en Dostoyevski es profunda y “cuando Crimen y castigo fue comparado con Los miserables de Hugo, Dostoyevski lo consideró el mayor elogio recibido en vida”. No es casualidad que su trayectoria biográfica esté ligada a San Petersburgo, la ciudad más occidental de Rusia, la que se opone a la Rus de Moscú y sobre la cual fantasean sus detractores acerca del día en que se la tragará el mar, como en el mito de la Atlántida que menciona Platón en los diálogos de Timeo y Critias. Dostoyevski había leído La República de Platón, y sus personajes discuten sobre ella, lo que prueba su relación con el clasicismo griego.

Sin embargo, no sólo Dostoyevski está en deuda con Occidente. También ocurre lo contrario, ya que sus libros fueron leídos por Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud, Thomas Mann, Albert Camus, William Faulkner y Hugo von Hofmannsthal, que, en su artículo, La situación espiritual de la Europa moderna escribió: “Si en nuestra época hay un señor del espíritu, ese es Dostoyevski”.

Por lo tanto, censurar a Dostoyevski no solo es una forma de cancel culture, sino también de oikofobia, es decir odio hacia nosotros mismos y lo nuestro: la cultura occidental está en deuda con el gran novelista ruso, tanto como él con nosotros.

Pueden descargar el artículo original en el siguiente enlace.

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