La peligrosa dependencia de China para la transición ecológica

La peligrosa dependencia de China para la transición ecológica

El ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio en el año 2001 supuso un descomunal crecimiento de su industria. El aumento del PIB chino registrado en 2020, en una situación de crisis internacional, se deriva de que “China ha aprovechado la demanda de bienes creada por las políticas fiscales expansivas en el resto del mundo, por lo que no debería sorprender a nadie que la rápida recuperación de la industria haya provocado un repentino aumento de las importaciones de materias primas (China absorbe más del 50% del cobre, aluminio y acero de todo el mundo)”.

Para conseguir la descarbonización, es necesario apostar por las energías renovables, empezando por la eólica, pero al parecer, los vientos de 2021 “no soplaban del todo a favor” y esta debilidad resultó en una importante caída de la producción eólica. Alcanzar los objetivos establecidos en Net Zero para 2050 implicaría una rápida expansión de la energía solar y eólica: la IEA (Agencia Internacional de la Energía) habla de la producción de 630 gigavatios al año para la primera y de 390 gigavatios al año para la segunda. El aumento de la demanda de energía eólica se corresponde con un rendimiento que no parece estar a la altura de las expectativas. El proceso de descarbonización es lento, y no requerirá solo un aumento muy serio en cuanto a energía eólica y solar, sino también en la producción de coches eléctricos. Y es a causa de esa producción por lo que se incrementará la demanda de los metales necesarios para fabricar algunos componentes fundamentales, como baterías de litio, níquel, cobalto y tierras raras.

Las tierras raras son metales cada vez más solicitados por el mercado, ya que resultan imprescindibles en la fabricación de teléfonos inteligentes, monitores, vehículos híbridos y eléctricos, sistemas de radar, etc. También son esenciales para la construcción de aerogeneradores y baterías de litio.

Según el informe de Global Data, la cuota de mercado de China para baterías de iones de litio alcanzará el 61,4% en 2026. Por eso el riesgo de que nos enfrentemos a un escenario similar al ocurrido con el gas ruso es más que posible, perfectamente probable.

Y una paradoja más demuestra hasta qué punto estamos atados de pies y manos a China en el proceso de transición ecológica: la UE invierte recursos públicos para favorecer la transición al coche eléctrico aportando casi 2.000 millones de euros de incentivos en tres años. Si no somos capaces de desarrollar una cadena de suministro nacional, las inversiones realizadas en estos sectores conducirán a un aumento del PIB y del know-how chinos. No es casualidad que en Alemania, donde los Verdes forman parte del gobierno, se estén planteando recortar las bonificaciones por compras con marchamo verde. También en Estados Unidos el debate ha alcanzado gran intensidad. Por el contrario, la Unión Europea avanza con pasos rápidos hacia el Green New Deal que prevé la eliminación de los automóviles con motor térmico en 2035. Si no somos capaces de innovar en los procesos productivos, las consecuencias para Italia desde el punto de vista socioeconómico provocarán una crisis sin precedentes para nuestro sector del automóvil, una crisis que no solo afectará a las marcas sino también a los componentes y a la supervivencia de muchas pequeñas y medianas empresas.

Es una evidencia que esta concepción de la transición ecológica (y energética) penaliza a Europa, en particular cuando los principales contaminadores son países no europeos. Los ejemplos son numerosos, incluido el caso del petróleo, cuyo consumo disminuye de año en año en Europa (unos 13 millones de barriles diarios) mientras sigue aumentando en Asia (hoy en día los países asiáticos consumen 32 millones de barriles diarios). Es imposible pensar que, ante el crecimiento económico y demográfico asiático, países en vías de desarrollo como India, Vietnam e Indonesia vayan a prescindir del petróleo. Otro tanto ocurre con China.

Si la transición ecológica continúa basada en la eliminación de las energías fósiles, en los próximos años nos enfrentaremos a la subida del precio del crudo por el recorte de las inversiones en la búsqueda de nuevos yacimientos y la consiguiente escasez de oferta.

La descarbonización es la principal vía para lograr una reducción de CO2, pero si no se tiene en cuenta el papel del carbón en las economías de China, India y de muchos países asiáticos, resulta difícil entender la resistencia a abandonar esta fuente fósil.

A pesar del deseo de mejorar su imagen verde en el exterior y el compromiso verbal de crear una “economía verde”, los resultados de China en este campo son absolutamente insuficientes. Es fácil comprender el motivo. Cabe resumirlo en las palabras del primer ministro chino Li, según el cual el carbón es “un recurso clave para la seguridad nacional”. Para la industria china, descartar las fuentes de energía fósil significaría perder su ventaja competitiva.

