Alexis de Tocqueville escribía en el siglo XIX que «cuando el pasado ya no alumbra el futuro, el espíritu camina en la oscuridad». Desafortunadamente, son muchas las preguntas sin respuesta que nos encontramos en el día a día. Lo anterior genera en algunos una profunda frustración resultado de nuestra incapacidad para resolver los problemas que afectan la vida cotidiana de las personas. Dicho esto, existen ideas que si analizamos detenidamente, nos pueden ayudar a prepararnos para el futuro.

El final de la Guerra Fría cerró el mundo bipolar al que estábamos acostumbrados para abrir un periodo unipolar dominado por los Estados Unidos. El fatal atentado que sufrieron los estadounidenses en el año 2001, y que costó más de 3.000 vidas, evidenció la existencia de dos procesos en formación: En primer lugar, que «El fin de la Historia» nunca fue una realidad. Por otro lado, los atentados del 11 de septiembre mostraron el mundo que venía, caracterizado por una evidente multipolaridad. Saltaron al «Gran tablero mundial» naciones otrora débiles. Entre ellas, Brasil, la India, una Rusia en recuperación y, por supuesto, China, el denominado por muchos «Estado civilización».

La guerra que están sufriendo los ucranianos, resultado de la ilícita y brutal invasión llevada a cabo por Rusia es una muestra más de esa multipolaridad que acecha y que definirá el «el mundo que nos viene», en palabras del exministro Josep Piqué. ¿Estamos preparados para esa multipolaridad? ¿Podemos afrontarla siendo conscientes de los retos y desafíos que la misma genera?

Debemos tener presente que una de las consecuencias de la multipolaridad es la formación de bloques. Parecen inevitables si lo que se busca es la reducción de incertidumbre y la seguridad de las distintas naciones que habitan este planeta. Ya se está viendo. El conflicto ucraniano ha contribuido a una recuperación de la Organización del Atlántico Norte (OTAN). También, a refrescar un nuevo protagonismo en política internacional de actores como la Unión Europea (UE). Es esencial que España y las naciones que conforman esa realidad llamada Hispanidad se organicen con objeto de tener una voz en este nuevo escenario mundial. También, que se suban al barco las naciones vinculadas a través de la historia con Portugal. A día de hoy, ambas realidades suman más de 700 millones de personas.

Las crisis contribuyen a pesar del sufrimiento que generan al desarrollo de nuevas ideas, en un proceso constante de «destrucción creativa». El mundo hispano-luso tiene mucho que decir en el futuro próximo. Los vasos comunicantes que todavía existen son muy fuertes y se conforman de varios elementos que disfrutan, afortunadamente, de una gran vitalidad.  

En primer lugar, dos lenguas que gozan de la capacidad de entenderse entre ellas. La lengua española es hablada habitualmente por más de quinientos millones de personas. Solo en los Estados Unidos existen en este momento al menos sesenta millones de hablantes. En relación al portugués, hablamos de más de doscientos setenta millones de hablantes. La suma supone una cifra cercana a los ochocientos millones de personas, convirtiendo a la Iberosfera en el espacio donde existen más hablantes nativos del mundo después de China. Este dato no debe pasar desapercibido. De hecho, son muchas las personas que deciden estudiar español y portugués. Muchos jóvenes y no tan jóvenes ven el potencial de estas «lenguas instrumentales» y globales a la hora de hacer negocios o de promover determinados productos culturales.

Las lenguas que definen el espacio de la Iberosfera son la expresión cultural más relevante de esta parte del planeta, pero no la única. Tenemos una producción cultural de primer orden que va desde la literatura a la pintura, pasando por el cine y por las expresiones arquitectónicas. Todo ha contribuido a generar una identidad particular y a despertar el interés de amplias capas de la población mundial.

Nuestra cultura hace de la Iberosfera un espacio de futuro para muchos. Sin embargo, existen dos retos que debemos afrontar cuanto antes. El primero, es de naturaleza económica. El segundo, afecta a la política.

En relación a la economía, los países que conforman la Iberosfera, más de treinta en este momento, no están preparados para recibir cantidades masivas de inversión extranjera directa. De hecho, América Latina es después de África la región a nivel global que menos inversión extranjera directa. Las razones son muchas, pero apelan básicamente al elevado riesgo político que existe en la región. Unos niveles de corrupción inaceptables, poca certeza jurídica e instituciones inestables.  Sin duda, estos retos que deben ser corregidos a futuro.

Pero para hacer frente a los desafíos de naturaleza económica e institucional, tenemos que proponer soluciones de naturaleza política en un espacio a día de hoy hostil ideológicamente. Lo anterior, dificulta decisivamente la edificación de una zona de influencia que de voz a las naciones que la conforman. La izquierda y todas las fuerzas vinculadas de manera directa o indirecta al Foro de San Pablo no hacen hincapié en aquello que nos une. Todo lo contrario, sus acciones cotidianas favorecen movimientos de naturaleza política que buscan dinamitar las sociedades existentes fomentando políticas de naturaleza identitaria que van desde el indigenismo antisistema a los movimientos feministas o ecologistas que no creen en la igualdad ante la ley de todas las personas y buscan privilegios para determinadas minorías organizadas.

La Iberosfera tiene futuro. Disfruta de dos lenguas instrumentales que despiertan el interés de millones de personas, poseemos una cultura común que ha sido capaz de convertirse en referente para muchos. Unido a todo lo anterior, existe un potencial económico que podría contribuir a elevar los niveles de vida de todos aquellos que habitamos este espacio. Pero para ello, debemos coordinarnos y hacer fuerza en lo que nos une, no en las particularidades que nos separan. Solo así, coordinados y siendo conscientes de nuestro potencial, podremos hacer de la Iberosfera un bloque con músculo político para influir en las decisiones que se toman a nivel mundial y convertirnos en un actor relevante en el nuevo mundo multipolar que está por venir.

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