Matthew Continetti abarca en su último libro los últimos 100 años del movimiento conservador en Estados Unidos, extrayendo lecciones para los siguientes 100.

Allá por 1954, un historiador francés de poco renombre alcanzó de forma súbita la fama intelectual sin haber transcurrido siquiera dos años tras doctorarse. René Rémond —de entonces sólo 36 años— había dedicado su vida a grupos de fe cristiana, a la resistencia anti-nazi y a analizar la composición ideológica de la derecha francesa desde 1815. En ese año, el imperio posrevolucionario que fundó Napoleón para encarnar los ideales ilustrados del 1789 muerde el polvo en Waterloo, abriendo paso a quince años de monarquía constitucional bajo la llamada Segunda Restauración. Tampoco era coincidencia la tectónica subyacente en la derecha francesa a la víspera del éxito de Rémond. A principios de 1954, la coalición pre-gaullista se había formado entorno a un tercio de los diecisiete gobiernos bajo la Presidencia de Vincent Auriol, sin todavía lograr remplazarlo en la magistratura suprema por uno de los suyos. Cuatro años antes de disolver las ramas ejecutiva y legislativa en plena guerra de Argelia, llamando al retorno de De Gaulle, el exministro de la reconstrucción René Coty finalmente llevó a la derecha a su primer triunfo presidencial hacia finales del 1953, tras no menos de trece vueltas electorales. A mediados de enero del año siguiente, la derecha por fin se preparaba a arrebatarle las riendas de la tambaleante Cuarta República a los herederos izquierdistas del Front Populaire, aquella coalición de los años 1930 que permanecía al tope de su popularidad por haber legislado, entre otros logros, las primeras vacaciones pagadas y la semana de 35 horas.

La obra que propulsó la carrera de Rémond examinaba el estado presente de su objeto a la luz de su tumultuoso pasado. En Les Droites en France (1954), el autor segmentó lo que podía parecer una familia política bastante cohesionada —la derecha francesa— en tres corrientes distintas. Los “legitimistas” eran reaccionarios que no estaban en paz con 1789 y que buscaban reinstaurar el Antiguo Régimen. Una especie más moderada de monárquicos, los “orleanistas” abanderaban la monarquía constitucional y derivaban su nombre de la casa que consiguieron entronar de 1830 a 1848 en la figura de Louis-Philippe I (se podrían asemejar, en el registro anglosajón, a liberales clásicos). Los “bonapartistas”, por último, combinaban una exaltación del carisma de sus líderes —como el propio Napoleón y su sobrino Napoleón III— con una faceta populista, siempre buscando asentar el modelo autoritario en la mayor base electoral posible. Al publicarse, la monografía de 323 páginas de Rémond, causó sensación de inmediato entre historiadores y politólogos. El libro fue editado no menos de cuatro veces hasta la muerte de su autor en 2007, una tras la declaración de la Quinta República, otra en pleno caos de Mayo del 1968, otra tras la derrota electoral de la derecha ante François Mitterand en 1980 y una última revisión de la tesis en su conjunto en 2005. A día de hoy, se encuentra entre las escasas obras en ciencias sociales que todo francés mínimamente instruido debe conocer al menos someramente.

El clásico de Rémond es un patrón, ambicioso pero pertinente, ante el cual medir el último libro de Matthew Continetti, La Derecha: 100 Años de Guerra por el Conservadurismo Americano (2022). Sin duda yacen diferencias de sustancia tras los evidentes paralelos temáticos entre las dos obras. A pesar de crear puentes entre su disciplina y la politología, Rémond no dejó nunca de ser un historiador metódico, a menudo enfrascado en controversias científicas entre corrientes de su época —la escuela de los Annales de Lucien Febvre y Marc Bloch, por un lado, y sus rivales de Nanterre y SciencesPo por otro-. En cuanto al periodismo de Continetti, luce una cierta intelectualidad —el autor se describe a sí mismo como “historiador intelectual”— y no carece de perspicacia histórica —como al comparar la ideología nacional-populista de Trump con el conservadurismo de entreguerras de Harding, Coolidge y Hoover-. Sin embargo, Continetti carece del rigor historiográfico que distinguía a Rémond. Sus contribuciones a National Review, Commentary y el Washington Free Beacon comentan no el arco de la Historia sino las noticias de la semana. Además, mientras que Rémond se interesó, en su retrato de la política francesa del siglo XIX, por el potencial de las ideas para influenciar el poder, Continetti se dedica casi exclusivamente a las primeras, desestimando así la energía grassroots que ha contribuido a lograr las principales victorias conservadoras de la última generación, como, sin ir más lejos, Dobbs vs. Jackson. Aun así, las preguntas que plantean los dos autores se hacen eco. ¿Qué debates internos han marcado la derecha francesa y americana? ¿Qué objetivos comunes las han hecho avanzar en la Historia?