Las premisas del XII Plan Quinquenal (2006-2010) mostraban la voluntad de aumentar las energías renovables, pero el último plan elaborado en marzo de 2022 plantea dudas sobre la hipótesis de una conversión neta china a una economía verde. En el simposio sobre el clima E36, el consultor senior Byford Tsang declaró: “A pesar de los compromisos para abordar el cambio climático y el desarrollo verde, todavía existen reservas a la hora de reducir el consumo de combustibles fósiles. Son demasiado importantes para la economía china, sobre todo en un entorno exterior más incierto”.

Asistimos así a un escenario paradójico: aunque China no tiene demasiados rivales en la producción de elementos para energías renovables (paneles solares y baterías para vehículos eléctricos), debe recurrir a procesos alimentados con carbón para poder fabricarlos.

La actitud agresiva y competitiva de China significa que sus objetivos verdes pasan a un segundo plano frente a una visión nacionalista de la seguridad energética. No es sorprendente que el gobierno chino afirmara que su colaboración en el clima no es “geopolíticamente gratis”. Queda por tanto un largo camino por recorrer para reducir las emisiones globales.

Antes del estallido de la pandemia, el gobierno chino se comprometió verbalmente a implementar medidas hacia una transición ecológica y un proceso de descarbonización. Para evitar una crisis de la economía china debido a los confinamientos, la prioridad de las autoridades chinas se ha centrado en evitar las consecuencias socioeconómicas serias asegurando que las fábricas continúan produciendo acero y cemento en abundancia para abastecer las obras de construcción.

Así, la campaña de Xi por una China de “cielos azules, montañas verdes y cielos transparentes” ha dado paso a la necesidad de continuar con el crecimiento económico, pero ya es imposible ignorar los gigantescos costes medioambientales y humanos del modelo de desarrollo chino. Aunque Xi se ha comprometido ante la Asamblea General de la ONU a alcanzar el pico de emisiones “antes de 2030”, logrando la neutralidad de carbono “para 2060”, a día de hoy este resultado también parece difícil de alcanzar porque, aunque en cantidades menores a las previstas inicialmente, China sigue construyendo plantas de carbón: “En los planes de China figura la construcción de 43 nuevas centrales eléctricas de carbón y de 18 nuevos altos hornos, lo que equivale a un aumento de aproximadamente el 1,5% en las emisiones anuales actuales, según un nuevo informe. Los nuevos proyectos se anunciaron en la primera mitad de este año, a pesar de que el mayor contaminador del mundo se comprometió a que las emisiones alcanzaran el pico máximo antes de 2030 y a conseguir que el país fuera neutral en carbono en 2060”[1].

El escepticismo sobre el anuncio de Xi se debe a que China es el primer país del mundo en emisiones de CO2 y que el 60% de su dieta energética está compuesta por carbón. Como escribe Filippo Santelli en su artículo Rosso, verde e nero: La Cina si gioca il marchio: “Para sustituir la energía producida por las centrales eléctricas de carbón y para poder cerrarlas de forma progresiva, el país tendría que multiplicar por diez su capacidad actual de energía solar, eólica y nuclear. El coste total de la transición se estima entre 5.000 y 15.000 millardos de dólares”. La cuestión tiene una importante vertiente económica ya que gestionar los costes que tendría la transición económica influiría negativamente en el crecimiento de la economía china, un riesgo que Xi no quiere correr de ninguna manera. A pesar de la pandemia, en el año 2020, China fue el único país del mundo donde la producción de acero aumentó más de un 5% con efectos en el medioambiente, especialmente en el norte de China donde se concentra la mayoría de las industrias pesadas. Y, debido al consumo de energía producida por las centrales de carbón, se ha producido un aumento de las emisiones de CO2.

Cuando el país salió del confinamiento, el Gobierno chino lanzó un plan basado en una receta propia del capitalismo de Estado, ajena a cualquier presupuesto verde. Pero “había que volver a poner en marcha con urgencia el ciclo económico con el fin de absorber la mano de obra que se había quedado sin trabajo y evitar así las tensiones sociales”. Por lo tanto, se finalizaron muchos proyectos de infraestructuras (incluidas las centrales eléctricas de carbón) ya aprobados, lo que generó un efecto económico multiplicador, pero también consecuencias perjudiciales para el medioambiente.


[1]    A. Gunia, Climate change: China Plans 43 Coal-Fired Power Plans, en “Time” 20 de agosto 2021.

Francesco-Giubilei

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