Epistemología para supervivientes (1): Desmontando la Neo-lengua

Epistemología para supervivientes (1): Desmontando la Neo-lengua

En la novela “1984”, Orwell acuña un concepto de gran valor en nuestros días: neolengua. Su novela distópica muestra una sociedad totalitaria donde el “Partido Socialista Inglés”, o INGSOC (en neolengua), es la organización a la que han de pertenecer todas las personas, a excepción de los “proles”, quienes constituyen una inmensa mayoría de la población, la masa.

Todos viven al borde la subsistencia, pero el Partido les entretiene de modos distintos, a través de pantallas, para contentarles y alienarles de su miserable situación. Una masa adocenada que obedece órdenes y se muestra incapaz de rebelarse.

Allí existe una Policía del Pensamiento que apenas los vigila porque “a las proles se les permite la libertad intelectual porque no tienen intelecto alguno”.

El líder de este Partido es el Gran Hermano que podría no ser una persona física, sino un icono de la propaganda: él es guardián de la revolución, el comandante en jefe, el juez supremo y la encarnación de los ideales del Partido.

Hay una vigilancia incesante en la vida cotidiana de las mismas telepantallas que les entretienen para conocer todos los actos de cada individuo. La vida individual está prácticamente suprimida, sobre todo la intimidad, por eso la familia es apenas tolerada por la ideología del Partido.

La parábola de Orwell está dirigida contra el totalitarismo. Su distopía describe con nitidez el socialismo real y sus formas. Orwell era un idealista de izquierdas que había participado en la Guerra Civil española, en el bando republicano. Allí había visto y padecido las jornadas de mayo de 1937, donde el sector comunista y socialista, con apoyo del nacionalismo catalán, saldó cuentas y masacró a anarquistas y trotskistas del POUM, extendiendo a España las purgas de Stalin.

Orwell narraría estos hechos históricos en “Homenaje a Cataluña”. Al hilo de estos acontecimientos cuenta: “Ya con anterioridad había yo notado que nunca se informa correctamente de acontecimiento alguno en un periódico, pero fue en España donde por primera vez vi informaciones periodísticas sin relación alguna con los hechos, ni siquiera la relación implícita en una mentira corriente… Vi tropas que habían luchado con valentía y no obstante se las llamó cobardes y traidoras, y otras que ni siquiera habían disparado un tiro y sin embargo quedaron ensalzadas como heroicas, vi periódicos de Londres recoger esas mentiras y a intelectuales levantando superestructuras emotivas sobre acontecimientos que nunca habían ocurrido. Vi, en realidad, historias escritas en función, no de lo sucedido, sino de lo que debería de haber ocurrido según la línea de partido”.

Su relato de los hechos encontró dificultades para su publicación en 1938, hasta el punto de que su editor, Victor Gollancz, rechazó de plano publicar este libro; razón por la que Orwell cambió de editorial.

La revista “New Statesman” también le respondió que no podía publicar un artículo suyo que trataba de la eliminación del POUM en España. Le ofrecieron compensarle económicamente y encomendarle otros encargos a cambio de su silencio sobre este asunto.

Orwell no se callaría y, pese a su desencanto, se mantendrá en la izquierda considerándose siempre un socialdemócrata. Pero lo cierto es que desarrolló una completa aversión hacia el totalitarismo de izquierdas, único restante en Europa tras la caída del fascismo y el nacionalsocialismo al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Su experiencia en España fraguó su distopía del INGSOC y del Gran Hermano; con la manipulación del pasado y la falsificación de la historia, con el neolenguaje y el control sobre la vida e interioridad de las personas.

Hoy la capacidad de presentar una realidad que “no es”; de manipular y teledirigir a las masas, gracias a la disposición “mimética” humana; de visualizar lo que interesa y esconder lo que no conviene a un gobierno o un partido; la posibilidad de, como indicaba Joseph Goebbels, “repetir mil veces una mentira para convertirla en verdad” no tiene parangón en la historia. Los medios, las pantallas, la red, la velocidad y persistencia de la información, la inmediatez de su acceso, el ingente consumo por parte de la población y especialmente los más jóvenes y maleables es enorme, impresionante, respecto a los tiempos de posguerra.

A la vieja izquierda se le concedió la visión de un mundo transformado. Esa revelación gnóstica fue tan luminosa que no fue necesario recurrir a razones que la justificaran, aunque tampoco era posible. Lo verdaderamente importante era distinguir “entre quienes comulgaban con esa concepción y quienes no lo hacían”, porque “los más peligrosos eran los disidentes”. Desde un principio fue necesario disponer de etiquetas con las que estigmatizar también a los enemigos internos y justificar su expulsión: “revisionista, desviacionista, izquierda infantil, socialista utópico y fascista social”.

Afirma Roger Scruton: “El éxito de esas etiquetas para marginar y condenar a los críticos, fortaleció la creencia comunista de que era posible transformar la realidad cambiando las palabras”.

“La neolengua irrumpe cuando se sustituye la finalidad principal del lenguaje, describir la realidad, por el objetivo opuesto de reafirmar nuestro poder sobre ella”.

En la nueva izquierda quien disiente puede ser más ampliamente represaliado a través de las redes sociales, pues su extensión en enorme. En otro sentido la mentira, la “no verdad” puede ser difundida con una holgura casi sin límites. Cambiar la historia, cambiar el lenguaje, son elementos imprescindibles para anular el pensamiento y la disconformidad.

 El problema de nuestro tiempo no es lo que “no conocemos”. La información que recibimos es fluida, abundante y veloz, a menudo, demasiado rápida, casi fugaz. El problema no es lo que no sabemos sino la mala comprensión de lo que conocemos. No es un problema de conocimiento sino de conocer mal las cosas.

Nuestra mala comprensión tiene mucho que ver con los sentimientos y los conflictos en los que nos meten, lo queramos o no, terceras personas, porque así se fabrican los sueños, los resentimientos, las sospechas y las dudas que encubren nuestro conocimiento cotidiano.

Nos hemos acostumbrado a vivir bajo el dominio del “sinsentido”, bajo una producción ilimitada de “absurdo”.

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