Continetti revisa —y, de alguna manera, critica— la esquemática composición interna de la derecha americana que famosamente dibujó George Nash en El Movimiento Intelectual Conservador en América Desde 1945 (1976). El movimiento conservador de la posguerra, según este esquema, se articuló a principios de los 1950 como una alianza tripartita, no muy distinta en ese aspecto de la derecha francesa de Rémond, aunque las fronteras internas respondían en este caso a diferencias ideológicas mientras que, en el caso francés, correspondían más bien a líderes. En Estados Unidos, liberales económicos, halcones anticomunistas de la Guerra Fría y tradicionalistas religiosos se fusionaron, según el término popularizado por Frank Meyer, bajo la insignia del “conservadurismo”. Seguidamente, consiguieron desalojar a sus rivales liberales (en el sentido americano) de un vehículo partidista preexistente —el partido Republicano de Abraham Lincoln— con la candidatura presidencial de Barry Goldwater en 1964. No solo dejaron atrás estas tres corrientes sus diferencias en pos de combatir a sus dos enemigos comunes, el comunismo internacionalmente y el liberalismo a nivel doméstico. El libro de Continetti muestra, además, múltiples casos en los que un ingrediente de la fusión acaba aportando el apoyo indispensable para el éxito de otro, así como casos del escenario inverso, ósea, de rivalidad intra-conservadora. El mayor mérito del libro reside en superponer, encima de esta partición clásica, una fractura entre los impulsos “populistas” y “elitistas” del conservadurismo. Continetti concluye que “lo que empezó en el siglo XX como una defensa elitista del liberalismo clásico inscrito en la Declaración de Independencia y la Constitución acaba siendo, en el último cuarto del siglo XXI, una reacción furiosa contra las élites de todo tipo”.

Este equilibrio entre, por un lado, apelar al hombre de a pie y, por otro, rechazar el gobierno de la turba podría, en partes de la obra de Continetti, oscurecer más que aclarar. Otra fractura actual subyace que no se explica únicamente por esa dicotomía entre populismo y elitismo. A un lado de esa fractura están los liberales clásicos que aborrecieron desde el principio a Trump, y que desde entonces se han reafirmado en su juicio tras no reconocer el expresidente los resultados de noviembre del 2020. Del otro lado, está el movimiento intelectual de los posliberales, quienes, a pesar de tener las mismas reservas en cuanto a su persona, ven el populismo de Trump como una antipática, pero saludable forma de contrarrestar los excesos de las élites liberales del país. Estos posliberales llaman, a contracorriente de lo que estipula el liberalismo clásico, a utilizar el poder del estado para lograr objetivos conservadores. Este otro debate, según el relato de Continetti, ha sido una constante a lo largo de la historia del movimiento conservador. En efecto, “liberal clásico” no es más que un sinónimo de “excepcionalismo americano”, cuyos defensores se remontan a la independencia americana. Como esgrimió George Will en La Sensibilidad Conservadora (2019), la defensa del régimen americano de libertad ordenada es automáticamente liberal en el sentido clásico, por oposición al conservadurismo de “altar y trono” que prevalece en la mayoría de los países europeos. Los posliberales, mientras tanto, defienden una versión americana de ese mismo conservadurismo europeo. Para ellos, América no sólo encarna el ideal de igualdad de derechos naturales y el justo gobierno constitucional. También exige una defensa robusta del pueblo americano ante los excesos del liberalismo.

Cuál de estas dos interpretaciones del conservadurismo acabará dominando es una pregunta abierta. Su respuesta puede venir de las elecciones primarias que el partido republicano está celebrando en este momento a lo largo del país, previas a las elecciones de medio término de noviembre. El frente que combina retórica trumpiana con posliberalismo parece ir viento en popa, como muestran los resultados en Carolina del Sur y el sur de Tejas. Pero para ganarse el apoyo del electorado en su conjunto, Continetti advierte que los trumpistas han de rechazar el culto a la personalidad de su líder, y condenar su negativa a reconocer la derrota de noviembre del 2020. Este escenario no carece de paralelos con aquel que analizaba Rémond cuando publicó Les Droites en France (1954). Desacreditada en la posguerra por haberse asociado con el régimen colaboracionista de Vichy, la derecha francesa estaba para el arrastre a mediados de los 50. Aun así, Rémond encontró motivo de esperanza en la introducción a la primera edición del libro, titulada “De Vichy a Pinay”. Antoine Pinay, el centrista liberal que se desmarcó de los suyos por oponerse a Vichy, fue elegido primer ministro dos años antes, situando al orleanismo en el epicentro de la política francesa. Además, a René Coty le faltaban unos meses para convertirse en presidente, poniendo fin así a una racha ininterrumpida de gobierno izquierdista desde 1945. Y sin saberlo todavía la mayoría, cuando la Cuarta República colapsó definitivamente bajo el peso del conflicto argelino, la ingobernabilidad y la inercia institucional, De Gaulle estaba listo para volver y refundar el sistema de arriba abajo. Ya sea con Trump o con uno de sus rivales centristas, el mismo renacer puede aguardar a los conservadores americanos.

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