Para poder avanzar, deberían reconocer sus problemas con el autoritarismo y el subdesarrollo, no culpar al imperialismo ni al islam de esos problemas y desarrollar una reestructuración económica basada en sistemas productivos que fomenten el emprendimiento.

Un auténtico aluvión de estadísticas está dejando en evidencia que los musulmanes actuales van a remolque de otros pueblos, ya sea en temas de salud, corrupción, esperanza de vida, alfabetización, derechos humanos, seguridad personal, ingresos o poder. Ahora bien, ¿por qué? Existen cuatro explicaciones encontradas, cada una de ellas cargada de implicaciones.

La primera es que la izquierda global y los islamistas se empeñan en culpar de estos problemas al imperialismo occidental. Para ellos, el sufrimiento que padecen hoy en día se debe, de forma inevitable, a los dos siglos posteriores a 1760, cuando casi todos los musulmanes cayeron bajo el control de 16 Estados de mayoría cristiana (Reino Unido, Portugal, España, Francia, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Alemania, Austria, Italia, Grecia, Rusia, Etiopía, Filipinas y Estados Unidos).

Sin embargo, esta acusación ignora dos hechos clave. Uno es que los musulmanes ya estaban retrasados con respecto a gran parte del resto del mundo en cuanto a esos mismos índices mucho antes de 1760, lo que contribuye a explicar, en primer lugar, por qué quedaron bajo control occidental. El otro es que el dominio occidental terminó hace unas siete décadas, tiempo suficiente para prosperar y tener éxito, como lo han hecho muchos pueblos no musulmanes. Basta comparar Singapur con Malasia, India con Pakistán, Israel con Palestina o el Chipre del norte con el Chipre del sur.

En segundo lugar, los analistas hostiles al Islam tienden a culpar a esa misma religión de los sufrimientos musulmanes. Al atribuir el éxito medieval de los musulmanes a la apropiación de las aportaciones de culturas subyugadas por la fuerza, como la romana, la griega y la iraní, describen al Islam como una influencia embrutecedora que fomenta la memorización por repetición, inculca el fatalismo y engendra fanatismo. Pero esto también carece de lógica: si el Islam permitió a los musulmanes que se apropiaran con éxito de las aportaciones otras civilizaciones hace un milenio, ¿cómo puede impedir hoy que actúen de la misma manera?

Por mi parte, me inclino a una tercera explicación: varios factores, como el rechazo del pensamiento original, y en particular la invasión mongola, causaron el declive de la civilización islámica medieval cuando Europa empezaba a despegar. Así que un desdén y una hostilidad mutua y devastadora impidió que los musulmanes aprendieran de los cristianos. Si la modernidad se hubiera inventado en China, los musulmanes estarían mucho más avanzados hoy en día.

Estas interpretaciones contradictorias vienen a la mente al leer Islam, Authoritarianism, and Underdevelopment: A Global and Historical Comparison (Cambridge University Press, 2019), un libro que ofrece una cuarta explicación que habrá que tener en cuenta a partir de ahora. Ahmet T. Kuru, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Estatal de San Diego, argumenta que las relaciones demasiado estrechas entre las autoridades religiosas y políticas asfixiaron la creatividad musulmana durante el último milenio y que este vínculo habrá de romperse si los musulmanes quieren avanzar. Merece la pena analizar de cerca su tesis. (Las siguientes citas proceden de un resumen de su libro.)

Kuru comienza recordando que “cierto grado de separación entre los ulemas (líderes religiosos que representaban el conocimiento, la educación y la ley islámica) y los gobernantes políticos” caracterizó la Edad de Oro musulmana de los siglos VIII al XI, cuando los musulmanes conocieron una riqueza y un poder que los situaron a la vanguardia de la civilización. En particular, “la gran mayoría de los ulemas y sus familias se dedicaban a trabajos no gubernamentales, en particular en el comercio”. La diversidad religiosa y filosófica resultante tuvo un efecto dinamizador en las primeras sociedades musulmanas.

A partir de mediados del siglo XI, “empezó a cuajar la alianza entre los ulemas y el Estado en la actual Asia Central, Irán e Irak”. Luego se extendió a Siria, Egipto y más allá, lo que provocó la marginación de las clases intelectuales y emprendedoras. A su vez, este hecho condujo a una disminución de la producción científica musulmana y del dinamismo económico.

Por ejemplo, los europeos inventaron la imprenta alrededor de 1440, pero los musulmanes tardaron casi tres siglos en imprimir un libro en escritura árabe. Este considerable retraso resultó en la ausencia de “una clase intelectual capaz de entender el significado académico de la imprenta y de una clase de comerciantes que comprendiera las oportunidades financieras del capitalismo impreso. Los mandos militares de los imperios musulmanes no supieron ver el valor de la imprenta y los ulemas la consideraban una amenaza a su monopolio sobre la educación”. Como resultado, en el siglo XVIII, las imprentas europeas imprimieron 20.000 libros por cada libro impreso en el Imperio Otomano. Incluso hoy en día, los libros árabes constituyen tan solo el 1,1% de la producción mundial.

Las reformas del siglo XIX no abordaron la alianza entre los ulemas y el Estado. Eso las condenó al fracaso. Los esfuerzos posteriores tuvieron aún menos éxito debido a una combinación de expansión del poder estatal liderado por militares, ideologías radicales y líderes seculares inseguros. Para complicar la situación, los ingresos desorbitados procedentes del petróleo “obstaculizaron la democratización y crearon Estados dedicados a la pura extracción de rentas”.

 De cara al futuro, Kuru ofrece a los musulmanes cuatro excelentes recomendaciones: reconocer los problemas del autoritarismo y el subdesarrollo; no culpar al imperialismo ni al Islam de esos problemas; centrarse en el daño que la alianza ulemas-Estado hace a los intelectuales y empresarios, y, finalmente, desarrollar ideas para una “reestructuración económica basada en sistemas productivos que fomenten el emprendimiento”.

Ahora bien, ¿prestarán atención los musulmanes a estos sabios consejos? Por desgracia, los hechos sugieren que no va a ser así.

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Daniel-Pipes

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