Empecemos por tomarnos en serio las próximas elecciones europeas de 2024, y elegir a consciencia nuestros representantes. Votemos para evitar disparates federalistas, para proteger nuestros intereses y evitar que la UE se haga el “harakiri”.

Bruselas está que arde. Entre la aprobación de los (ya van seis) paquetes de sanciones contra Rusia, el tope mínimo del impuesto de sociedades, el celebérrimo artículo 7 sobre el Estado de Derecho o la conferencia-pantomima sobre el Futuro de Europa, parece que todos los caminos federalistas llevan al mismo diagnóstico: Europa tiene un problema, se llama unanimidad.

Si Europa no existe en la escena internacional, si no avanza libremente al son de la globalización feliz, si no consigue conectar con los ciudadanos y seguir su curso hacia la tan ansiada “unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa”, es por culpa de este vestigio jurídico. Es mucho más que un runrun de expertos o un lamento, es la hoja de ruta que los federalistas no se cansan de pregonar, hasta que puedan imponerla.  

Con un objetivo bien claro: eliminar el último resquicio de soberanía nacional en determinadas cuestiones. Este es el verdadero problema de Europa, braman, y la prioridad es lanzarse en una incierta reforma de los tratados para eliminarlo ¿en plena guerra? Con más razón, dicen, cada crisis es una oportunidad para avanzar hacia la tierra prometida de una Europa federal. Suena a música celestial, a sueño universal entre hombres de buena voluntad, salvo que están completamente equivocados. La unanimidad es una de las piedras angulares del frágil edificio europeo, suprimirla sería la mejor manera de demolerlo de forma lenta, pero certera. Principalmente por tres razones.

Primero, tomemos un poco de perspectiva. La unanimidad de los estados miembros es la excepción, no la regla. En la gran mayoría de los casos, los países toman decisiones por mayoría calificada, una especie de über mayoría que requiere el 55% de los Estados, que representan el 65% de la población. La unanimidad es la excepción y, en última instancia, solo se aplica a áreas muy específicas y estratégicas: dinero (presupuesto, seguridad social, impuestos), seguridad (cooperación policial o defensa) y política exterior (ampliación y relaciones con terceros países).

La unanimidad es, por lo tanto, minoritaria, y, ciertamente, no una posibilidad de veto indiscriminado, como algunos sugieren. Un mecanismo, además, que muchos países han utilizado con frecuencia y sin complejos. Dinamarca bloqueó el Tratado de Maastricht, Irlanda los de Niza y Lisboa, Luxemburgo se opuso con uñas y dientes a la armonización fiscal y en 2019, el mismísimo Macron enterró literalmente la política europea de ampliación hasta que Putin la resucitara, muy a su pesar.

En segundo lugar, la Unión está basada en un compromiso tácito pero crucial: evitar que los peces gordos se coman a los pequeños y que cada país pueda defender sus intereses nacionales en casos de necesidad ¿cómo? Con la regla de la unanimidad, por supuesto. Si esta regla desapareciera, solo los grandes países (especialmente Alemania y Francia) podrían imponer sus líneas rojas y defender sus intereses nacionales durante las negociaciones. Entre bastidores, ¿quién les tosería si estos dos pesos pesados oponen un veto político? Casi nadie, obviamente, pero lo contrario no sería cierto y ningún país medio o pequeño podría defender sus intereses vitales si no se lo permiten las reglas del juego. Y así, poco a poco, el Consejo se transformaría en un directorio.  Eliminar la unanimidad conduciría pues a una Europa de Estados fuertes y débiles, de países de primera y de segunda clase que sería la negación misma de la idea original de la Unión Europea. Una pura distopia.

En tercer lugar, y este es, en especial, el caso en materia de política exterior, porque los estados tienen intereses divergentes. Lo que para algunos es una línea roja absoluta, para otros es totalmente irrelevante. Entonces, ¿por qué darles el mismo peso? Si Hispanoamérica es crucial para España, a Hungría le importa poco. Y si Serbia es vital para Hungría, lo es mucho menos para Suecia. Supongamos, por ejemplo, que los países bálticos o Polonia fueran puestos en minoría en una votación sobre la agresión rusa en Ucrania. Imagínese que España pierde su papel de interlocutor privilegiado con Argelia y Marruecos, no por la supina incompetencia de su Presidente y su tropa, sino por culpa de “Bruselas”.  Logicamente, sus opiniones públicas rugirían indignadas y se sentirían traicionadas por esta Europa que les falta el respeto y les pone en peligro. Multipliquemos esta experiencia en otros tres o cuatro países y habremos creado la mejor forma de hacer volar la UE por los aires.

Así que, guste o no guste, la unanimidad fortalece la UE mucho más que la debilita. Suprimirla sería un suicidio y por eso debe ser mantenida y defendida a capa y espada. Buenas noticias: cualquier cambio en los tratados se hace, precisamente, por unanimidad, y probablemente haya unos cuantos países con la suficiente personalidad para oponerse a este disparate. Malas noticias: el Parlamento Europeo (que no deja escapar una ocasión de caricaturizarse)  acaba de adoptar una resolución el 9 de junio para reformar los tratados y abolir la unanimidad. Hablamos de un parlamento con poderes legislativos reales y cuya deriva moralista consigue intimidar a la Comisión, y cada vez más, a unos Estados miembros timoratos. Suma y sigue.

Y seguirán. Y no se detendrán salvo que los ciudadanos les detengan. Entonces, empecemos por tomarnos en serio las próximas elecciones europeas de 2024, y elegir a consciencia nuestros representantes. La desidia y pasividad hace el juego de los “deep-staters”, de los mandarines que hacen y deshacen a placer preocupándose más de su agenda social elitista que de las preocupaciones reales de los ciudadanos. Así que votemos, y votemos con criterio, para evitar disparates federalistas, para proteger nuestros propios intereses y, de paso, para evitar que la Unión se haga el harakiri por culpa de unos iluminados.

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