Las noticias de tiroteos indiscriminados en Estados Unidos son, por desgracia, recurrentes. Un joven “inadaptado” abre fuego sobre todo lo que se mueve en un colegio, un parque o un centro comercial, asesinando a quienes tienen la mala suerte de estar en el lugar inadecuado en el momento inoportuno hasta que la policía abate al asesino.

Las reacciones también son reiteradas: escenas emotivas, discursos graves y la petición de que se prohíban las armas de fuego, a lo que los defensores de la Segunda Enmienda responden señalando que el problema no son las armas, sino quienes las empuñan.

Son varios los factores en juego y es fácil caer en la simplificación. También es fácil que, por señalar otros factores, además del acceso a las armas de fuego, te acusen de casi ser cómplice de esos locos asesinos. La letalidad creciente de las armas que se pueden comprar con facilidad en Estados Unidos es innegable y son muchos quienes abogan por controlar más el acceso a ellas. Pero, a riesgo de que nos acusen de las más perversas intenciones, nos vamos a aventurar a señalar dos elementos que parecen obvios y que, sin ser el factor omniexplicativo, tienen parte de la culpa de este trágico fenómeno.

El primero sería la situación familiar. Estos chicos, en una abrumadora mayoría, encajan en un mismo perfil: provienen de familias desestructuradas, suelen tener problemas de salud mental y poseen habilidades sociales limitadas. Si hay algo común a todos ellos es la ausencia de padre, la falta de una figura con autoridad que les oriente en la vida. Un rol que las madres, en numerosas ocasiones heroicas, la mayoría de las veces son incapaces de asumir. Los jóvenes necesitan padres o figuras paternas que asuman ese papel, que les enseñen que la fortaleza es lo contrario a la cobardía de quienes matan a personas inocentes e indefensas. Un padre que está llamado a enseñar lo que está bien y lo que está mal, que debe decir no cuando conviene y ser capaz de convertirse en ejemplo de fortaleza y sacrificio en el servicio a los demás, alguien que enseñe el sentido del honor, que se pueda admirar e imitar, a pesar de todos sus defectos y limitaciones. Es este padre el que está ausente de cada vez más hogares estadounidenses y sin él, el número de jóvenes desorientados y desequilibrados no disminuirá.

El otro factor está cada vez más presente en nuestras sociedades y se llama antidepresivos. No es ninguna novedad señalar que las sociedades occidentales son de las que más recurren a este tipo de fármacos. Es precisamente ésta la atrevida tesis de Ann Blake-Tracy, directora ejecutiva de la International Coalition for Drug Awareness, según la cual los tiroteos en las escuelas se deben a los efectos secundarios de los antidepresivos ISRS (Prozac, Zoloft y otros). Impresiona ver cómo la gran mayoría de este tipo de asesinos tiene un historial de problemas psíquicos y se estaba medicando con antidepresivos en el momento del tiroteo. En realidad, es algo consistente con la lectura del prospecto del Prozac, donde podemos se explica lo siguiente: “Si está deprimido y/o presenta un trastorno de ansiedad, puede tener a veces pensamientos de autolesión o de suicidio. Esto puede incrementarse al comenzar a tomar antidepresivos. Información procedente de ensayos clínicos ha mostrado un riesgo incrementado de comportamientos suicidas en adultos menores de 25 años con enfermedades psiquiátricas, que fueron tratados con antidepresivos. Los pacientes menores de 18 años tienen un mayor riesgo de efectos adversos como intentos de suicidio, ideas de suicidio y hostilidad -predominantemente agresión, comportamiento de confrontación e irritación-, cuando toman esta clase de medicamentos”.

Lo decíamos antes, son varios los factores que influyen en esta terrible plaga, pero si analizamos el perfil de estos jóvenes asesinos nos encontramos recurrentemente con la ausencia de padre y el consumo precoz de antidepresivos. Y es que, en el fondo, todos sabemos que estos comportamientos son síntomas de una sociedad disfuncional. Las reacciones emotivas pueden tener su función, pero si no se actúa para transformar la cultura vigente, estaremos condenados a repetirlas una y otra vez.

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